Más allá del dato: información, conocimiento y toma de decisiones
Dr. Juan Carlos Judikis Preller
Profesor Titular, Departamento de
Educación y Humanidades
Universidad de Magallanes
A menudo se confunde el concepto de dato con el de información, y el de información con el de conocimiento, lo que puede conducir a errores y manipulaciones en la toma de decisiones. Sin datos no hay información; sin información no hay conocimiento; y sin conocimiento se complejiza la decisión.
Los datos (números, letras, signos, símbolos, hechos, etc.) son las unidades básicas de la información y son accesibles por los sentidos. Los datos que se recogen y registran son concretos y pueden analizarse, procesarse o clasificarse, ya sea para extraer conclusiones estadísticas, inferir patrones o modelos, o incluso influir en resultados y decisiones, en algunos casos con intenciones determinadas. La información está formada por conjuntos de datos ordenados, clasificados y procesados, y constituye el reflejo de una realidad, aunque a veces puede incorporar sesgos orientados a intereses determinados. La información es concreta y puede mostrarse, emitirse o transmitirse. El conocimiento es la asimilación e integración personal de la información recibida o recuperada, la cual se relaciona con los conocimientos previos, lo que le otorga su significado. Es intangible y cada persona lo construye mediante su actividad mental, su experiencia y su interacción con los demás. El saber es la interconexión: la red de conocimientos interiorizados y desarrollados por cada persona, vinculada tanto a su uso personal como social, y asociada a un conocimiento más profundo. El saber es abstracto e implica conciencia del propio conocimiento.
En las sociedades saturadas de datos e información, como la nuestra, se ha ido generando un entorno de infoxicación, es decir, una intoxicación informativa provocada tanto por su superabundancia como por la proliferación de contenidos triviales, falsos o interesados. Para no perderse ni intoxicarse en este exceso, es preciso desarrollar un espíritu crítico: detenerse a pensar, dudar, cuestionar y verificar la corrección y autenticidad de lo que se ve, se lee o se presenta y comprobar que se sostiene en argumentos, fundamentos y referencias válidas. Sin embargo, en ocasiones, quienes poseen datos e información los ocultan o los entregan de manera tardía, con la intención de influir en decisiones que deberían fundarse en ellos, favoreciendo así conclusiones incompletas, sesgadas o alineadas con sus propios intereses. Si bien la transformación de la información en conocimiento, y la posterior generación de saber y opinión, requieren del acceso a datos e información que los sustenten, también exigen tiempo para la reflexión. Reflexionar implica evaluar, validar y contrastar la información, así como compartir opiniones y puntos de vista, especialmente cuando las decisiones afectan a una colectividad. En ese sentido, dichas decisiones forman parte de un saber colectivo que se construye entrelazando palabras y conocimientos individuales en beneficio del tejido social y el saber compartido.
Asimismo, en una sociedad en la que la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) está desbordando los límites de la enseñanza, el aprendizaje, la creación artística y literaria, y la toma racional de decisiones -además de poner en duda la veracidad de informaciones e imágenes- , resulta imprescindible exigir transparencia algorítmica de los sistemas de IA, especialmente cuando son aplicados en el ámbito público. Por ello, es urgente que las universidades elaboren, de forma participativa y consensuada, y expliciten públicamente su postura frente al uso de la IA, considerando sus dimensiones legales, técnicas, éticas, pedagógicas y académicas. La universidad preserva, produce y comparte saberes que configuran el saber colectivo mediante el conocimiento abierto y la reflexión crítica sobre él y sus implicancias. Para ello, precisa total transparencia y verificabilidad de los datos y de la información sobre los cuales se construyen los conocimientos y las realidades. La omisión y la opacidad informativa son propias de una carencia de ética académica. Por eso, debemos involucrarnos y tomar conciencia de la necesidad de saber y comprender más allá del dato.




