“Cinema Paradiso” y una historia personal del cine (1)
Cinema Paradiso es una película italiana de 1988, escrita y dirigida por Giuseppe Tornatore. Siempre me dijeron: “Tienes que verla”; “Pero ¿cómo, aún no has visto Cinema Paradiso?” y cosas de ese tipo que venía escuchando hace casi cuarenta años. “Película de películas”, algo así como “La Cumparsita, tango de tangos”: hermosa, inolvidable, la película de nuestras vidas, una película sobre el cine. A lo de la película misma se agregaba lo de la música de Ennio Morricone, y a ella apelaban los neoadmiradores del gran director italiano cuando se puso de moda, pero “bien de moda”, hace treinta años aproximadamente. Como si Morricone hubiera nacido en 1980, porque cuando hacía las bandas sonoras de los spaghetti westerns en la década de los sesenta no existía; cuando hacía los arreglos orquestales de los grandes ídolos románticos del Festival de San Remo en la misma década, tampoco; era “kitsch” o “de culto”, como dicen ahora: ¿esnobismo?, ¿ignorancia?, ¿elitismo?… ¡Quién sabe! (más sabe Dios y pregunta menos).
Nunca vimos Cinema Paradiso en el cine; mejor dicho, no alcanzamos a verla ahí y nunca la veremos en el cine, porque el cine como tal murió para los que venimos precisamente de la década del sesenta, que éramos los niños de ese universo maravilloso. Porque para nosotros “ir al cine” no es lo mismo que ver una película en el televisor o en el computador de la casa, en la tablet, en el celular o en los cines de ahora, de salas más pequeñas, o aquellos que son un espacio más de los grandes centros comerciales. Como sea, hasta ahora no habíamos visto Cinema Paradiso en ninguna modalidad o plataforma.
Vaya una aclaración antes de seguir con esto: cuando añoramos ese “ir al cine”, no estamos diciendo que eso era necesariamente mejor. Bienvenidas sean todas las vías para acceder a este arte maravilloso; felicitaciones a quienes, en algunos casos con mucho esfuerzo empresarial e incluso familiar, mantienen viva la llama. Estas palabras que nos brotan desordenadas tienen que ver con las experiencias de vida, con el corazón, con lo que nos queda de memoria. Pero ello también admite reservas, pues incluso habrá muchas y muchos de los “del sesenta” que disfrutan a plenitud de los medios actuales. Entonces, estas desordenadas palabras, aun ocasionalmente redactadas en “nosotros”, son a título estrictamente personal, al igual que aquellas lágrimas que la nostalgia saca a pasear en ocasiones como esta.
Cinema Paradiso, Cinema Paradiso… Finalmente, en estos días que corren la vi; acá, en la casa, en el televisor. Y el coro de “Pero, ¿cómo aún no has visto Cinema Paradiso?” estuvo en lo cierto por muchas razones. Por ahora nos abocaremos a una de ellas: la vivencia del niño protagonista en ese mundo de la infancia y juventud, del cual el cine era casi la mitad de la vida. Esas vivencias fueron también las mías, principalmente acá, en esta lejana Punta Arenas, en esta Patagonia que el viento nos regaló en el inicio de los tiempos.
Curiosamente, mis primeros recuerdos asociados al cine se sitúan en Talcahuano, vacaciones en el querido puerto del sur, donde —literalmente— ancló toda la parentela paterna; mi padre fue el único que marchó lejos. El “Gran Colón”, a dos cuadras de la casa de mi abuela, anunciaba en letras de molde Mary Poppins y partió la patota de primas y primos, acompañados seguramente de una de las tías o de los tíos. Febrero de 1966 y el sol, que todo lo alumbraba, nos acompañó hasta las gruesas puertas de ingreso a la sala. Debo reconocer que fue como entrar a un túnel: la función ya había empezado con los noticieros; antes “daban” las noticias en el cine.
Mary Poppins, interpretada por Julie Andrews, es la historia de la niñera inglesa con superpoderes, la del chimchimenea y el supercalifragilisticoespialidoso. La película combina actuación, animación y música y, en perspectiva, creo que fue la mejor película para iniciarme en la “magia” del cine. Mary Poppins volaba con su paraguas al ritmo de la música y, acompañada de su amigo Bert (Dick Van Dyke) y los niños a su cuidado, ingresaba en un cuadro (pintura) y vivía lo que había en él, en una de las escenas que recuerdo con más cariño en toda mi historia del celuloide.
Continuará…




