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Tras la estela de Gunther Plüschow en las aguas del cabo de Hornos

Domingo 8 de Marzo del 2026

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(PARTE I)

 

  • A un siglo del arribo del explorador alemán Gunther Plüschow a la Patagonia, el capitán Osvaldo Torres lidera una expedición que busca reconstruir su ruta por el cabo de Hornos y los canales fueguinos, combinando investigación histórica, navegación tradicional y memoria cultural en el extremo austral.

 

Por Lucas Ulloa Intveen

[email protected]

 

 

Habían transcurrido por más de tres horas del zarpe desde Puerto Toro cuando el velero Feuerland resintió las primeras oleadas de bahía Nassau y un viento que trajo neblina sobre la cubierta. La marejada nos mantenía firmes rumbo al sur con destino al cabo de Hornos con las primeras luces del amanecer. Navegábamos a ocho nudos con guardias de una hora cada uno y a la medianoche fue mi turno, cuando el velero cambió repentinamente el rumbo y nos encontramos sin GPS sobre las aguas australes.

 

“Your boat!”, gritaba Peter Wells, uno de los tripulantes con experiencia que se encontraba a bordo, entregando el timón al capitán Osvaldo Torres, quien ha alcanzado el cabo de Hornos en velero más de un centenar de veces y conoce de frente la adversidad austral. Subía y bajaba las escaleras, revisaba sensores y reiniciaba los sistemas de navegación. “My boat!”, repetía Peter, retomando las cuerdas de la nave mientras el capitán seguía buscando hasta encontrar el origen del problema: mis dispositivos electrónicos, como cámara y computador, alojados en la cabina interfirieron en la recepción del GPS y la configuración del piloto automático.

 

La sapiencia del capitán, así como su comunicación constante con un segundo velero austriaco, el Amber, nos permitieron retomar la dirección, yendo esta vez nosotros detrás de ellos. Mi vigilia consistió en mantener la luz de su vela al alcance visual, cuidando que no disminuyera a la distancia, ni tampoco se alterara respecto de la ubicación nuestra. El Feuerland continuó su derrotero hacia el cabo de Hornos, hito náutico de navegantes de todas las épocas.

 

Durante algunos minutos navegamos como lo hicieron los antiguos marineros: sin pantallas, sin coordenadas digitales y siguiendo apenas una luz lejana sobre el horizonte negro. Aquello no era tan distinto del sentido final del proyecto. Volver al cabo de Hornos en este siglo y revisitar las rutas marítimas de Gunther Plüschow por Magallanes, preguntarnos qué significa recorrer hoy estos mismos mares que cruzó el aviador y explorador alemán cuando este territorio aún era descrito como el último confín del mundo. Un mundo que Europa apenas comenzaba a imaginar.

 

Plüschow en la Patagonia

 

La figura de Gunther Plüschow es difícil de comprender si no se entienden sus múltiples facetas, caracterizadas por una tenacidad y una capacidad para sobreponerse a la adversidad. Además de escapar exitosamente de una prisión en Gran Bretaña y del fuego cruzado en la Estación Naval alemana de Tsingtau, registró esas hazañas con pericia y agudeza de cronista. Fue, además, el primer hombre en explorar y fotografiar desde los aires la región de Tierra del Fuego y la Patagonia.

 

El alemán llegó por primera vez al cabo de Hornos hace poco más de un siglo, en 1925 como tripulante del buque Parma. Posteriormente, cumplió el sueño de construir su propio barco, el Feuerland, un velero de 15 metros, con el que regresó a Punta Arenas en 1928. Plüschow describió la zona como el “país de las maravillas”, sin hablar de límites geográficos entre Chile o Argentina, sino de una Patagonia única.

 

En la Región de Magallanes es también recordado por la exploración aérea con el hidroavión Cóndor de Plata (o Silverkondor), realizando los primeros registros fotográficos y fílmicos de la zona, así como el primer viaje de correo postal entre Punta Arenas y Ushuaia.

 

Como escritor, fue un autor de gran éxito en Alemania, donde sus libros sobre viajes y su escape de una prisión en Inglaterra (siendo el único en lograrlo de Donington Hall) lo convirtieron en una figura célebre. Libros como “Mi fuga de Donington Hall”, o “Las aventuras del aviador de Tsingtau” fueron grandes éxitos de ventas y figuraban en el 80% de los hogares alemanes de la época.

 

“La historia nos une”

 

A pesar de su ingente fama mundial, en el Chile del siglo XXI su rastro se ha desvanecido, especialmente en los territorios de Magallanes y la Antártica Chilena por donde navegó y se maravilló. E incluso los actuales investigadores e historiadores más eruditos sobre la figura de Plüschow, como Gerhard Ehlers, presidente de la Fundación Plüschow en Alemania, tuvieron grandes complicaciones para reconstruir con precisión quirúrgica la historia náutica del alemán por los mares australes. Hay elementos que aún permanecen perdidos en la historia, como lo son sus bitácoras de viaje en el Feuerland.

 

El proyecto que lidera el capitán Osvaldo Torres se erige bajo la premisa de Plüschow: “La historia nos une”. Torres busca que la historia y hazañas de Plüschow sirvan como un puente cultural entre Chile y Alemania, destacando los vínculos históricos que el cabo de Hornos ha tejido para ambas naciones, con el paso de los primeros navegantes que llevaban el salitre por estas rutas hacia los puertos de Hamburgo.

 

El principal objetivo es celebrar los 100 años del arribo de Plüschow a la Patagonia. La primera fase de recopilación documental y archivística en Berlín ya fue finalizada y desde diciembre de 2025 en adelante se desarrolla la etapa de exploración en terreno. Para esto no buscan sólo navegar, sino realizar una investigación náutica para identificar con exactitud los lugares donde Plüschow fondeó, comparando las fotografías históricas con la geografía actual.

 

Para esta etapa Osvaldo navega en su velero también apodado Feuerland, utilizando la bandera original que Plüschow llevó en su navío. Para él, la única manera de poder revisitar estas rutas es con una embarcación de las mismas características en cuanto a eslora (largo), manga (ancho) y profundidad a las del explorador alemán. Esta decisión técnica permite asimilar las condiciones de hace un siglo (de maniobrabilidad, calado y exposición al clima), convirtiendo al barco en una herramienta de investigación y no sólo un medio de transporte.

 

Por otro lado, para el capitán Torres el proyecto es a estas alturas una cruzada y un compromiso personal, liderado por él por su condición de chileno que vive en Alemania y conoce ambos idiomas y culturas. “Sabemos que el nombre es bastante desconocido en Chile, no así en Argentina”, reconoce Torres. Mientras en Ushuaia Plüschow tiene monumentos, réplicas de su avión e incluso una calle con su nombre, en Chile es apenas conocido su nombre. El fin último es que la comunidad local se identifique con esta historia y que nombres como el de Plüschow lleguen a las escuelas y calles de la región.

 

A vela por los mares australes

 

Tras el sobresalto de la medianoche y la recuperación del rumbo siguiendo la estela del Amber, el Feuerland recuperó su cadencia sobre las aguas negras. La vida a bordo del velero de 15 metros exige una adaptación total al entorno marítimo, lo que el capitán Torres define como “la mejor escuela de la humildad”. Aquí, el concepto de una “vida normal” desaparece; no hay horarios de oficina, ni rutinas urbanas, sino un estado de movimiento perpetuo y dependencia absoluta de los factores climáticos y técnicos.

 

La tripulación es liderada por Torres -quien suma centenas de expediciones al cabo de Hornos, además de haber cruzado el Drake otras decenas de instancias y posee rigurosa formación en la Armada- , y respira bajo una disciplina que combina la pericia náutica con una mentalidad de orden y precisión alemana. A bordo, junto a experimentados como Peter Wells, han pasado equipos de televisión y fotografía de Alemania, así como historiadores y antropólogos. Sin embargo, en esta ocasión, el viaje logró otros matices justamente gracias a su tripulación internacional.

 

Navegaba el más amoroso de los matrimonios austríacos, compuesto por Gerhart e Ingrid Zaunschirm, ambos ejecutivos bancarios, además de ella una maestra experta de Shiatsu; la cuota de humor la ponía siempre Julius Taraszkiewicz, un deportista y entrenador polaco, que en su juventud lo llevó a competir como kickboxer y futbolista; la mente racional y calculadora de Peter Wells, un ingeniero oceánico, buzo y colaborador de la Nasa en proyectos con aerolíneas de diversos países del mundo. Junto a todos ellos, navegaba yo como chileno y periodista ocupado de iniciarme en los conocimientos náuticos, así como retratar el viaje y el sentido del proyecto.

 

Eran las 6 de la mañana y Peter nos levanta a quienes descansábamos en las cabinas para avisar de que llegábamos al cabo de Hornos. El velero mantenía cierto vaivén y el pronóstico hablaba de fuertes vientos que llegarían pasado el mediodía, por lo que no sería posible recorrer el sur de la isla. El capitán decidió acercarse lo más posible al faro y luego tomar rumbo al norte.

 

El cabo de Hornos apareció frente a nosotros como lo que el capitán describe como un diamante surgiendo del mar; una roca que, cuando las nubes se abren, se convierte en la piedra más hermosa y simbólica del mundo para cualquier navegante. Para Osvaldo, llegar aquí es revisitar un hito descubierto en 1616, pero también enfrentar una realidad que la belleza del paisaje a veces oculta: la tensión histórica. Para el resto de la tripulación navegante, era también cumplir un sueño anhelado hace muchos años.

 

Mientras el Feuerland se acercaba al faro, sobrevolaban el área varios albatros, el símbolo eterno de estas aguas. En este viaje, la presencia de estas aves fue inusualmente generosa, un augurio que Torres resalta con asombro. Sin embargo, la mística del “Everest de los navegantes” convivió con un peligro invisible en tierra firme: las minas terrestres. Torres relata que, producto del conflicto con Argentina en 1978, se sembraron más miles de minas en el país así como en la región. Incluso en la propia isla del cabo de Hornos, detrás de la estación naval, el riesgo era tal que, en sus años como guardafaro, el conocimiento de esas bombas le impedía caminar por los alrededores; la supervivencia dependía de no salirse de la ruta establecida.

 

Tras el encuentro con aquella mítica isla y ante la amenaza de rachas mucho más fuertes que el barómetro empezaba a vaticinar, iniciamos el rumbo hacia el norte. Dejamos atrás el “anillo” de islas donde, irónicamente, ocurrieron el 80% de los naufragios de la zona debido la precaria cartografía de la época, para adentrarnos en aguas más protegidas pero cargadas de una densidad histórica mayor.

 

Ecos del Murray

 

Navegar hacia el canal Murray es, en palabras de Osvaldo, dejar de contar millas de navegación para empezar a contar millas de historia. Este canal es el corazón de la cultura Yagán, un territorio donde el pasado indígena se palpa en cada costa. Las ballenas multiplican sus apariciones; a lo lejos se divisa el “paso de los indios”, un pasaje de apenas dos kilómetros por donde los antiguos cargaban sus canoas por tierra para conectar el canal Beagle con las aguas del sur, evitando las inclemencias del mar abierto.

 

Pero el Murray no sólo guarda ecos precolombinos; también es un enclave de geopolítica moderna. El capitán nos recuerda que durante los años de tensión con Argentina y el Beagle, así como los sucesos posteriores, este pasaje estratégico fue clave en los desplazamientos logísticos. Es por eso que el canal sólo puede ser navegado con autorización expresa de la Armada y exclusivo para embarcaciones chilenas con bandera del país.

 

A medida que el velero se interna en el canal, el Feuerland buscó su primer respiro. El sol comenzaba a caer cuando nos aproximábamos al Beagle y nuestro primer fondeo: caleta Eugenio. Sería el primer lugar para tirar ancla luego de haber zarpado hace más de 24 horas desde Puerto Toro, un viaje sin descanso en particular para el capitán Torres. El silencio del refugio contrastaba con el fragor del mar abierto, marcando el fin de esta primera etapa de exploración.

 

Puente sobre el tiempo

 

Llegar a este primer puerto de descanso permite dimensionar el sentido último del viaje. Aquella pérdida momentánea del GPS en la medianoche, que nos obligó a navegar siguiendo una luz lejana, terminó siendo la síntesis perfecta del proyecto liderado por Torres. Nos recordó que, para encontrar el rumbo en el presente, a veces es necesario apagar las pantallas y confiar en la historia.

 

El proyecto a 100 años de la llegada de Gunther Plüschow a la Patagonia no busca sólo recrear una ruta náutica, sino saldar deudas de memoria cultural en Chile. Mientras el velero descansa en las aguas de la caleta, la figura de Plüschow cobra una vigencia renovada junto al timón de Torres: que este “país de las maravillas” deje de ser un confín olvidado y se convierta en un puente entre dos naciones.

 

Aunque hoy contemos con tecnología satelital, la esencia del navegante sigue intacta: una “escuela de la humildad” ante la fuerza indómita de los océanos. Esta primera etapa de la travesía concluye aquí, en un refugio austral donde quizá Plüschow también echó líneas, con la estela del navegante abierta hacia el norte, esperando ser redescubierta entre los glaciares y fiordos que guardan sus secretos.

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