Recuperar el Espíritu de la Zona Franca: tarea urgente de los magallánicos
¿Qué queremos hacer con nuestra Zona Franca? Esa es la pregunta que, nos guste o no, hoy debemos responder sin rodeos. Porque aquí, en esta tierra austral donde nada ha sido fácil, sabemos que las cosas no se regalan: se defienden.
La Zona Franca no nació por casualidad ni por generosidad de nadie. Fue una herramienta concreta de justicia territorial. El Estado entendió, por nuestra presión, -aunque sea por una vez- que vivir en Magallanes cuesta más, que el aislamiento no es discurso sino realidad, y que había que compensarlo. Por eso se renunció a cobrar Iva, impuesto de primera categoría y aranceles. Para que nuestra gente y nuestras empresas pudieran desarrollarse con dignidad.
Pero ese espíritu, con los años, se fue diluyendo.
Se instaló una lógica equivocada: convertir la concesión en una caja recaudadora. Se empezó a premiar al que más le paga al Estado, como si eso fuera virtud. Y no lo es. Es, en la práctica, un impuesto disfrazado que termina pagando cada magallánico cuando compra. Esa famosa foto del “cheque gigante” no tiene nada de motivo de orgullo; es más bien el reflejo de un sistema que se desvió de su propósito original.
A esto se suman decisiones administrativas difíciles de explicar y licitaciones que han dejado más dudas que certezas. Cambios en planes de inversión por Intendentes que desaparecen y luego aparecen resoluciones, autorizaciones apresuradas y una sensación persistente de que los intereses regionales han quedado en segundo plano.
Mientras tanto, vemos cómo lentamente la Zona Franca comienza a parecerse a cualquier mall del país: cada vez más locales operando con Iva dentro del recinto, perdiendo lo que la hacía única. Si seguimos por ese camino, terminaremos vaciando de contenido una de las pocas herramientas reales de desarrollo que tenemos.
Por eso, llegó la hora de ordenar las cosas.
Primero, la próxima licitación debe tener un criterio claro y sin ambigüedades: que administre quien cobre menos. Así de simple. No quien más aporte al fisco central, sino quien haga más eficiente el sistema para que los costos bajen y el beneficio llegue, de verdad, a la gente.
Segundo, es razonable establecer un fondo, a través de un porcentaje fijo y acotado para inversión interna. Pero ese fondo debe estar bien dirigido, con reglas claras y con participación real de actores regionales. Infraestructura útil, espacios para emprendedores, mantenimiento digno. Nada de proyectos improvisados ni decisiones tomadas entre cuatro paredes.
Y tercero, no podemos seguir pensando la Zona Franca como un privilegio concentrado.
Debemos proyectar recintos en las provincias de Tierra del Fuego, Última Esperanza y Cabo de Hornos. Si es que no logramos convertir a toda la región en Zona Franca, debemos al menos asegurar que todas las provincias accedan a insumos básicos a precios competitivos, incluyendo el combustible, vital para nuestra conectividad y economía.
Descentralizar no es un eslogan; es una obligación.
Esta discusión no puede seguir postergándose ni diluyéndose en tecnicismos.
Tiene que darse donde corresponde: en nuestro Consejo Regional. Ahí es donde los representantes, sin importar su color político, deben estar a la altura. Porque esto no es una pelea ideológica ni una consigna de campaña. Es, simplemente, defender lo nuestro.
Magallanes no puede darse el lujo de seguir perdiendo herramientas. La Zona Franca debe volver a ser lo que fue pensada: un motor de desarrollo, una compensación justa y un respaldo real para quienes viven y trabajan en el extremo sur.
Y eso, más que un discurso, es una responsabilidad.




