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Recuerdo de Jorge Inostrosa y de su “Adiós al Séptimo de Línea”

Jueves 16 de Abril del 2026
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Parte II y final

 

La primera edición de “Adiós al Séptimo de Línea” se publicó en 1955 casualmente, el mismo año en que se otorgó el Premio Nacional de Literatura al historiador Francisco Antonio Encina quien exclamó:

“Este muchacho -se refería a Jorge Inostrosa- con unos cuantos libros que yo me conozco de memoria, ha logrado reconstituir el ambiente de la época y movilizar un ejército de personajes como si los hubiera tratado personalmente. ¡Lo que son las disposiciones naturales! nadie aprende sino lo que ya sabía”.

Al igual que a Encina, los historiadores criticaron a Inostrosa por su falta de rigurosidad, y la posible deformación de la verdad cuando atribuía la relevancia en ciertos procesos políticos a determinados personajes, trastocando los mismos sucesos que narraba. Sobre estos comentarios desdeñosos, Rodrigo Serrano Bombal académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile, señaló en su momento que no debía exigirse a la novela histórica la fidelidad que se busca en un libro de historia. “En tal sentido, la obra de Jorge Inostrosa no abriga ninguna pretensión de purismo científico, sino que busca -simplemente- entretener, a la vez que entregar una visión -al menos aproximada- de los hechos que relata”.

Alone aseguraba que Encina se tomaba la cabeza con las manos cuando leía los capítulos que Inostrosa dedicaba a la campaña marítima de la Guerra del Pacífico, que comprendía principalmente, desde que la escuadra chilena inició el bloqueo del entonces puerto peruano de Iquique el 5 de abril de 1879, hasta la captura del monitor blindado Huáscar en el combate naval de Angamos, el 8 de octubre de 1879, periodo de seis meses que nadie conocía mejor que Encina, pero que la destreza narrativa de Inostrosa dotó en un lenguaje literario, a una serie de batallas y combates navales, que asemejaban a una novela de ficción, en donde se entremezclaba la búsqueda de un antiguo amor por parte de una joven santiaguina, quien se incorporaba al servicio secreto chileno y lograba infiltrarse en los altos mandos enemigos para conseguir información y la descripción plagada con detalles exactos de los movimientos de las flotas chilena y peruana.

Debido a la meticulosa precisión del relato de Inostrosa, los combates navales de Chipana, Iquique y Punta Gruesa; Arica y Antofagasta; las llamadas “correrías del Huáscar” cuando se leen, parece que se estuviera recorriéndolos en cámara lenta; pero hay algo mucho más importante que trasciende la obra y que comienza con el martirologio de los tripulantes de la corbeta Esmeralda en Iquique, y que Inostrosa transforma en el eje que moviliza los cinco tomos de toda la obra. Es la forma en que la gesta de Arturo Prat, la audacia de Carlos Condell, el heroísmo de las tripulaciones chilenas, despertó el sentido de la nacionalidad, la identificación con la patria, el sentimiento atávico y guerrero del pueblo chileno.

Inostrosa ensalza en la novela, a jóvenes y campesinos, que tocados por el ejemplo de Prat, Condell y los suyos, se enrolan voluntariamente en los regimientos para ir a combatir a la pampa y al desierto, mientras que, en Santiago, hijos de familias acaudaladas originaban el regimiento “Esmeralda 7° de Línea” a partir del cuerpo cívico “Carampangue” que heredaba el nombre a su vez, del antiguo destacamento que peleó en la guerra contra la Confederación Perú-Bolivia entre 1836 y 1839 asociado entre otros nombres a los del subteniente Colipí, la sargento Candelaria Pérez y el comandante Jerónimo Valenzuela.

Autor prolífico

Durante mucho tiempo, la editorial Zig-Zag organizó giras culturales por casi todas las ciudades del país, donde se enviaba a distintos escritores nacionales para que comentaran y leyeran sus obras más conocidas.

Jorge Inostrosa estuvo en Arica, Antofagasta, Calama, Huasco, Chillán, Temuco. Enrique Lafourcade recordaba que como preámbulo de la charla que el escritor daría una mañana en Chillán, la banda del regimiento tocó el “Adiós al Séptimo de Línea” en el Teatro O´Higgins. En otra ocasión, las autoridades provinciales prepararon en Calama, una gran retreta con las unidades militares, donde Inostrosa sacó a relucir su voz de barítono e interpretó una parte de la historia de Chile colmada de cantineras, soldados, pampeanos y trabajadores salitreros o bien, cuando escenificó la batalla de La Concepción en el cuartel de bomberos de Huasco en que setenta y siete jóvenes chilenos lucharon hasta la muerte contra miles de soldados enemigos.

“Adiós al Séptimo del Línea” fue el comienzo de una extensa obra literaria cercana a los treinta títulos, la mayoría de ellos publicados con el sello Zig-Zag. En 1959 se conoció “Hidalgos del mar”, trabajo en el que realizaba un curioso e interesante paralelismo histórico entre los dos máximos héroes navales de Chile y Perú: Arturo Prat Chacón y Miguel Grau Seminario. Era sólo el principio, porque en 1961 se conocieron dos obras de gran calidad, “El corregidor de Calicanto”, nombre dado al vasco Luis Manuel de Zañartu que en el siglo XVIII fue encargado, por orden del gobernador Antonio Guill y Gonzaga, de hacer cumplir la justicia en Santiago. Zañartu es a menudo recordado por el común de los historiadores como un hombre austero y cruel, que empleaba a los presos en trabajos forzados, lo que permitió construir iglesias, conventos y el recordado puente de Cal y Canto que atravesaba el río Mapocho y que por más de un siglo unió el tradicional sector de La Chimba, actuales comunas de Independencia, Renca, Recoleta, Conchalí, con el casco central o histórico de Santiago.

Meses más tarde apareció “La justicia de los Maurelio”, a nuestro juicio una de las obras mejor logradas del autor que actualiza un viejo conflicto familiar en el archipiélago de Juan Fernández. Después, Inostrosa publicó dos libros de narraciones breves, que más parecen crónicas históricas o periodísticas. En “El rescatado por Dios y otras tradiciones”, encontramos veintiocho relatos enunciados principalmente, en títulos anteriores y en el “Adiós al Séptimo de Línea”, como anécdotas o leyendas, pero, que ahora, son tratados en capítulos individuales. En cambio, en “Fantasmas y retratos de la tradición”, el autor clasifica veintinueve relatos breves en tres categorías: “De indios y conquistadores”, “Estampas de nuevos tiempos” y “Travesuras coloniales”.

Los títulos precedentes prepararon la llegada de otra gran obra cuya ejecución demandó a Jorge Inostrosa varios años de estudio y de lecturas de textos históricos y revisión de miles de documentos, cartas, legajos y resoluciones en el Archivo Nacional. “Los húsares trágicos”, es un trabajo colosal en cuatro tomos, de cerca de novecientas páginas, publicado entre 1964 y 1965, cuya trama se circunscribe al periodo de la independencia nacional en donde el novelista desentraña las complejas y fascinantes personalidades de José Miguel Carrera y del legendario Manuel Rodríguez. Junto a ellos están los hermanos de José Miguel, Javiera, Juan José, y Luis, cuyo destino aparece eclipsado por las decisiones de José de San Martín, Bernardo O’Higgins, Juan Martínez de Rozas, Carlos María de Alvear entre otros. Inostrosa incorpora a una trama sentimental ya recurrente en sus obras anteriores, el plan trazado por las logias masónicas que apresuraron y conformaron, la emancipación de los países hispanoamericanos.

“Huella de siglos” editado en 1966 es un texto de veintisiete semblanzas sobre diversos personajes olvidados e incomprendidos de la historiografía chilena, que incluye dos reseñas dedicadas a Magallanes: “Los nómades del mar”, que recuerda a Puerto Edén, a los kawésqar, pero también, a los suboficiales de la Fuerza Aérea que hicieron patria con su radio estación; y “Rescate en la isla Elefante” en que quizás, por primera vez la figura anónima del piloto Luis Pardo Villalón trasciende, para surgir como el verdadero héroe en el salvataje del explorador británico Ernest Shackleton y de su tripulación en la Antártica.

En 1970 se había conocido el título “Se las echó el Buin” y se hallaba completando el tercer volumen de su novela sobre Simón Bolívar cuando empeoró su salud, en el tiempo en que ejercía un cargo gubernamental como miembro del grupo de asesores de la Junta de Gobierno en el campo de la difusión de temas históricos nacionales por medio de una cadena de emisoras y de su contribución periodística en la prensa de Santiago. Cada semana entregaba a sus oyentes el programa “Chile, su cultura y su pueblo”, en que daba a conocer un conjunto de hechos relevantes. Su último libreto se llamó “El quijote de la frontera”, donde relataba las hazañas del mariscal del Alcázar en la Región del Biobío. De manera póstuma, la editorial Gabriela Mistral publicó en 1976 su libro “El ministro Portales”.

Por lo general, Jorge Inostrosa disponía de poco tiempo para hablar de sus obras, pero sus amigos más cercanos se encargaban de hacerlo por él. En diciembre de 1974 concedió una última entrevista a la prensa donde se refirió a su extensa producción literaria y sobre cuáles eran sus títulos preferidos:

“Lo más interesante para mí es “Bajo las banderas del Libertador” (3 tomos, varias veces agotado). Sí. Es lo mejor que he escrito. Lo hice en pleno trópico. Estuve 5 años entre Colombia y Venezuela. Además, recorrí todo el Caribe. Lo terminé en España. Allí, la editorial Anaya de Salamanca me publicó “Pueblo de techos negros”, basado en la explotación de los mapuches por los madereros de Calafquén. Termina con la erupción del volcán Villarrica, que hizo desaparecer el pueblo de Coñaripe. La misma editorial me publicó también, “Hotu, el oceánico” (la historia de la isla de Pascua)”.

En su estudio biográfico sobre Inostrosa, Manuel Romo Sánchez indica que la producción del escritor era tan amplia, que en ocasiones debía hacer memoria para recordar algunos libros. Durante su última entrevista olvidó sus relatos, “Siempre una mujer”, impresión de cinco mil ejemplares publicado por Zig-Zag en diciembre de 1973; “21 de mayo de 1879” cuya edición de veinte mil ejemplares se agotó en 16 horas y “El combate de La Concepción” que se vendió en casi todas las librerías de la capital en dos días.

La Masonería

Aunque con algunos intervalos, la participación de Jorge Inostrosa Cuevas en los talleres masónicos comenzó en 1952, cuando fue postulado a la Logia Aurora de Italia N°24 de Santiago, si bien, en el boletín N°8 de 1954 de la Gran Logia de Chile se informaba que se había retirado su insinuación porque se encontraba fuera del país. Posteriormente, en 1960 fue propuesto nuevamente y presentado como escritor e historiador en la Logia La Montaña N°50 e iniciado el 6 de abril de 1961 donde alcanzó el segundo grado el 14 de noviembre de 1962 y el tercer grado el 12 de julio de 1965. Sin embargo, en noviembre de ese año solicitó y obtuvo su retiro voluntario, pero cuatro años después, se reincorporó a los trabajos masónicos desde el 9 de julio de 1970 hasta marzo de 1974 cuando se le concedió su retiro definitivo de la orden.

Como dijimos en párrafos precedentes, el autor fue uno de los primeros escritores en novelar acerca de la incidencia de la praxis masónica conformado por libre pensadores, liberales, laicos, lo que se evidencia con más nitidez en su obra “Los húsares trágicos”. Al respecto, en los números 1 y 2, de marzo y abril de 1975, la Revista Masónica de Chile rindió un postrer homenaje al querido hermano escritor con el título “Breve comentario editorial” en que se insta a otros hermanos de la orden a divulgar el trabajo de Inostrosa para hacer más vívido su recuerdo.

Disco inmortal

En el verano de 1966, en la misma época en que “Los húsares trágicos” era éxito de ventas en librerías, un joven artista llamado Guillermo “Willy” Bascuñán (1942) llegó a Zig-Zag para hablar con el escritor con el propósito de que lo autorizara para musicalizar “Adiós al Séptimo de Línea”.

Para su sorpresa, Jorge Inostrosa quiso desde un principio, participar del proyecto, porque le gustaba la poesía, de modo que podía hacerse cargo de las letras, mientras Bascuñán se encargaba de la música. La obra sería interpretada por Los Cuatro Cuartos, conjunto icónico del neo folclor chileno.

Durante más de seis meses en sesiones de diez horas diarias, registraron en los estudios Splendid en calle Catedral 1029 en Santiago, las doce canciones que conformaron finalmente, el tercer álbum del conjunto musical integrado por el mencionado Bascuñán, Luis Urquidi, Sergio Lillo, Carlos Videla y Fernando Torti. La grabación estuvo a cargo del ingeniero en sonido Luis Torrejón, quien dispuso de la utilización de nueve micrófonos marca Newmann y de una mesa de cuatro canales. Fue el primer disco estéreo hecho en Chile, al que se agregaron otros detalles: una carátula diseñada por el artista argentino Rodolfo Campodónico, que incluía las letras de los temas y dos páginas extras con decenas de fotografías de la Guerra del Pacífico y textos introductorios para cada canción.

El álbum dividido en dos lados contiene los temas, “Los juramentados de Atacama”, en que cinco oficiales de un batallón de mineros  fraternizan antes de emprender la campaña, sin imaginar que perecerían en la guerra; “A través de la pampa”, que recrea la marcha del ejército chileno por el desierto y el recuerdo de los familiares los acompaña en las primeras batallas; “Romance de Leonora Latorre”, canción dedicada a la espía chilena y personaje central de la novela de Inostrosa; “Los chinos de Cerro Azul”, alegoría que rescata a los miles de chinos que cansados de los malos tratos que recibían en Perú, lucharon por el ejército chileno; “Cazadores del desierto”, que recupera a los soldados quienes en sus caballos negros se enfrascaron en las primeras batallas contra los enemigos y “La toma del Morro”, canción que alude a la gesta de los regimientos chilenos que en menos de una hora se apoderaron del punto más alto de Arica.

En el lado b hallamos, “Los viejos estandartes”, marcha que recrea el desfile triunfal de las divisiones chilenas a su regreso a Santiago, donde el pueblo contempla la destrucción de los símbolos de guerra y los agujeros de las balas; “Los boteros de Iquique”, canción que recuerda a los pescadores nortinos quienes fabricaron los ataúdes para los héroes chilenos del Combate Naval de Iquique; “El enganche de los puetas”, que describe a los juglares populares Nicasio García y Casas Cordero, los que se alistaron en el Ejército para seguir a Petronila Basaure, quien dejó su fonda santiaguina llamada “El Arenal”, para servir como cantinera en el Regimiento Buin. “Batallones olvidados”, es un tema dedicado a los hombres que pelearon en la sierra peruana cuando el grueso del Ejército chileno ya había abandonado Lima; “La novia de mi capitán”, canción que rememoraba al oficial Rafael Torreblanca quien escribió varios poemas a su novia Clementina, incluido su “Adiós” y “Las bombachas coloradas”, figura alusiva a las cantineras chilenas, provistas de uniforme caracterizado de un dormán azul, con bombachas rojas embutidas en botas cortas hasta la rodilla.

Inostrosa insistió en que “Los viejos estandartes” fuera una marcha y no una tonada lo que trajo varios problemas al grupo. Decidieron entonces, hacer la onomatopeya de una banda de guerra. En un principio, sólo Hernán Serrano, ejecutivo de RCA Víctor creía en la canción como single promocional del disco, mientras Los Cuatro Cuartos preferían a “Los boteros de Iquique”.

“Los viejos estandartes” se convirtió en el himno oficial del Ejército de Chile en 1976.   

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