Leonardo Garbarino Reyes
En horas de la mañana de este lunes 6 de abril del año 2026 recibí el mensaje de un apreciado colega en el cual me noticiaba de la partida, de nuestro mundo terrenal, del abogado magallánico Leonardo Garbarino Reyes.
Don Leo, como algunos tuvimos el privilegio de llamarlo, se tituló en la Universidad de Chile y, a pesar de ser un abogado antiguo de aquellos que ingresaron y egresaron cuando no había más de cinco Escuelas de Derecho en Chile, siempre tuvo un pie en el servicio público, cuando el contenido de esa expresión era más sustantivo y sustancial que lo citado o reseñado por los practicantes de la política en la actualidad; durante más de 25 años cumplió de manera disciplinada, dedicada y con solvencia su cargo de secretario de Juzgado de Policía local en la ciudad de Punta Arenas.
En lo profesional honró el título que detento con orgullo y responsabilidad, al punto que pudo transmitir a su hija, Carla, la pasión y dedicación por el derecho. Riguroso y preocupado de las formas como puerta de entrada a una práctica adecuada de la abogacía y del fondo para establecer el respeto que debe existir entre los practicantes de las leyes. Hombre de conocimiento acerados y sólidos en cuanto a los fundamentos del derecho, preocupado de su adecuada aplicación y buen amigo del diálogo jurídico cuando te privilegiaba con la oportunidad de debatir de un modo franco y respetuoso para concluir con aquella solución que fuera la más adecuada al caso concreto que nos preocupaba. Con el tiempo los maestros parten, pero tienen la enorme ventaja de haber contribuido a la formación de los abogados más jóvenes, lo que de alguna forma permiten que la memoria y ejemplo trascienda, en el día a día, después de su partida.
En lo humano, su calidad y calidez como persona era inversamente proporcional u opuesta a su trato algo frio, seco y parco; en efecto, a veces don Leo generaba algún grado de temor por su expresión seria, sus palabras breves y cortantes, su adecuado uso del lenguaje que le impedía extenderse innecesariamente en aquello que debía comunicar lo que configuraba un cuadro de severidad que no siempre se comprendía adecuadamente. Pero a la par de esa actitud solemne, siempre se manifestaba un ser humano preocupado de las cosas esenciales, con un sentido del humor antiguo, de ese que te permite sonreír sin que lo haga el gestor de la broma, con un sentido sarcástico o irónico, dependiendo de quien lo calificara, que perfectamente podría ser malinterpretado en los actuales tiempos por quienes ignoran los naturales efectos de una educación rigurosa, tradicional y conservadora en aquellos que nos antecedieron.
En lo personal su partida significa una luz más que se apaga en esta existencia y que representa la luminosidad de los pocos conocedores del derecho que van quedando
sólo quedamos obreros que con esfuerzo, y el ejemplo de aquellos que nos enseñaron, pretendemos honrar esta profesión tan hermosa y digna con más ganas que talento. Me quedo con algunas enseñanzas, con el haber sido honrado para atender algunos de sus asuntos y con la certeza que, además de su valor y logros profesionales, deja una bella familia que construyó con su cónyuge doña María Inés y que se extiende con sus hijos Carla y Piero y continua con sus nietos.




