Onofre Bórquez Barría: lo humano y lo divino del franciscano y carabinero con el manejo más florido del idioma español
Sus raíces brotaron entre tejuelas y mareas, donde el archipiélago amarra sus casas al viento. Seminarista, de hábito casi Franciscano, caminó su juventud con biblias y cuadernos como quién lleva en los bolsillos pan para repartir.
Poeta sin fronteras, escribía el sur y también las ciudades que nunca pisó, con su tinta oliendo a ulmo y a caminos de tierra.
De raíces humildes, hizo casa ancha.
Fue un hombre que aprendió a rezar diciendo versos; vistió el verde uniforme de la Patria y tuvo el manejo más florido del idioma español.
Onofre Segundo Bórquez Barría, nació en Punta Arenas en el año 1916, hijo del chonchino Onofre Bórquez, y de Tránsito Barría, natural de Vilupulli.
El jefe de familia viajó a la Patagonia en busca de mejores horizontes y pasó a desempeñarse como palanquero en un aserradero. Luego de un tiempo viajó a Chiloé a buscar a su mujer estableciéndose en una vivienda en calle Chiloé, sector Miraflores. Allí nació Onofre y a los pocos meses de vida, su madre decidió regresar al archipiélago por razones de salud, quedando su esposo en esta ciudad.
Al llegar a la edad escolar, fue matriculado en la Escuelita N°23 de Villupulli. En esa época, se produjeron dos grandes sucesos en su vida: nació su hermano Humberto y luego falleció su madre, quedando ambos niños a cargo de una tía a la cual su padre la transformó en su pareja, quizás pensando “A reina muerta, reina puesta”.
Diana Bórquez Urra, hija de Onofre Segundo, debido a una discapacidad visual es integrante de Agaci, la Agrupación de Amigos de los Ciegos. Disipa para mí la bruma de su memoria, recordando la vida de su afamado progenitor:
“La vida de mi padre en Chiloé, transcurrió sin mayores novedades hasta que, ya joven, sintió el llamado de Dios y se matriculó en el Colegio Franciscano de Castro, para luego pasar a seguir su perfeccionamiento en Osorno y Santiago. Fue bautizado por sus compañeros con el mote de “Macrotu” que en latín significa “orejas grandes”, debido a la dimensión de sus apéndices.
En Santiago de Chile completó sus estudios, pero su afán de mayor progreso en el conocimiento de la religión, lo llevó a Buenos Aires y Barcelona. Como miembro de la Orden Franciscana, tuvo el privilegio de viajar por varios países americanos y europeos.
Misteriosas razones lo llevaron a desistir de la ordenación sacerdotal.
Recuerdo que, cuando niña me decía que no estaba del todo contento con el ambiente del Seminario. Los Franciscanos eran muy estrictos con los ayunos de alimentos y bebidas, lo que se distanciaba enormemente de la dieta que siempre había tenido en Chiloé, donde la comida abundante es parte de la vida de los isleños.
También, en algún momento, le picó “el bichito del amor”, debido a que, al lado del Seminario de Castro, había un liceo de niñas y sólo había que saltar un cerco para ir a “pololear” con las atractivas muchachas.
Otra de las razones que me narraba, no sé si en serio o en broma, era que los Franciscanos mayores tenían la costumbre que los seminaristas le “lavaran los pies”. Para ello, tenían una lista que encabezaban discípulos de tez blanca y pelo rubio. Mi padre no era moreno, pero tenía el pelo muy negro y estaba en otra nómina y, antes que terminaran los blondos y comenzaran los de pelo oscuro, prefirió “tomar las de Villadiego”, avisando oportunamente su determinación”.
Se acercaba en ese entonces la época en que debía cumplir con su Servicio Militar y como era muy responsable con sus obligaciones de la Patria, se embarcó anticipadamente con dirección al sur, realizando una recalada de un corto tiempo en Las Guaitecas, lugar donde ingresó a trabajar en un aserradero. Sus vastos conocimientos lo alejaron del hacha y la sierra y fue destinado a oficina.
Llegada la fecha en que tenía que presentarse al Regimiento Pudeto de Punta Arenas, enfiló de nuevo rumbo al sur.
En la unidad militar destacó especialmente por sus conocimientos en el arte de la defensa propia y no pocos conscriptos besaron la lona resultando nocauts ante sus certeros golpes en el ring.
Su postulación a Carabineros
Cumplida la conscripción, postuló a ingresar a Carabineros, siendo destinado a la Segunda Comisaría de Puerto Natales y destacado a la Subcomisaría Casas Viejas.
Su hija Diana, narra con mucho entusiasmo esta parte de la historia de su progenitor:
“Ese destacamento era muy codiciado por los funcionarios jóvenes, debido a que el jefe de la Unidad, Lucas Urra Conejeros, tenía siete hermosas hijas. De una de ellas, Tita, se prendó de mi padre. Pero también otras dos de las jovencitas le robaron el corazón a un par de muchachos policías.
Mi papá, habló con el autor de los días de Tita para pedirla en matrimonio, lo cual fue negado rotundamente dado que esta tenía sólo 14 años y estaba estudiando junto a sus hermanas en un colegio de la capital de la provincia de Ultima Esperanza. Lo mismo le ocurrió a los otros carabineros.
Ante esta negativa y con el consentimiento de las muchachas, decidieron robarlas. Esto que me contó mi padre lo encontré muy romántico.
Los tres jóvenes funcionarios se pusieron de acuerdo para llevarse a las niñas, pero, para que la situación no se considerara un delito, decidieron alojar a las novias en la pensión que ellas ocupaban cuando salían del colegio. Mientras tanto, los carabineros fueron a dormir a otro lugar.
Al día siguiente, cuando el padre de las doncellas se dio cuenta de su ausencia y fue notificado que habían huido con sus novios se trasladó rápidamente a Puerto Natales, enfrentando a los culpables determinando de inmediato que pagaran su falta contrayendo matrimonio. No escuchó razones cuando se puso en su conocimiento que las parejas habían dormido en lugares separados y que no había existido ningún delito y “por si las moscas” insistió en el casamiento inmediato.
De esta manera, papá logró contraer matrimonio con mi madre que en ese tiempo cumplía los 15 años de edad. Lo mismo lograron sus hermanas Ida y Felinda.
De esta unión, nacimos Elena y yo”.
Trasladado en el post terremoto de Valdivia
Onofre Segundo Bórquez Barría, luego de prestar servicios en Puerto Natales, fue trasladado por la institución a la ciudad de Valdivia, post terremoto, viajando en la motonave Navarino.
Terrible fue la sorpresa de la familia cuando arribaron al lugar donde prácticamente no había puerto por los destrozos causados por el sismo, lo que motivó que la lancha de Carabineros debiera trasladarlos a tierra.
Igualmente, aterrador fue el panorama que los esperaba en Valdivia, lo que hizo desistir a Tita de residir en el lugar optando por regresar a Punta Arenas, con el compromiso de su esposo de sólo permanecer allí un año y luego reunirse con la familia.
No logrando conseguir su traslado, decidió acogerse a retiro en la capital de la Región de Los Ríos y se vino a vivir con los suyos en la Perla del Estrecho.
Debido a sus conocimientos del latín, fue contratado para prestar servicios en el Colegio de Abogados y de allí pasó a laborar en la Intendencia Regional para finalmente integrarse a la Corporación de Desarrollo de Magallanes (Cormag), junto con impartir clases en la Escuela Nocturna de la Avenida Colón.
Termina diciendo Diana Bórquez Urra:
“Mi padre no publicó libros, pero sus escritos quedaron para siempre en diarios, como La Prensa Austral y El Magallanes, también en revistas y, sus versos, permanecen en la memoria de sus lectores. Con mucha nostalgia evocó el poema “Oda al Ladrillo” que compuso para la inauguración de la Fábrica de Ladrillos Kon Aiken.
Termino estas líneas que se cierran como una especie de ventana al sur, con olor a lenga, a coirón a tinta y a mar.
Si en algún anaquel tiembla el nombre de Onofre Segundo Bórquez Barría, que sea porque todavía tiene huellas chilotas, magallánicas y arenas de otros puertos entre sus páginas.




