“La misteriosa mirada del flamenco”: reinas del desierto chileno
Chile, 2025.
Director: Diego Céspedes.
Protagonistas: Tamara Cortés, Matías Catalán, Paula Dinamarca, Luis Tato Dubó, Pedro Muñoz.
En cine Star de Punta Arenas.
Llega con algo más que “jinetas” a Magallanes porque la crítica internacional la elogió y el Festival de Cannes, el año pasado, la premió con la Palma de Oro en su sección para realizadores jóvenes o desconocidos con obras, ojalá, bellas y audaces.
Y ahora el nombre de Diego Céspedes se inscribe en el cine chileno no solo por el galardón recibido, también por ser éste su primer largometraje- ópera prima se suele decir- lo que no es menor, porque anuncia la buena nueva que, de ser así el comienzo, se pueden venir y estar para obras mayores.
Y aunque eso también puede no ocurrir, “La misteriosa mirada del flamenco” se despliega con la identidad del cine chileno, dónde la realidad se mezcla con lo absurdo, algo de surrealismo, pero sobre todo los guiños y tatuajes de un país que se confunde entre la risa y la tragedia.
Y aquí eso se hace visible en lo que observa Lidia, una niña que vive en un poblado minero ubicado en el desierto, donde su entorno familiar es una comunidad de trans y travestis que la recogieron cuando fue abandonada guagua a las puertas del night club que, por esas cosas y rumores de la vida, hoy ya no goza de la fama de antaño, porque es 1982 y, como buen chileno, se ha extendido el cahuín que, desde allí, una peste avanza como un fantasma por el mundo.
Es el Sida o VIH, lo que nunca se dice y tampoco las atemoriza, ya que saben son algo más que familia y,eso, lo tiene más que claro “Flamenco”, quien asumió la crianza de Lidia, la adoptó como su hija y convirtió en la versión femenina chilena de Tarzán o el Mowgli de “El Libro de la Selva” porque debe convivir con una fauna de tías que llevan el nombre de animales.
Y cada nombre no es al azar y revela algo de sus personalidades o un secreto bien guardado. Y por eso son “Águila”, “Piraña”, “Flamenco”, pero de la regenta del local mejor ni saber porque por alguna razón le dicen “Boa”. Y su rostro y liderazgo recuerda al personaje de Bernardette que interpretó Terence Stamp en “Las aventuras de Priscilla, Reina del desierto” (1994), igual con un grupo de trans y travestis, que cruzan el desierto australiano para reencontrarse con un hijo perdido en épocas pasadas.
Y esta podría ser su versión a la chilena, con la única diferencia que-por ser chilena- la comedia y el drama roza con la tragedia, pero aquí es la aparición de un personaje, Yovani, el que lo echa a perder todo, porque alguna vez se enamoró de Flamenco y la leyenda cuenta que en una noche de pasión ella le traspasó la peste y eso le costó ser maldito entre todos los hombres. Por eso ahora es “el apestado”, apodo difícil de olvidar y que, más encima, se lo hacen recordar las letras pintadas en la puerta de su hogar. Y su presencia trae a la memoria al personaje de otra película- ahora chilena- con nombre legendario, “Sandokan”, que también echa a perder el día, pero, en este caso, a unos curas retirados, pecadores y condenados en “El Club” (2015).
Y son justamente sus personajes el mayor atractivo de la película, dotados de grandes actuaciones, sobre todo de Tamara Cortés, que interpreta a Lidia, y de Paula Dinamarca como la sabía y de temer “Boa”, pero, finalmente, todo el reparto, porque la historia muestra cariño y compasión por cada uno de ellos, incluso por Yovani. Y esto, que muchas veces se olvida, hace que una película crezca desde ahora y para siempre. Y en el night club
“La misteriosa mirada del flamenco“ está filmada con una elegante fotografía que, inicialmente, se inclina por cierto realismo y que, mientras avanza el relato, se transfigura hacia una atmósfera más surrealista y trágica que nos sugiere por qué, además de chilenos,somos latinoamericanos. Y esa referencia puede ser este night club aislado del pueblo que recuerda al prostíbulo de “El lugar sin límites” (1978) dirigido por el mejicano Arturo Ripstein y basado en la novela del escritor chileno José Donoso; también donde se esconde el poeta perseguido en “Neruda” (2016); o, un ejemplo más reciente, el “Escorpio” de la película argentina “Miss Carbón” (2025), filmada en la localidad de Rio Turbio
Y todo filtrado por la mirada infantil de Lidia, que observa y nos recuerda que la maldición latinoamericana dice que serán cien años de soledad y poca chance de una segunda oportunidad sobre la tierra.




