Tras la estela de Gunther Plüschow: canales fueguinos y los archivos de una familia que navegó con el explorador
(Parte II y final)
Lucas Ulloa Intveen
Una hora antes de entrar a Caleta Eugenio, ubicada en la península Dumas de la isla Hoste, comenzamos a repasar lo que sería nuestra primera maniobra en conjunto como tripulación. El mar estaba calmo y apenas soplaba el viento sobre la costa. Sin embargo, la tensión era total, puesto que de nuestra coordinación dependía que pudiéramos por fin descansar. Yo era encargado de remar hasta la costa con las amarras, dar vuelta al árbol, hacer el nudo y volver por la segunda. Si quedaba mal sujeto, el velero podía irse hacia la costa. Yo había aprendido el nudo hace 30 minutos.
Peter Wells elevó el semirrígido a la orden del capitán. Entre Ingrid Zaunschirm y yo lo empujamos hacia estribor mientras Gerhart sostenía la línea del bote. Lo bajamos lentamente hasta que tocó el agua para luego subirme, cuidando tener siempre la mano de algún fierro; me deslicé hasta la popa para sujetarme de una cornamusa. “Afírmate, me voy a acercar”, dijo Osvaldo Torres desde el timón.
Apenas estuvo en posición, soltó la orden: “¡Rema!”. Sentí los remos y su sensibilidad sobre el agua y distaban de lo que me había imaginado: la dirección se marcaba mucho con cada brazada. Aun así, con el objetivo de llegar rápido a la costa, di mi mejor esfuerzo y comencé a remar con todas mis fuerzas. Miraba sobre mi hombro cada pocos segundos. La costa cambiaba de lugar a cada pestañeo. El bote avanzaba como serpiente en el agua, zigzagueando hacia cualquier lado.
Terminé por llegar a unos cuantos metros del árbol y mientras empezaba a descender, sonó la voz del capitán por el radio VHF atado a mi chaleco: “¿Por qué te bajas ahí? Te dije directo al árbol, te mojaste entero”. Efectivamente, el agua me llegó hasta la rodilla pero continué hasta el árbol para darle la vuelta y hacer el as de guía que había aprendido. Creí haberlo logrado y esperé un breve minuto a la orden de volver por la segunda amarra. Sentí que habíamos llegado a un paraíso escondido: montañas enormes se descubrían y el velero Feuerland con su tripulación activa tiró ancla. “¡¿Qué haces ahí parado?!¡Vuelve por la segunda, rápido!”, sonó el radio nuevamente.
Regresé con los pies mojados y remé de regreso hasta un segundo árbol para la nueva línea. Esta vez la dirección fue algo mejor. Cuando el Feuerland quedó asegurado entre el ancla y las dos líneas a tierra, Osvaldo decidió que Peter hiciera una segunda vuelta para revisar los nudos. Lo pudo hacer tranquilamente, con velocidad constante y notable direccionamiento. Los siguientes días el capitán decidiría quién realizaría finalmente esa tarea.
Llevábamos más de veinticuatro horas navegando desde Puerto Toro. La caleta se cerró a nuestro alrededor como si nos hubiera estado esperando. Sobre el Beagle se veían algunas ballenas y nosotros nos preparamos para nuestra primera cena. Fue el primero de una serie de sorpresas culinarias que preparaba Osvaldo cada tarde, ya que era el único que cocinaba.
La vida a bordo
Un gran desayuno sorprendió a la tripulación al día siguiente: frutas, mermeladas de ruibarbo y calafate, variedad de quesos, jamones, galletas y granola. “Hoy tenemos más tiempo, así que podemos darnos algunos gustitos”, dijo abriendo la conversación que nos tenía a todos boquiabiertos e inmediatamente hambrientos. La noche anterior brindamos por haber logrado el cabo de Hornos y escuchamos shanties, que son canciones marineras. “What shall we do with a drunken sailor”, éxitos de Udo Jürgens y otras tantas serenatas inspiradas en esa mítica piedra al fin del mundo.
Como velero alemán llevaba un estricto régimen de orden y limpieza. Cada día una persona tenía a su cargo el lavado de la loza de todo el día y este primer día de calma fue el turno de Julius Taraszkiewicz. Al terminar de comer, el capitán organizaba los platos, calentaba el agua, ya que era imposible lavar con el agua corriendo: en un pote se juntaba un poco suficiente para ir lavando pieza por pieza. Mientras Julius estaba en este empeño, los demás pudimos escribir, leer, descansar. Al poco rato salimos a cubierta con Peter y el capitán para hacer prácticas con el bote.
La idea final de la práctica era que el capitán pudiera decidir quién iba a remar. Preguntó también a Julius, quien incluso se fue a vestir, pero al reconocerle que, al igual que yo, no tenía experiencia, desistió de hacer la práctica. Cada uno se dirigió a las mismas líneas traseras y de regreso. Lo hice un poco mejor, pero no era suficiente. Si Peter no tuviera 69 años y problemas cardíacos, como nos confesó tras algunos viajes, probablemente lo haría él. Por esto recaía sobre mí mayor responsabilidad para estar a la altura.
Con el buen tiempo que nos acompañaba, Osvaldo planificó una excursión a la isla, idea que habíamos comentado como una posibilidad al desayuno. Esta vez el encargado de los viajes para desembarcar a cada uno sobre la costa fue Gerhart.
Isla Hoste
Gerhart hizo varios viajes hasta que toda la tripulación estuvo en tierra. Osvaldo fue el último en desembarcarse y entre todos sacamos el agua del bote. Todos llevábamos botas de goma y una prenda de cambio, ya que Osvaldo conocía de un estero donde poder bañarnos, cosa que todos ansiábamos a esas alturas. “Síganme”, dijo, y empezó a caminar hacia el bosque mirando cada tanto que siguiéramos todos juntos.
Lo que vino fue una clase de botánica e historia, a la par de una caminata por el bosque que nadie quiso interrumpir.
Osvaldo se detuvo frente a un árbol de hojas pequeñas, brillantes y siempre verdes para preguntar si alguien sabía cómo se llamaba. Nadie contestó. “Nothofagus”, dijo. “Koiwe en mapudungún. Y sin este árbol, los yagán no habrían sobrevivido aquí ni un invierno”.
Explicó que en la región crecen tres tipos de Notofagus: el coigue, que se mantiene verde todo el año y crece desde el nivel del mar hasta los cerros; la lenga, cuyas hojas cambian en otoño; y el ñirre, que trepa hasta las cumbres y se torna rojizo antes del invierno. En mayo, cuando los tres colores coinciden con la nieve de las montañas y el azul de los canales, fotógrafos de todo el mundo llegan hasta aquí para una sola fotografía.
El coigue, continuó, era la clave de la supervivencia yagán: con su madera construían las canoas, con sus ramas encendían el fuego y en su corteza crecía un parásito comestible: el digueñe, o “pan indígena”, indicó. Tres recursos de un solo árbol.
Llegamos hasta una pequeña pradera donde se formaban pequeños hoyos circulares: lo que en otra época fue una villa yagán. Torres explicó que los conchales -acumulaciones de mitílidos que los yagán cocinaban como alimento principal- fueron creciendo durante siglos hasta cubrir la entrada de las viviendas. Cuando ya no podían salir, las familias simplemente tomaban la casa y la corrían un metro. Así durante generaciones y cientos de años. El suelo que pisábamos era, literalmente, la historia acumulada de miles de comidas. En visitas anteriores, Torres dijo haber encontrado diversos conchales por el sector. “Nadie viene por aquí”, dijo mirando a alrededor. “Poca gente conoce estas historias”.
Continuamos hacia adentro de la isla donde encontramos una represa de castores, el mejor arquitecto de la naturaleza. Además de la represa, encontramos sus castoreras y diversos túneles que conectan ríos y esteros. Pero la historia de cómo llegaron hasta aquí era tan inverosímil como todo lo demás en esta región.
Torres la contó mientras caminábamos: en 1940, una familia decidió instalar un negocio de sombreros de castor en Tierra del Fuego. Encargaron desde Canadá veinticinco parejas. Llegaron cincuenta animales. El negocio nunca funcionó y los dueños, sin saber qué hacer con ellos, tomaron la única decisión que tenían a mano: los soltaron. Décadas después, los castores cruzaron nadando hasta la isla Navarino y desde ahí continuaron hacia la isla Hoste, donde estábamos parados. Hoy son miles y están devorando el bosque nativo a una velocidad que ningún esfuerzo ha logrado detener.
Antes de volver al velero, Osvaldo nos llevó hasta un estero que corría entre las piedras. El agua era helada y transparente. Alguien lo bautizó “Palm Beach” con la ironía que sólo se permite quien acaba de caminar dos horas por el barro. Uno a uno nos fuimos metiendo. Julius fue el último en convencerse, pero al vernos a todos dentro no tuvo más argumento. El frío duró segundos y la sensación rejuvenecedora fue impagable. Al salir, el capitán nos esperaba con un corto de ron.
De regreso al Feuerland, los días siguientes transcurrieron entre navegación y presentaciones que Osvaldo realizaba en el salón del velero. Con mapas desplegados y fotografías históricas de Plüschow sobre la mesa, explicaba el método del proyecto: comparar imagen por imagen las fotografías tomadas hace cien años con la geografía actual, para identificar con exactitud los lugares donde el explorador alemán había fondeado. El Feuerland de Osvaldo, con las mismas dimensiones que el original, era la herramienta que hacía posible esa comparación.
Josef y Erika Schmitt
Unos días después de publicada la primera parte de este reportaje, recibí un correo electrónico. Una mujer se presentaba como hija de un hombre que había navegado con Plüschow. Leyó el artículo en papel, un domingo, en casa de sus sobrinas en Punta Arenas. Pensé en contestarle ese mismo momento, pero era de noche y comencé a buscar sobre su historia. A la mañana siguiente le escribí y nos juntamos en un café de la ciudad.
Erika Schmitt estaba sola en una mesa y nos reconocimos de inmediato. Habla con cadencia de alguien que ha vivido en varios lugares. Es la única sobreviviente de su familia. Su padre se llamaba Josef Schmitt, aunque todos lo conocían por su apodo alemán: Seppel. Nació en 1906 en Weilheim, Alta Baviera, y llegó a Punta Arenas en 1928 embarcado en el Feuerland como mecánico y segundo hombre a bordo, bajo las órdenes del capitán Paul Christiansen. Plüschow era el dueño y el cerebro de la expedición, pero se mareaba con frecuencia y confiaba el barco a Christiansen y a Schmitt. Así lo dejó escrito el propio Josef en un manuscrito que redactó en alemán hacia el fin de su vida, y que Erika y su hermano José tradujeron al español para el historiador Mateo Martinic, quien lo publicó años después en la revista Magallania.
Cuando Plüschow vendió el Feuerland a un estanciero escocés llamado John Hamilton, Schmitt se quedó a bordo. El barco fue rebautizado Penélope y Schmitt continuó navegando los canales fueguinos y el trayecto entre Punta Arenas y las Malvinas durante años, ahora al servicio de Hamilton. Erika lo recuerda de niña, en los años sesenta, llevándolo al muelle. “Mi papá tenía un Volkswagen escarabajo”, dijo, “uno de los dos primeros que llegaron de Alemania a Punta Arenas.” La madre no sabía manejar bien y dar vuelta en el muelle era toda una maniobra.
Lo que la familia conserva en Osorno es lo que hace de este encuentro algo más que una conversación: los planos originales del Feuerland, el sextante de Schmitt, una réplica del barco mandada a hacer en Chiloé por su hermano, y la película original de la expedición, en bruto, en blanco y negro. Su hermano la consiguió y la convirtieron al formato americano cuando el padre cumplió 80 años. “Él lloró cuando la vio”, dijo Erika. “Pensaba que todo eso estaba perdido para siempre. Ese fue el regalo más lindo que le habían hecho en su vida”. Falleció meses después.
Erika vive en Osorno, donde se dedica al turismo. Los planos, el sextante y la réplica del barco están allá, en lo que ella llama su pequeña biblioteca. Antes de despedirnos me recalcó que le gustaría que más gente conociera la expedición de Plüschow y la historia de su padre. Lo dijo sin urgencia, sino como quien deja algo sobre la mesa y confía en que alguien lo va a recoger.




