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Las soledades invisibles

Por Marcos Buvinic Domingo 22 de Marzo del 2026

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Nuestro mundo globalizado y digitalizado nos ha puesto casi todo al alcance de la mano. Todo parece estar cerca (es cosa de escuchar los lugares donde las personas cuentan que van de vacaciones) y todo se puede conseguir (es cosa de encargar los productos a un proveedor chino). Pero la globalización se complica cuando padecemos en la economía los efectos de la lejana (¿o cercana?) guerra en Irán, porque el alza del precio del petróleo trae un mayor costo de las cosas.

 

También, todo se pone complicado cuando nos damos cuenta que estar conectados no significa estar comunicados, y que las múltiples conexiones en redes sociales no resuelven los problemas de convivencia ni quitan el amargo sabor de sentirse solo. Ahí, entonces, es cuando entramos al país de las soledades invisibles.

 

Esto de las soledades invisibles se manifestó también la semana pasada con una noticia que pasó desapercibida para muchos: una persona mayor fue encontrada muerta en su departamento y ya llevaba cerca de dos semanas de fallecida. Decía la nota de prensa: “residentes del sector, preocupados al no ver a su vecino durante varios días y alertados por un hedor persistente que emanaba desde uno de los departamentos del quinto piso, solicitaron la presencia de Carabineros”.

 

¿Cómo era la vida de esa persona? Ariel se llamaba. ¿Cómo nadie lo echó de menos?, ¿en qué soledad invisible vivía para que muriese tan solo y nadie se diera cuenta hasta pasadas casi dos semanas?

 

Detrás de este triste suceso, que no es primera vez que ocurre, está la invisible soledad en que viven muchos mayores que se van quedando solos y muchos tienen que sobrevivir con pensiones miserables; nadie o casi nadie los visita, no tienen una red de contactos y de apoyos para muchas cosas elementales de la vida, y especialmente para sentir que son queridos y valiosos para otros. La soledad es una epidemia silenciosa que, muchas veces, convive con una pobreza también invisible que se vive puertas adentro.

 

Lo acontecido en nuestra ciudad con la muerte de don Ariel tiene, también, la réplica que nos llega desde otras regiones con noticias de suicidios de personas mayores que, que solos o en parejas, deciden poner fin a sus vidas. Hay estudios que muestran la dramática realidad del aumento de los suicidios de personas mayores. En un país que envejece aceleradamente ¿qué vida, qué sociedad tenemos cuando para muchos ser una persona mayor es un drama de soledad y abandono, y donde en ocasiones esta soledad invisible termina en el suicidio?

 

Ante esta dramática e invisible soledad de tantos adultos mayores no basta con horrorizarse ni pensar indignadamente que “¡esto no puede ser, alguien tiene que hacer algo!”. Bueno, ese “alguien” que tiene que hacer algo es usted y soy yo; es decir, ¡nosotros debemos hacer algo! No permitamos que la indiferencia nos deshumanice, al punto de dejar morir a los mayores en una soledad invisible.

 

Por ejemplo, podemos interesarnos en conocer a los vecinos, especialmente a los que son mayores; preguntarse por sus necesidades, ofrecerse para hacer pequeños servicios, como hacer las compras, ir a pagar las cuentas, acompañarlos a los controles médicos o a trámites diversos. ¡Todo eso no es difícil y es un signo concreto de amor al prójimo y solidaridad!

 

También, en muchas parroquias y capillas hay grupos de personas mayores que se reúnen para compartir, acompañarse y ayudarse fraternalmente, y seguir creciendo espiritualmente. También hay grupos de voluntariado de la comunidad cristiana que visitan a adultos mayores en sus casas. Entonces, ofrézcase como voluntario o voluntaria para servir a los mayores. También hay grupos de adultos mayores en muchas juntas de vecinos y otras organizaciones, ¡participe e invite a participar!

 

Los aportes de la campaña de Cuaresma de Fraternidad (“las cajitas de Cuaresma”) este año estarán dedicados a financiar diversos programas de apoyo de la Iglesia a las personas mayores; también ahí podemos ser solidarios y generosos en nuestra colaboración.

 

Como lo dijo en repetidas ocasiones el Papa Francisco, una sociedad sana es la que cuida los dos extremos de la vida -los niños y jóvenes, por un lado, y los ancianos, por el otro lado-, porque ambos tienen mucho que aportar: en los niños y jóvenes está la fuerza creativa de la vida, y en los ancianos está la memoria y la sabiduría de un pueblo.

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