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Hoteles rurales de Magallanes

Jueves 16 de Abril del 2026

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Mario Isidro Moreno

 

 

A un par de décadas de ingresar al siglo XX los campos de Magallanes comenzaron a ser ocupados y surgieron pequeñas estancias, lejanas a los centros poblados.

Al cabo de un tiempo, el tráfico de personas hizo necesario establecer lugares de hospedaje que fueron llamados inicialmente como “hoteles de campaña”.

Mención especial a este tipo de establecimientos se hace de un hospedaje en el sector de Cabo Negro, abierto por el suizo Emilio Bays. En el lugar, en el año 1870 se atendió, casi al mismo tiempo, al príncipe alemán Enrique de Prusia, que viajó a cazar a la Patagonia y al exgobernador Diego Dublé Almeyda, en su viaje de la misión encomendada por el gobierno para comprobar si efectivamente había naves de la Armada argentina en el río Santa Cruz.

Con el tiempo, se abrieron algunos llamados boliches, en Chabunco y Cabeza del Mar, lugares por donde se desplazaba la huella tropera con destino a la pampa.

Aumentó la disponibilidad de alojamiento en varios hoteles rurales: un par en Tres Puentes, Río Verde y en el Pozo de la Reina, sector de la bifurcación de las sendas que conducían al oriente: San Gregorio, Punta Delgada y Posesión y al noreste Dinamarquero y Ciaike. Más al interior estaba el hotel en Laguna Romero, al lado del camino que conduce a Río Gallegos, Argentina.

Es increíble el número de hoteles que existía en los campos magallánicos y que servían como alojamiento, alimentación, pero además para la venta de artículos diversos y licores.

Se mencionan los hoteles que fueron instalados en Laguna Blanca (La Leona), Morro Chico (dos o tres hoteles) uno de ellos muy frecuentado por los tehuelches del sector del Zurdo (probablemente entre los naturales estaba el grupo que dirigía el Cacique Mulato).

En Ultima Esperanza aparecieron los hoteles Puerto Prat y Puerto Cóndor, Tres Pasos y Cerro Castillo.

En Tierra del Fuego los primeros establecimientos rugieron en la zona aurífera, en las vertientes de la Sierra Boquerón. Se bautizó a los primeros como “Casa de Lata” y “Baquedano” (por el Cordón del mismo nombre), más adelante se abrieron en Río del Oro, Discordia, Los Morros y Bahía Inútil.

Muchos hoteles rurales terminaron sus actividades debido a que los nuevos propietarios de terrenos pastorales privatizaron sus campos y no fueron inclinados a la instalación de este tipo de negocios que muchas veces servía para expenderle alcohol a sus trabajadores con el consiguiente perjuicio laboral.

Muchos magallánicos conmemoran con nostalgia a estos hoteles de las rutas regionales, donde fueron atendidos más de alguna vez.

Los más antiguos, recuerdan que un hotel de campaña era mucho más que el lugar en donde se podía concurrir a gastar en consumo de bebidas -a veces de una sentada- todo el salario acumulado en meses de trabajo, o bien tomarlo al fiado, con la seguridad de pago posterior; o el sitio en que se podían adquirir los artículos más variados de uso corriente que podían necesitar, desde pañuelos hasta hilo de coser, pasando por ropa interior, artículos de tocador y fruslerías, tabaco y yerba mate, conservas comestibles, etc., etc.

Allí, además, se tenía la posibilidad de encontrar a otra gente, ajena al campo, de diferente clase y procedencia, alternar con ella o simplemente escucharla hablar sobre tantas cosas distintas a las propias de la rutina cotidiana.

El hotelero, o su mujer o alguna hija mayor, si las tenía, podían prestar un servicio particular a los clientes rústicos: el de leer las cartas que habían escrito parientes o seres queridos, cuando el receptor era analfabeto, y también el de escribir las respuestas, con el encargo adicional de despachar las cartas con el primer correo que pasara.

Respecto a la propiedad de estos establecimientos hoteleros rurales, prácticamente la totalidad de ellos correspondió a europeos, británicos, alemanes, franceses y otros en un primer tiempo (antes de 1900), a los que posteriormente y hasta el final del periodo se sumaron croatas que pasaron a hacer la mayoría de los propietarios. Los chilenos virtualmente no participaron en este negocio y la gran excepción la hizo Rogelio Figueroa, propietario del Hotel Tres Pasos, en Ultima Esperanza.

Resumiendo el presente artículo, puedo decir que los hoteles pudieron servir como lugar de recreo, vacaciones o descanso, como se dio en uno o dos de los que funcionaron en Tres Puentes durante las décadas de 1890 y hasta 1920, para el vecindario de Punta Arenas, o para personajes selectos como fue el caso de la ilustre Gabriela Mistral, quien durante su permanencia en Punta Arenas durante 1918-19 alojó en plan de reposo anímico en el hotel Tres Pasos; de su amigo Rogelio Figueroa. Es fama que allí tanto disfrutó del hospedaje que encontró la tranquilidad necesaria para componer algunas de sus más notables creaciones poéticas, inspiradas tal vez por la sugerencia telúrica del hermoso entorno de ese establecimiento.

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