Necrológicas
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El misterio de los huesos perdidos en las cumbres de la Patagonia

Domingo 15 de Marzo del 2026

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  • Una investigación de la Universidad de Magallanes reconstruye los ritos funerarios de los cazadores-recolectores terrestres de la Patagonia, destacando cómo la construcción de chenques (montículos de piedra) en las alturas exigía una gran inversión energética que refleja la profunda importancia social y simbólica que estos grupos otorgaban a sus antepasados.

En la ventosa estepa que hoy divide a Chile y Argentina, un grupo de arqueólogos ha logrado resolver un caso que llevaba congelado más de 70 años. El estudio, liderado por los investigadores de la Universidad de Magallanes (Umag), Cristóbal Palacios, Fabiana Martin y Víctor Sierpe (este último también perteneciente al Centro Internacional Cabo de Hornos), se enfrentó a un desafío inusual: ¿cómo estudiar entierros milenarios si los restos óseos se perdieron en el correo hace décadas? 

La historia, recientemente publicada en la revista Arqueología (Vol. 32, 2026) de la Universidad de Buenos Aires, parece salida de una novela. En los años 50 y 60, un aficionado recolectó restos en las cimas de los morros Chico y Philippi, ubicados en los límites de Chile y Argentina al sur del continente sudamericano. En un confuso incidente, los huesos fueron enviados a analizar fuera de la región, y desaparecieron sin dejar rastro. Para recuperar esta historia, los investigadores recurrieron al análisis de cartas antiguas, relatos de viajeros del siglo XIX y, sobre todo, fotografías en blanco y negro de las excavaciones originales.

Gracias a este rescate documental, el estudio aportó una novedad asombrosa: en el Morro Philippi no había tres niños enterrados, como se creía, sino al menos cuatro personas, incluyendo un adulto o joven cuya presencia había pasado inadvertida por décadas. Según explican los autores, “el uso de un enfoque arqueotanatológico basado en el análisis de fuentes documentales, registros fotográficos y nuevas evidencias de campo, facilitó la obtención de nuevos datos sobre estos tratamientos funerarios”.

Esfuerzo extremo
en las alturas

¿Por qué estos antiguos habitantes de la estepa se tomaban la molestia de subir cuerpos y pesadas rocas a lo más alto de afloramientos volcánicos de 80 metros de altura? La respuesta no es práctica, sino profundamente humana y social. El estudio revela que estos montículos de piedra, conocidos como chenques, eran verdaderos monumentos que dejaban huella en el paisaje.

La investigación destaca que “la inversión energética elevada que conlleva la construcción de chenques en altura sería un indicio de que esta práctica cumplía un rol social importante para los grupos que efectuaban el tratamiento”. No se trataba sólo de disponer un cuerpo; era un acto ceremonial donde la comunidad reafirmaba sus lazos y su respeto por quienes partían.

Tesoros milenarios
de piedra

El estudio también nos permite imaginar la vida de los seres humanos que habitaban la Patagonia durante el Holoceno tardío. No estaban aislados. En los entierros se hallaron piezas de obsidiana verde, un vidrio volcánico que sólo se encuentra en el seno Otway. Esto prueba que estos grupos terrestres mantenían intercambios con pueblos navegantes, presumiblemente, káwesqar o yagán, moviendo objetos preciosos a través de cientos de kilómetros.

Además, en el Morro Chico, las excavaciones recientes de 2023 confirmaron que el ritual fue complejo: “en el lugar se llevó a cabo un tratamiento mortuorio de dos o más pasos, durante el cual se efectuó un evento de cremación a nivel superficial y se construyó un chenque”. El hallazgo de fragmentos de calcedonia termoalterada (piedras que cambiaron de color por el fuego) y pigmento ocre, refuerza la idea de una puesta en escena ceremonial vibrante y cargada de simbolismo.

Finalmente, uno de los hallazgos más fascinantes es un colgante de lignito con grabados en zigzag, una pieza de joyería prehistórica que ha funcionado como un “reloj cultural” para los investigadores. Según el análisis, este motivo decorativo vincula el sitio con una fase arcaica del “arte quillanguero” -el arte de las capas de piel de guanaco- previa al siglo XVIII. No obstante, el misterio sobre su origen exacto continúa, ya que los autores señalan que la combinación de cremación y pigmento ocre podría ser un indicio de que el sitio es mucho más antiguo, situando estos ritos hace unos 3.000 o 4.000 años, y conectándolos con las tradiciones más remotas de los cazadores de la estepa.

Como se puede apreciar, esta investigación no sólo recupera datos técnicos; le devuelve la identidad a los protagonistas de la historia patagónica, recordándonos que, incluso cuando los restos físicos desaparecen, las huellas de su cultura y sus afectos siguen grabadas en las piedras de los morros.

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