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  • Patricio Trivigno Arco

Afirmando la esperanza

Por Marcos Buvinic Domingo 14 de Junio del 2026

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En los tiempos que vivimos hay tantas y tan complejas situaciones —de todo tipo— que afectan la vida de las personas, de las sociedades y los países, del mundo entero, que en ocasiones pareciera que todo esto no tiene vuelta y que vamos caminando hacia un precipicio. De hecho, hay algunos que piensan que es así y ya tiraron la esponja en buscar que las cosas cambien; otros viven en su metro cuadrado, desconfiando de todo y de todos, buscando algo entretenido que hacer o coleccionar (dinero, poder, diversiones, todo tipo de artefactos, etc.) para pasar el tiempo y no enfrentar los problemas.

En una columna de hace un par de años escribía que “me ha impresionado, en el último tiempo, conversar con mucha gente que anda ‘des’; es decir, desilusionados, desanimados, desencantados, desalentados, decepcionados, desmotivados, desmoralizados, desengañados, descorazonados y defraudados. Gente buena y apoyadora que anda con las alas caídas, como que una pandemia de desesperanza los hubiese contagiado. Conversando con unos y otros, cada cual tiene sus motivos para andar medio abatido y con un gran déficit de esperanza”. Hoy parece lo mismo: un gran déficit de esperanza. Por cierto, un grupo humano, una sociedad o un país que vive sin esperanza es incapaz de buscar y construir algún futuro mejor. Cuando eso ocurre, todo se vuelve un intento de administrar el camino al precipicio, “cuesta abajo en la rodada”, como cantaba Gardel.

En este mundo convulsionado, esta semana me impresionó un soplo de aire fresco, una luz potente que ilumina sin encandilar, una voz serena que no le grita a nadie y habla con libertad, que escucha y dialoga ofreciendo una palabra lúcida que apela a las reservas de lo mejor que tenemos los seres humanos: apela a la conciencia, a la capacidad de conmovernos, a las mejores tradiciones de la convivencia humana, a los más verdaderos anhelos de bien que tenemos —a veces, bien en el fondo— todas las personas. Eso es lo que me ha pasado siguiendo las noticias y viendo las redes sociales que informan sobre el viaje del Papa León a España.

Resulta que el Papa León tiene un carisma de serena calma que permite poner las cosas en su lugar, y lo hace sin alzar la voz ni agitarse, y diciendo las verdades más verdaderas de un modo que, por lo menos, deja pensando aun a los más incrédulos y conmueve a los más duros. Eso es lo que ha pasado en su viaje a España. Si usted no ha tenido ocasión de ver o escuchar lo que allá ha sucedido, lo invito a que busque en internet o en redes sociales los videos de los diversos encuentros que ha tenido, con multitudes y con todo tipo de personas. Si, además, usted es un buen lector, busque en internet los discursos que León ha hecho estos días.

Me atrevo a sugerir la lectura (también se puede seguir el video en redes sociales) del discurso que hizo ante el Parlamento español el 8 de junio. Es un discurso en que explica, con sencilla lucidez, lo que significa la dignidad de la persona humana, y que la persona humana, especialmente los más maltratados, esté en el centro de una sociedad, de su política, su economía, su tecnología y sus leyes. Al final de su discurso fue aplaudido durante casi diez minutos por el Parlamento español en pleno. Un amigo abogado, que fue juez en varios lugares del país, me decía de esas palabras del Papa León: “Ese discurso excepcional debería ser obligatorio en las cátedras de derecho, y ni qué decir para los políticos”. Y seguía diciéndome: “Es un pacificador que dialoga desde el escuchar, reflexionar y concluir con el otro, pero a partir de su profunda, serena y decidida convicción interior. Y en esa convicción interior está su fuerza: Cristo. Su llegada es una bella esperanza para una humanidad desconcertada por el síndrome de la destrucción”.

Lo que el Papa León ha hecho en su viaje a España es, también, algo que todos podemos ir haciendo en nuestras vidas: afirmar la esperanza, la propia y la de los demás, de que es posible algo nuevo y mejor, y que está muy cerca de cada uno. Como decía el mismo León: “La esperanza no se sostiene solo con ideas o proyectos, sino también con la capacidad de amar, de conmoverse y de creer”.

Bueno, eso es algo que todos tenemos y que es necesario hacer relucir para afirmar la esperanza en estos tiempos convulsionados: capacidad de amar, de conmoverse y de creer. Son las mejores reservas que tiene nuestra magnífica humanidad para afirmar la esperanza de que es posible algo nuevo y mejor para todos.

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