Lo cortés no quita lo valiente
Pese a sus reiterados alardes, Donald Trump no ha puesto término a todas las guerras que dice. Hasta ahora, su única victoria, sorprendente por lo demás, ha sido en Venezuela.
La operación militar para “extraer” a Nicolás Maduro, tuvo un costo importante, pero efectivamente le permitió controlar el país del chavismo. Tanto es el entusiasmo del Presidente de Estados Unidos que ya deslizó la idea de convertir a Venezuela en el estado N°51 de la unión.
Parece difícil. Ya insinuó lo mismo con su vecino del norte, Canadá, y no avanzó mucho.
La verdad, sin embargo, es que con Venezuela, un país atractivo por desbordar petróleo, todo puede pasar.
En estos días, después de su viaje a Beijing es probable que vuelva la mirada a nuestro continente. Ha estado hablando con insistencia de Cuba. Carece de petróleo, pero ha sido siempre un objetivo cercano.
Sin embargo, lo primero es el balance de su encuentro con Xi Jinping.
El resultado fue magro, pese al expresado inicialmente por el presidente chino de que sus dos países “sean socios, no rivales”.
A esta cordialidad extrema, se sumó el fastuoso recibimiento, que incluyó una espectacular demostración militar y visitas a lugares incomparables.
Lo mejor, de todos modos, fue la recepción.
Desde mediados del siglo XIX la marcialidad prusiana dejó una huella imborrable en todo el mundo. Bien lo sabemos en Chile, aunque el prestigio de la escuela alemana sufrió un duro golpe con la derrota en la Primera Guerra Mundial.
Hoy día entre los grandes aspirantes a reemplazar a los prusianos se debe incluir, sin duda, a los militares chinos.
El miércoles en la noche en nuestro país, cuando era la misma hora en Beijing, pero de la mañana, la recepción brindada a Donald Trump fue una mezcla de ternura, con decenas de niños que agitaban flores y banderitas, y un despliegue de soldados (hombres y mujeres) que se desplazaban con precisión, marcando el paso sin falla alguna.
De llegada Donald Trump calificó como un “gran líder” a Xi Jinping. Este, con diplomacia, replicó que el interés común de sus dos países superaba largamente sus diferencias.
Los piropos mutuos no duraron mucho.
The New York Times sostuvo que “una vez terminada la salva de 21 cañonazos y el desfile de precisión de las unidades del Ejército Popular de Liberación, el líder chino comenzó a fijar los límites de las relaciones entre ambos países. La línea roja es Taiwán. Con claridad meridiana dijo que el esfuerzo de acercamiento de Trump podría estrellarse mientras está en el despegue si interfiere en el esfuerzo a largo plazo de China por tener el control de la isla autónoma”.
“Estados Unidos debe tratar la cuestión de Taiwán con la máxima cautela”, remachó Xinhua, la agencia de noticias oficial china.
La advertencia se produjo a los pocos minutos de su discurso público en el Gran Salón del Pueblo, el centro del poder de la República Popular. Para Xi, agregó el diario norteamericano, “se trataba de establecer límites desde el principio”.
La conclusión, al final del viaje, no dejó espacio para dudas.
A pesar de los problemas de China -deflación, despoblación, la burbuja inmobiliaria- , Xi dejó claro que ha llegado el momento de que su país actúe como una superpotencia.




