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Recuerdo de Jorge Inostrosa y de su “Adiós al Séptimo de Línea”

Domingo 5 de Abril del 2026

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En la niñez nos llamaba mucho la atención dos grandes libros envueltos en tapa de cuero fino que estaban en una estantería de la casa. Eran dos volúmenes que en conjunto sumaban poco más de mil setecientas páginas. El primero de ellos se encontraba dividido en tres tomos o partes, mientras que el segundo en otros dos. No había ninguna imagen, fotografía o ilustración que acompañara a los textos, sólo letras muy pequeñas. Al inicio de cada tomo se repetía la frase ‘octava edición’ precedido por la leyenda que indicaba el año de impresión de la obra a cargo de la empresa editora Zig-Zag, que en este caso correspondía a 1965.

En el interior de cada uno de los volúmenes venía adosada una cinta tricolor de cáñamo que servía como marcador de páginas, que al recorrerlas expelían un suave olor que nos hacía recordar a cada instante, el fino tratamiento artesanal de una edición que celebraba el décimo aniversario de la publicación inicial de la obra. En el lomo de ambos textos se podía leer en letras doradas: “Jorge Inostrosa. Adiós al Séptimo de Línea”.

Mamá y Papá hablaban con gran soltura, de Alberto Cobo, Leonora Latorre y de otros personajes que deambulaban en las páginas de la obra. A veces se ponían a contar historias como si lo hubieran vivido, de batallas navales y terrestres ocurridas en la Guerra del Pacífico, hasta entonaban canciones de un grupo que llamaban “Los Cuatro Cuartos”.

Todo esto capturaba mi atención en momentos en que adquiría el hábito de la lectura en los últimos años de mi educación básica en el Grupo Escolar Yugoslavia con las enseñanzas de mis profesoras Alejandra Vukovic en clases de castellano y Juanita Sánchez con su taller literario. “Pacha Pulai” de Hugo Silva; “Primavera en Natales” de Osvaldo Wegmann; “El último grumete de la Baquedano” de Francisco Coloane, contrastaban con el “Martín Rivas” de Alberto Blest Gana que pese a las dificultades que entrañaba el exceso de descripciones y la lentitud del relato, disfrutábamos por sus alusiones históricas a la Guerra Civil de 1851 que desconocíamos por completo.

Fue el punto de entrada para tratar de comprender la diferencia entre una obra de ficción y otra de carácter histórico. Con esa ‘experiencia’ me atreví a pedirle prestado a mi padre “El Adiós al Séptimo de Línea” que celosamente guardaba en un dormitorio. Era 1984 y se acercaban los años en el Liceo de hombres Luis Alberto Barrera. En las radios locales, en mayo o septiembre, a veces se escuchaba el tema “Los viejos estandartes”, se hablaba de Jorge Inostrosa y de su extensa novela.

Las radioemisoras Presidente Ibáñez, Polar y Minería, conservaban todavía sus auditorios con sus sillas de madera y un proscenio típico reservado para artistas o grupos que se presentaban en vivo. Minería de Punta Arenas se conectaba con su casa matriz de Santiago para transmitir los domingos el programa de humor Radio Tanda, con las actuaciones de Ana González, Ricardo Montenegro, Williams Rebolledo, Patricio Villanueva, Sergio Silva, Guillermo Bruce, que además de hacerme reír me transportaba al pasado. Se vivían los últimos vestigios del radioteatro en Chile.

Génesis de un gran proyecto

Nos referimos en reseñas anteriores a la personalidad del general Ramón Cañas Montalva, quien siempre fue apreciado en la comunidad magallánica por sus ideas innovadoras y su elevado sentido artístico y estético.

Como sabemos, el 7 de enero de 1941 este militar inauguró en Punta Arenas la Radio Ejército, un proyecto que buscaba difundir las actividades del mundo uniformado en Magallanes y brindar a los civiles la posibilidad de canalizar sus inquietudes artísticas, culturales y literarias. La radioemisora estuvo varios meses en el aire transmitiendo de modo experimental algunos programas hasta que, en el verano de 1944 en paralelo a la visita presidencial de Juan Antonio Ríos y de numerosas autoridades de gobierno, a propósito de la conmemoración del primer centenario de la toma de posesión del estrecho de Magallanes y tierras adyacentes, en un programa oficial que incluyó entre otras obras, la reinauguración del Fuerte Bulnes y la entrega a la ciudad del monumento al Ovejero, Ramón Cañas Montalva reestrenó el medio de comunicación social con el nombre de “Militar Austral”, dotado ahora con nuevos equipos de sonido y un amplio estudio de grabación.

En esta radioemisora, en el invierno de 1945 el libretista y publicista Juan Marino Cabello, inauguraba el programa “El siniestro doctor Mortis”, punto de partida del moderno radioteatro en Chile. En el centro del país solamente se conocían los esfuerzos de la productora Sidney Ross por incorporar efectos acústicos a la lectura de textos y obras históricas breves escritas por el autor Jorge Inostrosa Cuevas, (1919-1975) que aludían a personajes y episodios de la historia de Chile como La Quintrala, Pedro de Valdivia o Inés de Suárez, transmitidas en cadena nacional por radio Cooperativa Vitalicia.

La designación de Cañas Montalva como comandante en jefe del Ejército entregó nuevos bríos al radioteatro, sobre todo cuando el oficial, luego de su vasto trabajo profesional en Magallanes que se extendió por casi dos décadas y de la experiencia adquirida en los medios de comunicación con radio “Militar Austral”, terminó por radicarse en Santiago. A su vez, Marino Cabello en vista del éxito de sintonía de su programa, decidió continuar la producción de “El siniestro doctor Mortis” en la capital logrando un éxito sin precedentes con su personaje, transformado en villano principal de las historietas chilenas y en el mundo de la televisión.

Jorge Inostrosa en tanto, halló por fin el respaldo que anhelaba cuando el general Cañas insinuó a Cooperativa Vitalicia de que se podía realizar un programa que narrara la historia patria, especialmente el periodo de la Guerra del Pacífico (1879-1884). Inostrosa llevaba años estudiando las batallas libradas por el ejército chileno, de cómo se produjo la invasión y anexión de las extensas y ricas regiones de Tarapacá y Antofagasta. Le conmovía la campaña militar en la sierra peruana y la ocupación de Lima. Después de conseguir abundante publicidad, Cooperativa Vitalicia resolvió entonces denominar al programa como: “Gran radioteatro de la historia”, que comenzaba con palabras preliminares del propio Cañas Montalva.

¿Quién era Jorge Inostrosa?

Cuando se adoptó la decisión de hacer el proyecto, el libretista principal de la obra era conocido entre sus pares y por los trabajadores radiales, por su dedicación absoluta a la escritura. Muchos detalles acerca de su vida se conocieron después de su fallecimiento, acecido el 5 de enero de 1975, como consta en la bibliografía y en el material referencial utilizado por el profesor Manuel Romo Sánchez para la creación de su ensayo “Jorge Inostrosa Cuevas”, incorporado en la serie de trabajos biográficos reunidos en el libro “Escritoras y escritores masones chilenos, volumen II”, magnífica impresión realizada por la agrupación Letras laicas, y publicada por la editorial Occidente en Santiago en 2025.

Jorge Inostrosa todavía no cumplía treinta años cuando empezó a escribir libretos para radioteatro. Nacido en Iquique el 20 de marzo de 1919 era hijo de Clodomiro Inostrosa Rojas y de la profesora María Ester Cuevas, descrita en varias ocasiones por el escritor como ‘catedrática en matemáticas, francés, filosofía, ciencias naturales y física, además de poetisa y concertista en piano’. Su padre en cambio, era un librepensador vinculado algún tiempo con la Masonería. Iniciado en la Logia N°10 de Santiago el 26 de abril de 1914, se le contaba como uno de los fundadores en la reapertura de la Logia Tolerancia N°12 de Chillán, el 19 de diciembre de 1914, donde alcanzó hasta el segundo grado. A fines de 1917 obtuvo su retiro voluntario de la institución.

Huérfano de padre a los tres años, comenzó sus estudios primarios en Traiguén, donde su mamá fue destinada para ejercer el magisterio. Los secundarios los realizó en el Liceo de San Bernardo y en el Internado Nacional Barros Arana de Santiago. La muerte sorpresiva de María Ester le obligó a suspender sus estudios de pedagogía en matemáticas que cursaba en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. A partir de aquel momento, efectuó diversos oficios en el mundo del periodismo, trabajando en la agencia de noticias Havas y en radioemisoras donde fue locutor, discotecario y libretista. Fernando Reyes Matta en su columna publicada en La Tercera el 4 de octubre de 1970 “Los chilenos llevan adentro el espíritu guerrero”, al referirse a Jorge Inostrosa señalaba que en esa época el exceso de trabajo le produjo un gran desgaste físico y nervioso. Al borde de un desequilibrio general, lo enviaron a Valparaíso a la radio Cooperativa Vitalicia.

La viuda del escritor, Violeta Wood Ríos, concedió una entrevista a Gloria Urgelles, publicada en El Mercurio de Santiago el 18 de septiembre de 1975 con el título “Jorge vivía en estado de amor”, en donde revelaba que el noviazgo entre ambos, que se extendió por seis años, había nacido en San Bernardo, tiempo en el que Inostrosa intentó seguir infructuosamente, la carrera de leyes y luego la de medicina. Wood recordaba al mismo tiempo otros aspectos desconocidos de su relación amorosa con el autor:

“Jorge era enfermizamente romántico. Me regaló su primer sueldo, ganado en la Agencia Havas, en perfumes, chocolates, flores y libros. “Crimen y Castigo”, “Victoria”, “Primavera Mortal”. Libros que leíamos juntos y cuyos desenlaces nos hacían llorar como locos. Nosotros hacíamos dramático el pololeo, y tormentoso. Se usaba y el ambiente fragante a enredaderas incitaba a amar”.

Según el recuerdo entregado por el profesor universitario Jorge Mendoza al diario El Sur de Concepción, nota publicada el 7 de enero de 1975 con el título, “Yo conocí a Jorge Inostrosa”, se trataba de una persona joven y muy seria. Había escrito un radioteatro a partir de la adaptación libre de la obra de Edna Ferber llamada “Hacia el este fluye la corriente”. Todos trabajaban bien con él, porque siempre estaba dispuesto a colaborar. Era una persona con mucha paciencia para enseñar. Sus libretos eran hechos con mucha pulcritud, que lo definía como el mejor que había en esos momentos en el país. Además, tenía una profunda admiración por la historia.

Inostrosa empezó a sentir interés por escribir acerca del Séptimo de Línea Esmeralda, luego de presenciar un espectáculo artístico en Valparaíso, en que una mujer interpretaba en arpa la marcha original del regimiento, lo que le produjo un estado de ensoñación, imaginando durante los cuatro minutos que duró la música, los escenarios principales de la Guerra del Pacífico. De inmediato se dirigió a la Primera Zona Naval donde le facilitaron el acceso a documentos y bitácoras. “Estudié la historia de la guerra durante siete años y acumulé toneladas de papeles hasta que logré publicar el libro cuatro años más tarde”, recordaba en una de sus últimas entrevistas.

Uno de los más cercanos fue el escritor y comentarista literario Enrique Lafourcade, quien a menudo contaba sabrosas anécdotas de su amigo, sólo comparables por lo curiosas, con las de Manuel Rojas, Santos González Vera, o Fernando Santiván. El “Adiós al Séptimo de Línea”, se emitió en 1952 en radio Corporación. Durante nueve meses y cuatro días, la compañía dirigida por Justo Ugarte estuvo frente al micrófono interpretando los tres primeros tomos de la obra. Por mucho tiempo, fue considerada la transmisión más cara realizada en el país. Los efectos sonoros, en su mayor parte fueron hechos por miembros de las Fuerzas Armadas y de Orden. Carabineros grabaron el Combate Naval de Iquique mientras que, miembros de la Fuerza Aérea hicieron lo propio con el Combate Naval de Angamos. Para dar más realismo a las escenas, se contó con la participación de actores peruanos y bolivianos.

El radioteatro tuvo gran repercusión en ciudades del norte chileno, lo que motivó los reclamos indignados de los gobiernos de Perú y Bolivia. El programa se suspendió unos meses, y cuando parecía que se cancelaba por la presión ejercida por las naciones vecinas, el Presidente de la República, Carlos Ibáñez del Campo y su ministro Arturo Olavarría decidieron la reanudación de las transmisiones.

Resurge la novela histórica

La publicación en 1955 de los primeros tomos del “Adiós al Séptimo de Línea” por la editorial Zig Zag supuso la recuperación del interés de miles de lectores por la narrativa de no ficción o de corte épico que tanta incidencia tuvo en Chile en la segunda mitad del siglo XIX. Autores como Alberto Blest Gana o Liborio Brieba, por citar algunos nombres, escribieron una serie de novelas históricas que narraban especialmente, episodios de la Guerra de Independencia o bien, de la Guerra Civil de 1891.

Las primeras ediciones de las obras de esos escritores se publicaron en diarios, periódicos y revistas, a través de una página exclusiva o por medio de folletines. Así lo hicieron, Blest Gana  con “Martín Rivas” (1862), “El ideal de un calavera” (1863), y “Durante la Reconquista” (1897); Brieba, con “Los Talaveras” (1871), “El enviado” (1872), y “El capitán San Bruno” (1975).

Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XX que coincide con la primera impresión hecha en Chile del poemario “Desolación” de Gabriela Mistral y de la aparición de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda, sobre todo, cuando algunas editoriales chilenas como Nascimento, Ercilla y la mencionada Zig Zag empezaron a publicar libros y a ofrecer catálogos con obras de autores nacionales, despertó nuevamente, el interés por la lectura de cuentos y novelas con trasfondo histórico.

La irrupción de los creadores de la llamada Generación del 38 (Nicomedes Guzmán, Francisco Coloane, Carlos Droguett) con sus temáticas políticas y sociales, en donde la visión crítica y pesimista de la realidad acentuada en sus trabajos literarios por la preocupación de acontecimientos históricos, contrasta, con la propuesta de Jorge Inostrosa que apuntaba a la recuperación del héroe anónimo y popular, quien, optimista por el triunfo en la Guerra del Pacífico se encuentra inmerso en una alegoría colectiva, que simboliza al mismo tiempo la superación nacional.

Por primera vez, pequeños héroes y heroínas, cantineras y rotos del valle central, gente que vivía aislada en aldeas y en los salares, se sintió interpretada y/o reflejada con la Historia de Chile. Como reseñó el famoso crítico literario chileno, Hernán Díaz Arrieta, Premio Nacional de Literatura 1959, al recordar la impresión que tuvo cuando vio la publicación del primer volumen:

“Un día, de pronto, la ciudad se vio inundada por el “Adiós al Séptimo de Línea”, sometida a las horas en que una estación de radio transmitía la serie de sus capítulos históricos, tiranizada por una técnica del suspenso y un don de vida inmediata que parecían fruto de largos estudios emprendidos por un maestro del arte folletinesco elevado a su máxima potencia. Tal fue el comienzo de Jorge Inostrosa, cuya novela, antes ya de nacer a la vida impresa, gozaba de una celebridad que pocos escritores nacionales han conseguido tras prolongada existencia”.

La obra de Inostrosa tuvo éxito en ventas y en la aceptación de lectores de las más diversas tendencias políticas e ideológicas. Las tres primeras ediciones del primer tomo de “El Adiós al Séptimo de Línea” se agotaron a los pocos días. Zig-Zag imprimió quinientos mil ejemplares en total.

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