El Turismo como eje estratégico
Hace 25 años escribíamos en un medio regional una columna titulada “Cuidemos el Turismo”. Ya entonces advertíamos que la evolución de la actividad turística dejaba en evidencia sus flaquezas el diagnóstico era claro: entusiasmo había, pero faltaba visión de largo plazo.
También señalábamos que “nunca los gobiernos nacionales le han dado la importancia que este sector se merece conforme a su real proyección. Si uno analiza los recursos de Sernatur, parece ser un organismo casi de voluntariado. En materia de turismo no hay una definición estratégica de mediano ni largo plazo, sólo acciones puntuales y aisladas”. Y agregábamos que las inversiones públicas capaces de anticiparse e incentivar al sector privado -como ocurre al otro lado de la cordillera- brillaban por su ausencia. Así, a nadie le rinde.
Sin embargo, este error centralista no puede seguir siendo excusa suficiente. Desde La Araucanía hasta Magallanes y la Antártica, las regiones del sur tenemos el deber de asumir el compromiso de hacer del turismo nuestra palanca fundamental de desarrollo, promoción territorial y bienestar para nuestra gente. No se trata de esperar soluciones desde Santiago, sino de articular una propuesta propia, coherente con nuestra identidad y nuestras ventajas comparativas.
El sur debe ser capaz de escoger qué turistas quiere. Debemos apuntar a visitantes que gasten más dólares por día y que permanezcan más tiempo. Priorizar mercados de larga distancia -Europa, Estados Unidos, Israel, Japón- cuyos viajeros no temen al mal tiempo y distribuyen su llegada durante todo el año.
Esos clientes no sólo son mejores porque gastan más. Con flujos más acotados se pueden obtener mayores ingresos y, al mismo tiempo, proteger nuestra naturaleza, evitando la sobreexplotación que han sufrido otros destinos saturados. Cuidar el turismo es entender que no podemos hipotecar nuestros paisajes por una temporada alta intensa y desordenada. Tenemos mucho más que balnearios estivales: contamos con parques nacionales, lagos, volcanes, cultura originaria, gastronomía y experiencias únicas. Pero debemos agregar infraestructura, conectividad y servicios de estándar internacional que estén a la altura de ese patrimonio.
En esa misma línea, recientemente Mónica Zalaquett en un medio electrónico, ha insistido en que Chile debe tratar al turismo como una industria estratégica. Y no es una consigna vacía. El turismo genera alrededor de 700 mil empleos anuales, equivalentes al 7% del total nacional, con fuerte presencia regional y alto encadenamiento productivo. Genera divisas, atrae inversión, dinamiza economías locales y posiciona al país en los mercados internacionales.
Pese a ello, subsisten brechas estructurales: conectividad aérea y terrestre insuficiente, infraestructura habilitante rezagada, promoción internacional intermitente y una gobernanza fragmentada. Mientras otros países invierten cifras significativamente mayores en promoción, Chile reduce presupuestos y pierde competitividad como destino. Sin una red eficiente de aeropuertos, sin accesos adecuados a centros de esquí, parques nacionales y destinos emergentes, es imposible atraer turismo de alto gasto.
Hace 25 años advertíamos que sin estrategia el turismo no despegaría. Hoy, la evidencia confirma que el potencial sigue siendo enorme, pero continúa subutilizado. El sur de Chile tiene en el turismo una oportunidad histórica: crecer con identidad, generar empleo de calidad y proteger su patrimonio natural. La tarea es clara. Cuidemos nuestro turismo, elijamos bien nuestros mercados, invirtamos con visión y asumamos, de una vez por todas, que esta actividad no es secundaria ni estacional: es, o debiera ser, uno de los ejes estratégicos del desarrollo nacional y regional.




