La maldita depre
Académicamente, se trata de un estado mental que se caracteriza por aflicción.
En lenguaje chusco podemos asegurar que se trata de andar tuteándose con la negatividad y con el ánimo chupado.
Hace poco me llamó una amiga por celular. Le encontré la voz atiplada y algo rasposa. Como soy curioso y más metido que mano de matrona le pregunté por las razones de su timbre de voz. Me dijo que le había atacado una “depre”, de esas capaces de dejar patuleco al más pintado. Luego me señaló que no quería salir a caminar, por temor a tropezar con su ánimo, que andaba por los suelos.
Confabula en su contra que mi amigo es fanática de la política pero no le achunta a una. Votó tres veces por Marco Enríquez Ominami, y hasta terminaron de amigos, pero se cansó, porque le pagaron mal y no reconocieron sus esfuerzos. Ahí me confesó que en la última elección presidencial decidió cambiar el voto y sufragar por Eduardo Artés.
Y ahí el ánimo le quedó tan desparramado como desfile de ciegos.
La depre se percibe mejor sufriéndola que explicándola, aunque podemos consentir en que se trata de una tristeza de tango y generalizada que disminuye la capacidad de trabajo, de resolución y de memoria.
Yo entendí perfectamente a mi amiga, pues fui depresivo crónico en una etapa de mi vida. Así fue como llegué a considerar a la depre como una compañera inseparable y de una lealtad suprema, pues me acompañaba a todas partes.
No exagero si digo que cuando me atacaba esa maldita depre, me sentía extraño como militante de la Udi en la inauguración de la sede del PC en la Villa Francia.
Eran los tiempos en que veía la realidad en blanco y negro y no me entusiasmaba ni una invitación de la Tonka Tomicic a su departamento con ganas de revolverla y en estado de celo.
Claro, era la época en que hasta el “Che” Guevara me hubiese encontrado rebelde. Me faltaba un colchón emocional, quería hacerlo todo solo y…bueno…llegó del momento en que debía confiar en los demás.
La razón de una depre es intricada, sumamente compleja. Es un desafío enorme. Algo así como encontrar una aguja en un pajar lleno de alfileres; un oso negro en un túnel a eso de las tres de mañana o una lombriz en una olla con tallarines.
Las personas -como las instituciones- son mutantes y adecuarse a ellas es propio de la madurez. Bien digo, madurez, esa conducta solemne, de Notaría o de Pompas Fúnebres que uno debe adoptar a veces, cuando en realidad quisiéramos estar en un asado con los amigos, un circo o un estadio.
Aunque las definiciones de eruditos o del diccionario de psiquiatría no son de fácil entendimiento por el común de los mortales, la mejor definición de la depresión se la escuché a doctor Armando Roa: “Se trata de un hoyo profundo en que la persona se siente metida y cuya apertura hacia el cielo se ve como inalcanzable”.
Cierto.
La negatividad envuelve al depresivo. Por eso cuando la suerte toca a su puerta…suele quejarse del ruido.




