Necrológicas

– Ramón Antonio Rada Mladinich

– Edelmiro Barría Cárcamo

Para aquellos magallánicos que están lejos de su tierra y añoran los tiempos idos

La vida en el Punta Arenas de antaño

Sábado 4 de Abril del 2026

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Mario Isidro Morano

 

Cada capítulo de mi libro “Lo que todo magallánico debe saber” tiene la finalidad de tratar de llegar a lo más profundo del alma regional con las remembranzas que no tienen otro objetivo que traer a la memoria el pasado austral.

En los artículos publicados, cada frase da la impresión que trae consigo la fragancia al pan de casa, amasado por la amorosa madre y cada recuerdo estudiantil, nos lleva a palpar en nuestras manos el cuaderno, la goma y el lápiz atados con un hilo a este borrador que, junto con las tareas y ejercicios atesoraba en sus hojas de dobladas puntas, algunos dibujos de corazones y pensamientos de nuestros primeros amores infantiles.

Son añoranzas de dulce y de agraz, porque así como nos trae alegría recordar los antiguos camaradas del barrio, nuestros juegos de antaño, también desfilan ante nuestra memoria las negras carrozas que transportaron hasta su última morada a nuestros parientes y amigos y, algo simple: la obligación de ingerir en la escuela el bacalao de horrible sabor.

Estas evocaciones tienen el poder de traernos los viejos sonidos de martillos y serruchos en la construcción de nuestra casa, el ruido de las ruedas de las viejas carretas tiradas por bueyes, y en las calles empedradas los cascos de los caballos en los que se distribuía el pan y la leche. El voceo del vendedor de diarios, la melodía de la flauta de pan del afilador de cuchillos y tijeras y el arribo al barrio del “tapahuecos” que parchaba con soldadura y cautín nuestras ollas y teteras.

Para muchos, quizás falta el recuerdo del tren de la Loreto que avanzaba con sus carros desde el cañadón del río de las Minas hasta el muelle.

Para otros quedó fuera el aparato precursor de la heladera: un armazón de madera y malla de alambre fino donde se guardaba el medio capón o el borreguito, instalada al lado afuera de la cocina, en la cual la estufa magallánica, a leña y carbón, lanzaba su humareda hacia los cielos y calentaba la plancha de fierro para estirar la ropa y, junto a ella, la gran tetera familiar que entregaba el agua para el alimento, para preparar el exquisito café de bolsa y para llenar la botella de barro con la que se calentaba la cama en las frías noches invernales.

Al ir con el pensamiento hacia los cerros, tratamos de encontrar los senderos por donde escaparon los calafates y frutillas y que, en cada fin de semana, junto al paseo familiar o del barrio, comíamos hasta hartarnos. Parrillar, Leñadura, Parque Japonés, Chorrillo del Cable, Chabunco, Pampa Redonda, nombres grabados a fuego en nuestros paseos infantiles.

Siempre hay un cuarto en el hogar que guarda los recuerdos. Allí, se encuentra la pala que servía para abrir caminos en los inviernos de antes (esos sí eran inviernos), cuando se aprovechaba cualquier calle con pendiente para deslizarse en los trineos fabricados por el papá y al cual, se le agregaba una botella con una vela al interior y a los metales deslizantes se les hacía más resbalosos pasándoles esperma de vela.

Aún pueden verse en las casas de barrios antiguos, las casitas de baño, de poco más de un metro cuadrado y dos de alto, al cual se le instalaba bajo el “asiento” un gran barril de duelas que era retirado cada cierto tiempo por los “abrómicos”, reemplazándolo por uno limpio.

¿Me da la yapa?

No se puede dejar de lado al almacén de menestras, con su clásica campanilla que anunciaba el cliente. El artículo adquirido envuelto en papel graf de color café o cambuchos de papel y, a pesar del letrero que decía “hoy no se fía, mañana sí, trampas afuera, menos aquí”, nos dábamos el valor para solicitar: “-casera, ¿me da la yapa?”.

Recorremos las calles de nuestros recuerdos: la Talca, la Valdivia, la Progreso, en cuyos sitios interiores quedan las melgas que cobijaron papas, nabos, lechugas, zanahorias y en los que no faltaba las mata de matico, parra, grosella y frambuesa.

Algunas calles de barrios que guardan los gritos de los juegos infantiles: trompo, zuncho, emboque, volantines, tejo, cuerda, escondidas, las naciones, paco librado, y algunas casas que coleccionan en sus rincones el eco de las narraciones de los abuelos, de los fantasmas, de las “penaduras”, de las historias de reyes y princesas, en cuyas horas disputábamos el asiento de la leñera o del diván.

Atrás quedarán, pero sin perderse en las evocaciones, antiguos apodos con los cuales se conocían, más que por sus nombres y apellidos, a los amigos de antaño: los Patas Largas, los Mulas, los Chalupas, los Caballo Ampuero, los Paraguas, los Conejo, los Terribles, los Choros, los Chauque, los Chapalele, los Carne sin Hueso, los Carreros.

Sobrenombres que se guardan así como nuestra piel atesora el suave recuerdo de una ropa interior o sábanas de sacos de harina o los pañales de las camisas de capón, que arrebujaron nuestro sueño.

Con estos artículos de “Lo que todo magallánico debe saber”, queremos seguir viajando allá donde quedó una juventud que ya no volverá, porque los añares que se han perdido no tienen retorno, salvo en la memoria de los que las nieves del invierno austral se fijaron en sus sienes.

Porque es bueno revivir los días y las horas, es saludable volver a sentir las sensaciones dulces y de agraz que han sido parte de nuestra existencia.

¡Cómo no es hermoso volver a usar en la imaginación los pantalones cortos, la cinta en el pelo, la falda plato, los pantalones “guardapeos” o pata de elefante, engominarse con Brancato o brillar el cabello con Glostora!. Escuchar a la mamá ordenarnos que compremos fiado con la libreta a los boliches de Estefó, Strello, Juan Pobre, Los Conejos, Boquecinco, Juan Pobre, Vitrolita, entregándonos una lista que incluye: cigarrillos de alguna marca, pueden ser Baracoa, Cabañas, Liberty, Ideal, Particular, Opera, Monarca, Premier, Nevada o algún mentolado. No olvidar para el botiquín Mejoral, Dominal, Aliviol, Cafiaspirina, Cafrenal, Geniol, bicarbonato y Yastá. Llevar envase para traer un cuarto litro de aceite y un litro de vino de barrica. También la lista incluía jabón Flores de Pravia, Polvos del Harem, perfume Maderas de Oriente y colonia argentina Polaina 555. Detergente Perlina, Radiolina, Jabón Gringo y Clorinda.

Por supuesto que el detalle consideraba el café que podría ser El Negro, La Brasileña, La Chilenita o Arentsen. Por último, como no había pasado el panadero en su carro ni el lechero, había que ir primero a una lechería: Llau-Llau, Villa Olvido, Helvética, Mantecón, Serka y luego a una panadería: de los Fernández, Universal de los Musac, Magallanes, de los Bartulovic, Flor del Sur o Moderna, Dalmacia o Austral. En el último de los casos comprar harina en la Molinera y levadura en la cervecería.

El recordado traje

Nuestro padre, que había obtenido algún reajuste, nos decía: -en la tarde vamos ver donde te pueden hacer un traje. Iremos donde algún sastre, puede ser José Valdebenito o Atilio Vidal. Y luego a cortarse el pelo en la Palace o la Splendid o con Abelito en el barrio Prat.

Epoca de caminatas, salvo para tramos muy largos donde había que hacer uso de las góndolas de los Marín o la micro Galgo Azul. Si había más poder económico se llamaba a un taxi del paradero 1020 de la Plaza de Armas o de la línea 500, frente al Cine Cervantes.

De la misma forma se llegaba al establecimiento educacional. Podría ser a las escuelas que dirigían Isabel Cárcamo, Sara Barría, Julia Garay Guerra, la escuela 8 con Elena Cerda, la 15 con Rudecindo García, la 7 dirigida por la señora Olivares y que era llamada la Escuela de los Burros”, la 1, la 3 de Niñas, San José, Don Bosco, la Industrial o el Liceo de Hombres.

Había que trabajar duro y hacer las tareas para obtener el permiso del fin de semana para la matinée de los cines Royal, Prat, Select, Colón, Palace, Politeama o Cervantes, desde donde se salía con el entusiasmo de emular a Tarzán, el Zorro, Tom Mix, Opalong Casidy, Roy Rogers, jugar al paco librado o a los “jovencitos” donde se usaba a modo de revólver parte de la quijada de un ovino.

Tiempos que acompañábamos a la familia al Muelle Fiscal para recibir el encargo desde el norte o algún familiar que venía en el Alfonso, el Puyehue, el Arauco, el Viña del Mar, el Navarino, el Osorno o el Villarrica.

Ello, para obtener la autorización para concurrir a presenciar un partido de fútbol que disputaban equipos tales como Progreso, Chile, Magallanes, Orompello, Peñablanca, Júpiter, Sokol, Estrella del Sur, Titán, Bellavista o Miramar y, en la noche, asistir a las fiestas que se realizaban en los locales del Prat, el Magallanes o el Progreso, con las orquestas de Aliro Quezada, Bocetos de América, Almonacid, Comesaña-Sharp o Iván Yuvic.

Los más osados, a escondidas visitaban los pecaminosos locales de la Polaca, “si tienes plata venguis, si no tienes no venguis”; la 100 metros Planos, la Chonka Pobre, el Cuartito Azul o el 333.

Las noches, se acortaban escuchando las emisoras Ejército o Austral y, las radios con más potencia captaban LR1, LR2, Radio El Mundo de Buenos Aires, que traían las canciones de Leo Marini, Fernando Albuerne, Alberto Castillo, Mario Clavel, Antonio Tormo y Los Panchos, mientras que en la frecuencia local nos entreteníamos con los radioteatros de María Elena Vukovic o a Juan Marino con el Siniestro Doctor Mortis.

Así como se han ido extinguiendo nuestros personajes populares, Rulito, Pan Duro, Natalio, La loca Lidia, Juañeco, Panda, Chindo Pérez, la Remolcoi, Albertito Barría o Chilenita, de la misma manera los recuerdos se volatilizan de la memoria.

Es la oportunidad de traerlos del tiempo ido y que, junto con hacer presencia, hagan revivir a los habitantes magallánicos del pretérito, su época de niñez y juventud, cuando los inviernos eran rigurosos y las inclemencias templaban el cuerpo y el espíritu.

Interesantes contribuciones

Muchos de nuestros lectores han querido contribuir con interesantes aportes, de los cuales consideramos los siguientes:

Manuel Ernesto Parada, aporta que el último organillero don Mario Rivas, era conocido como Tuco, el cual los días de visita del Hospital vendía berlines, frutas y helados en la puerta principal y en las tardes salía con su organillo. Pero, además, Manuel Parada agrega que su propio padre fue organillero y trabajó con un ciudadano español. Poseía una monita que se llamaba Titina la cual vendió en la década del 40 ya que el hispano se trasladó definitivamente a la República Argentina. Le prometió que lo iba a venir a buscar pero nunca cumplió. De tal forma que su padre se deshizo del organillo y su mascota ingresando a trabajar a la Mina Helena. Dice finalmente que a su progenitor le daba vergüenza admitir que un día fue organillero. Por su parte, Héctor Pérez Santana, nacido y crecido en el sector del Cerro de la Cruz es uno de los tantos magallánicos que partió un día vivir al “norte” y al igual que quienes se alejan para siempre de esta región, física pero no espiritualmente, recuerda con nostalgia su terruño y, parodiando el tango “Tiempos Viejos”, dice: “Te acordáis “Cochoi” qué tiempos aquellos, eran otros juegos, esos juegos nuestros; no había Tablet, Transformers ni celulares, sólo había calle y disfrute total. Se acuerdan ustedes “Escarchao” y “Tallo”, que lindo que era, juntarnos en la esquina y ponernos a jugar; si no había trompos o bolitas
algún juego, a veces faltaba la pelota del “cacerola”, que castigado o por enfermo no la pudo prestar. Era lindo jugar con las chicas invitarlas al “paco librado” a participar, y había bonitas que nos gustaba corretear
Te acordáis “Coñomiro” que bueno eras pal leseo
las bromas terminaban en un buen “salame”, por lo general o el no menos recordado e imprevisto “¡¡¡chiflar!!!” Son tantos los nombres de amigos del barrio: Cochoma, el Picha, el Pato, Chanito, el Calcio el Nonito y así, tantos otros que habré de olvidar
Han pasado inviernos y los que quedamos, las nieves se ubican que se reflejan en nuestras cabelleras. Recordando en los nietos esa época que no volverá. Te juro “Pachana”, que si hubiera recordado esto cuando después de tantos años me invitaste a tu casa y te pasé a saludar
capaz que delante de tu señora e hijos, diera vuelta la cara y me hubiera puesto a llorar
.

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