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“Cinema Paradiso” y una historia personal del cine (3)

Domingo 21 de Junio del 2026

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“Cinema Paradiso” es la historia de un aclamado cineasta que, en su niñez, vivió la obsesión por el cine en un pequeño pueblo italiano de la Italia posterior a la Segunda Guerra Mundial, conflicto en el cual había muerto su padre. La sala “Cinema Paradiso” era el centro de la vida pueblerina; todo pasaba ahí, todo se “tejía” en ese espacio, ahí afloraban las pasiones diversas, las altas y las bajas: amorosas, políticas y religiosas, en un desbande alentado por la oscuridad. Salvatore (Totó), el niño protagonista, uno de más de la pandilla que fumaban en la primera fila, se encandila con la luz del proyector y sube a la caseta. Será el comienzo de una indisoluble amistad con Alfredo, el operador, una relación bastante estrecha: Totó hizo las veces del hijo que Alfredo no tuvo y este, la del padre que Totó ya no recordaba. Al igual que nuestro querido Politeama, la sala se incendia; las llamas alcanzan a Alfredo, que queda ciego. A poco andar es reinaugurada como “Nuovo Cinema Paradiso”, con el niño Totó como operador, hasta que en su juventud Alfredo lo alienta a partir, a buscar nuevos rumbos a Roma, a dejar todo para siempre; la nostalgia no sirve. Totó abandona el pueblo, el cine y a Elena, su novia. La película se inicia precisamente a treinta años de esta partida, cuando la madre le avisa que Alfredo ha muerto; entonces Totó reconstruye mentalmente su historia, que es la trama del film. El retorno de Totó a su pueblo, por primera vez en treinta años, marca el final de la película. Vuelve para despedir a su amigo y recibe de la viuda la herencia material que le dejara Alfredo: todos los trozos de películas censurados por el cura del pueblo y que Alfredo cortaba de los rollos. Cuando Totó era niño se los pidió, Alfredo le dijo que se los entregaría cuando fuera grande. Todo lo anterior, según la versión de “Cinema Paradiso” que ganó el Óscar (versión editada de 120 minutos). En 2002 se conoció la “versión del director”, de 173 minutos, que incorpora los tramos “editados”, con diferencias en ciertos pasajes de la trama y en el final.

“Cinema Paradiso” nos lleva a esa infancia y juventud patagónica a la que ya hemos hecho referencia. Cuando aludimos a que todo “se tejía” en el cine, recordamos el Gran Palace (algo ya dijimos de su matinée de los sábados). La vermouth y noche del domingo tenían su propia dinámica; había que ir viernes o sábado a comprar las entradas. El Palace los domingos era un evento social, la película pasaba a segundo plano: era la ocasión para juntarse con las amigas y los amigos en el amplio foyer, para debutar en público con la novia o el novio, para ver a la chica o el chico que te gustaba. A la vermouth ya se iba con doce años, en el caso de los “agrandados”, y hasta los catorce o quince aproximadamente, en tanto la función noche era de quince hacia arriba. ¡Qué recuerdos!, con las mejores “pintas” para la ocasión y dejando la estela con la carga de perfume.

¡Ah, y el Politeama! Nuestro viejo y querido Politeama, popular, de esas primeras idas al cine “solos”: la patota de la calle Manuel Rodríguez de la Población Fitz-Roy en pleno; promediábamos los once años y en platea alta, con los pies afirmados en la butaca de adelante, ¡eso era vida! y ¡esos son recuerdos! Éramos dueños del mundo, la “magia” del cine de la pantalla a la butaca: aplaudíamos a los “buenos”, como si estos nos escucharan, y en el “The End” también batíamos palmas. Se prendían las luces y, aun así, la magia continuaba: cuál de todos era “el jovencito de la película” y volvíamos a la Fitz-Roy transformados en Django, James Bond o Harry el Sucio.

“Cinema Paradiso” nos llegó al corazón, es una lección de nostalgia, afectos, amor filial, amor trunco, lealtades, esperanzas, y su crítica social y condena a la doble moral nos sacudieron la conciencia.

En el plano meramente técnico denota una factura impecable: aspectos tales como ambientación, locaciones y la música —en especial, la música de Ennio Morricone— logran una mixtura del mejor nivel. En perspectiva, marca un resurgimiento del cine italiano tras una década perdida, luego de títulos como “Nos habíamos amado tanto”, “Feos, sucios y malos” o “Pasqualino siete bellezas”.

Pero, por sobre todas las cosas, “Cinema Paradiso” es un homenaje al cine en su doble dimensión: como arte propiamente tal y como el acto de “ir al cine”. En cuanto a la experiencia personal, refuerza nuestro convencimiento de que “ir al cine” y “salir del cine” no es lo mismo que “ver una película”.

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