Vecinos de Pampa Redonda acusan ser “el patio trasero de la ciudad”: están cansados del barro y la basura
El polvo se levanta con cada vehículo que pasa. No hay veredas y, a un costado del camino, el agua estancada se mezcla con la tierra formando pequeños focos que, según los vecinos, no son producto de la lluvia. En algunos patios, las fosas ya no dan abasto. Así transcurre la vida cotidiana en Pampa Redonda.
“Nosotros no somos una toma. Compramos nuestros terrenos, construimos nuestras casas y pagamos contribuciones”, dice Claudio Levill Torres, presidente de la Agrupación de Personas Mayores y Comunidad Integrada del sector, en contraste a la situación de la toma presente en la población Raúl Silva Henríquez. A su lado, la tesorera Verónica Agüero asiente mientras describe una realidad que, aseguran, lleva más de una década repitiéndose: el abandono.
Desde 2016, cuando el sector fue incorporado al Plan Regulador, los vecinos pasaron a ser oficialmente urbanos. Sin embargo, esa condición nunca se tradujo en mejoras concretas. “Desde ese momento el Estado tenía que hacerse cargo, pero lo único que hemos recibido son promesas”, agrega Levill.
El dirigente insiste en una idea que se repite a lo largo del recorrido: la contradicción de vivir en un territorio urbano sin servicios básicos. A pocos metros, otros sectores han sido intervenidos con pavimentación y redes sanitarias.
Promesas, desgaste y
una crisis que se arrastra
La historia del sector está marcada por anuncios que no se concretan. El caso más evidente es el del alcantarillado, una obra que los vecinos consideran clave para resolver gran parte de sus problemas.
“Han gastado cientos de millones en proyectos que no sirven. No compran los terrenos, no hacen bien los cálculos y después todo vuelve a cero”, acusa Levill. La frustración se acumula tras reuniones, compromisos y plazos que nunca se cumplen.
Hoy, la última proyección sitúa una posible solución recién para el año 2030. Para la comunidad, esa fecha no solo refleja retrasos, sino también la falta de prioridad política frente a una necesidad urgente. Aunque autoridades como el diputado Alejandro Riquelme, los consejeros regionales Roxana Gallardo y Rodolfo Arecheta, y el concejal José Becerra conocen la situación, incluyendo la Municipalidad y el Gobierno Regional, los vecinos aseguran que no han visto avances concretos. “Nos dicen que sí a todo, pero al final no pasa nada”, resume el dirigente.
Vivir en condiciones
que no son dignas
La ausencia de alcantarillado ha derivado en una crisis sanitaria evidente. Las fosas sépticas están colapsadas, las napas saturadas y las aguas servidas afloran hacia la superficie, generando un respiro incómodo producto de malos olores.
“Esto no es agua lluvia, son aguas negras. Corren por las calles, por los patios, por todos lados”, explica Verónica Agüero. El olor es persistente y se instala en la ropa, en las casas y en la rutina diaria. Algunos vecinos relatan que incluso niños han sido enviados de vuelta desde sus colegios debido a esta situación.
A esto se suma la falta de agua potable en algunos hogares, obligando a las familias a abastecerse mediante sistemas alternativos. “Somos periurbanos, pero sin agua, sin alcantarillado. ¿Qué tipo de urbanización es esa?”, cuestiona Levill.
El entorno tampoco ayuda. La ausencia de contenedores y de un sistema adecuado de recolección ha favorecido la aparición de microbasurales. Neumáticos, baterías y bolsas de basura se acumulan en distintos puntos, muchas veces dejados por personas externas.
“Nos ven como el patio trasero de la ciudad”, afirma el dirigente. Pese a ello, algunos vecinos han intentado mantener limpio el sector con recursos propios, retirando desechos y organizando espacios, aunque reconocen que sin apoyo institucional es insuficiente.
Las calles, sin pavimentar, se deterioran constantemente por el paso de camiones y las condiciones climáticas. En invierno, el barro dificulta el tránsito; en verano, el polvo se vuelve un problema sanitario. Caminar implica compartir espacio con vehículos, sin veredas ni medidas de seguridad.
La falta de presencia del Estado también se refleja en la seguridad. No hay cámaras de vigilancia ni iluminación suficiente, y la fiscalización es prácticamente inexistente, según relatan los vecinos.
En este escenario, la proliferación de perros abandonados se ha convertido en otro problema. Las jaurías recorren el sector, rompen bolsas de basura y generan situaciones de riesgo.
“Hay lugares donde no se puede ni entrar. Es peligroso”, advierten. Para los habitantes de Pampa Redonda, esta falta de control refuerza la sensación de abandono que arrastran desde hace años.




