Necrológicas
  • Mauricio Manuel González Hueicha

Cuando la denuncia se convierte en condena

Por La Prensa Austral Miércoles 10 de Junio del 2026

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La protección de los derechos de los trabajadores constituye una conquista fundamental de las sociedades democráticas. Los mecanismos de denuncia frente a eventuales abusos laborales, acosos o vulneraciones existen precisamente para equilibrar relaciones de poder que muchas veces son asimétricas y para garantizar que quienes se sienten afectados tengan canales seguros donde ser escuchados. Sin embargo, tan importante como resguardar el derecho a denunciar es proteger el derecho a un debido proceso que permita establecer los hechos antes de emitir juicios definitivos.

El caso que involucra a la exseremi de Cultura de Magallanes, Carolina Herrera, vuelve a poner sobre la mesa una discusión necesaria. Tras una serie de denuncias que derivaron en un sumario administrativo y en una intensa exposición pública, el proceso concluyó sin acreditar irregularidades. Posteriormente, el presidente regional de Anfucultura ofreció disculpas públicas, reconociendo el impacto que tuvo la situación en la afectada.

Más allá de las personas involucradas, el episodio obliga a reflexionar sobre una tendencia que parece consolidarse en distintos ámbitos de la vida pública y laboral: la transformación de las denuncias en sentencias anticipadas. Con demasiada frecuencia, basta la existencia de una acusación para que se instale una percepción de culpabilidad difícil de revertir, aun cuando las investigaciones posteriores no logren acreditar los hechos denunciados.

El problema no radica en denunciar. Por el contrario, una sociedad sana debe fomentar que quienes se sienten vulnerados puedan recurrir a los instrumentos legales disponibles. Lo preocupante ocurre cuando esos mecanismos son utilizados sin la prudencia necesaria o cuando las acusaciones abandonan los canales institucionales y pasan a convertirse en materia de exposición pública antes de que exista una resolución.

En la era de las redes sociales y la comunicación instantánea, el fenómeno adquiere una dimensión aún más compleja. Una acusación puede multiplicarse en cuestión de horas a través de medios de comunicación, plataformas digitales, grupos de WhatsApp o publicaciones virales. La velocidad de la difusión supera con creces la capacidad de las instituciones para investigar y resolver. Así, mientras la verdad administrativa o judicial tarda meses en construirse, la condena social puede instalarse en un solo día.

Cuando finalmente se determina que las acusaciones no fueron acreditadas, el daño ya está hecho. Las rectificaciones rara vez alcanzan la misma difusión que las denuncias iniciales. Las disculpas, por valiosas que sean, difícilmente logran borrar completamente el impacto sobre la reputación, la trayectoria profesional, la vida familiar o la salud mental de quienes estuvieron bajo sospecha pública.

Esto no significa relativizar las denuncias legítimas ni desalentar a quienes buscan justicia. Significa comprender que los derechos son inseparables de las responsabilidades. Denunciar es un derecho; hacerlo con fundamento es una obligación ética. Informar es una función esencial de los medios; hacerlo con equilibrio y respeto por la presunción de inocencia es parte de esa misma responsabilidad. Compartir información en redes sociales puede parecer un acto menor, pero cuando se trata de acusaciones contra personas identificables, cada reenvío contribuye a amplificar consecuencias que pueden ser irreversibles.

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