Un cambio tardío, no sorpresivo
El primer cambio de gabinete del Presidente José Antonio Kast será recordado por una marca incómoda al convertirse en uno de los ajustes ministeriales más rápidos desde el retorno a la democracia. Apenas 69 días bastaron para que La Moneda removiera a dos ministras cuya permanencia ya parecía insostenible.
Pero más allá del dato anecdótico o del récord político, lo ocurrido deja una conclusión más profunda porque este cambio no fue sorpresivo. Fue tardío.
Las dificultades de las ahora ex ministras Trinidad Steinert y Mara Sedini no aparecieron de un día para otro. Durante semanas se acumularon errores, descoordinaciones, polémicas comunicacionales y señales de falta de manejo político. En el caso de Sedini, la lista fue extensa con declaraciones desafortunadas, publicaciones cuestionadas, contradicciones públicas y una vocería errática que terminó debilitando la imagen de un gobierno que recién comenzaba.
Lo mismo ocurrió en Seguridad, precisamente el área donde Kast construyó gran parte de su capital político. La salida de Steinert evidencia que el Ejecutivo entendió demasiado tarde que no bastaba con instalar discursos duros o promesas de orden. Se necesitaba conducción política, experiencia y capacidad de gestión en una de las carteras más sensibles del país.
Lo cierto es que hubo evidente desprolijidad en el diseño inicial del gabinete. La selección de nombres pareció responder más a equilibrios internos, cercanías ideológicas o apuestas personales que a una evaluación rigurosa de capacidades para ejercer cargos de enorme exposición y presión. Se instaló así un gobierno que prometía eficiencia y autoridad y que terminó improvisando antes de cumplir siquiera tres meses.
Ahí aparece otra interrogante inevitable: ¿Qué ocurre con el denominado “segundo piso” de La Moneda? Porque si las designaciones fueron tan débiles y el desgaste tan rápido, entonces el problema no es sólo de quienes salieron, sino también de quienes los eligieron, protegieron y sostuvieron pese a las señales evidentes de deterioro. El ajuste deja heridas en la estructura de confianza presidencial y golpea especialmente al núcleo estratégico que rodea a Kast.
También es legítimo preguntarse si este episodio debilita al Partido Republicano. Este reacomodo -más que cambio ministerial en sí- que entrega mayores atribuciones a figuras con mayor experiencia política tradicional y el fortalecimiento de ministros como Claudio Alvarado sugieren que el gobierno empieza a desplazarse desde el círculo más identitario republicano hacia perfiles con mayor oficio político y capacidad de negociación. En otras palabras, la realidad parece haber obligado a moderar la lógica del experimento inicial.
Sin embargo, hay un elemento particularmente llamativo en el balance público que se ha hecho sobre Mara Sedini. Entre los múltiples errores que se le atribuyen, prácticamente nada se ha dicho respecto de su pobre e infeliz desempeño frente a las declaraciones del contraalmirante argentino que reivindicó una supuesta soberanía trasandina sobre la boca oriental del estrecho de Magallanes. En una región como la nuestra, donde la defensa de la soberanía y del territorio forma parte de la identidad histórica, el silencio y la tibieza del gobierno fueron difíciles de entender.
Porque no se trataba simplemente de una polémica interna más. Era un tema que tocaba directamente a los derechos soberanos de Chile y que, de paso, comprometía la sensibilidad magallánica. El caso exigía claridad, firmeza y respaldo político. Nada de eso ocurrió con suficiente fuerza. Ese vacío comunicacional también debe formar parte del balance de una ministra cuya principal tarea era precisamente representar con claridad la voz del Estado.
Los cambios eran necesarios. Pero el costo político de haber esperado tanto ya está instalado.




