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“Delfina, cállese, apúrese y no se luzca”: Vieja cuica comunista

Domingo 29 de Marzo del 2026

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Por Guillermo Muñoz Mieres,
periodista

Chile, 2025

Director: Ricardo Carrasco Farfán

En Cine Estrella de Punta Arenas y Natales

Delfina no es un nombre común, pero al pronunciarse evoca inmediatamente la figura de la actriz chilena Delfina Guzmán, porque con apellido Guzmán hay muchas, pero Delfina Guzmán, una sola.

Y este documental se inicia con una cámara que sobrevuela y se interna en una zona residencial de Santiago hasta acercarse al rostro de una mujer anciana que observa el cielo o aguarda el plano de su imagen desde un balcón.

Esa mujer es Delfina Guzmán, actriz con casi un siglo de vida y que ha sido protagonista del cine, el teatro y la televisión en Chile durante más de seis décadas. Y lo que cuenta el documental es su historia utilizando un formato que ya es tendencia en el género, donde no hay voz en off, solo el testimonio de ella, colegas, hijos, nuera y amigas de infancia, complementado con imágenes de archivo en fotografías, videos y fragmentos de películas que muestran su trayectoria en la actuación y donde se entiende, como alguien comenta por allí, a qué nos referimos cuando se habla de “llenar la pantalla”.

El documental repasa de forma cronológica la vida de la actriz, desde su origen en el seno de una familia aristocrática, con un padre admirador de Hitler hasta donde pudo, una madre que, en su primera menstruación, le enseña que ese no es tema para hablar con los hombres, y el matrimonio con un arquitecto que le dio roce, algo de alas y un apellido para sus hijos digno de una realeza.

Y la segunda parte es su ingreso a la escuela de teatro de la Universidad de Chile, con dos hijos a cuestas, pero también con la voluntad de una mujer que reconoce que su camino definitivo no será la maternidad. Y de eso —y todo lo que vino después— hablan rostros conocidos, algunos que ya no están, como el actor Héctor Noguera y el director teatral Claudio di Girólamo, pero también de otra leyenda de la actuación, Jaime Vadell, que sobrevive junto a ella como rostro eterno del cine y el teatro chileno.

Delfina Guzmán relata su amistad juvenil con el cineasta Alejandro Jodorowsky, los diálogos con Salvador Allende, su militancia comunista y el antes y después tras el Golpe Militar de 1973, con la censura y la resistencia desde el teatro y, dentro de lo que se podía, con el cine. Entre medio, una película de Silvio Caiozzi, Candelaria (1981), basada en una historia creada y actuada en doble partida por ella, donde una mujer de buen vivir observa desde su ventana a otra mujer que ha hecho de su locura un arte y que, tal vez, es una metáfora de su propia historia, porque una mujer con ese tipo de origen debía estar algo loca para llegar hasta donde llegó.

“Delfina, cállese, apúrese y no se luzca!!” no baja el ritmo porque entre los testimonios y archivos está su relato en primera persona, con un rostro más arrugado y una voz que, a pesar de enredarse de vez en cuando, no pierde su tono de cuica, entreteniendo con revelaciones y reflexiones de una vida donde, como ella confiesa, “el tiempo la sobrepasa todo el tiempo”.

Es la historia de Delfina Guzmán, una mujer que no estaba destinada al encierro, sino al amor por la actuación y que, a sus noventa y tantos años, amenaza que si contara todo lo que hizo, nadie le creería.

Una mujer que no se queja del paso del tiempo, porque ha sido como ella siempre lo quiso.

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