El ingeniero comercial magallánico que preside la Fundación Iberoamericana de DD.HH. de las Personas Mayores y que dio un giro a la administración del Eleam
- Volvió a Punta Arenas en 2023 después de casi 30 años en Santiago y hoy preside la Fundación Iberoamericana de Derechos Humanos de las Personas Mayores, que administra el Eleam de Punta Arenas, el más antiguo y conflictivo del país.
Por María Pastora Sandoval
Michel Toledo Ortiz tiene 46 años, pero se ve de menor edad. Su juventud no haría pensar, a simple vista, que su propósito en la vida es mejorar la calidad de vida de los adultos mayores. Durante la entrevista, con algunos hitos que relata, se emociona, lo que delata su gran sensibilidad. Su llegada a trabajar con personas de la tercera edad fue casual, pero desde niño ha sentido que tiene que hacer algo por los demás.
Nació en Punta Arenas, hijo de Humberto y Nidia, y tiene dos hermanas, Jacqueline y Nicole. Se fue al norte a los 16 años, cuando terminó primero medio en el Don Bosco, con la sensación de que en la ciudad de entonces no tenía suficiente espacio para desarrollarse. Luego de unas vacaciones de verano no volvió, se quedó en Santiago con su abuela, terminó la enseñanza media allá y estudió Técnico en Administración de Empresas, carrera que luego convalidó para estudiar Ingeniería Comercial. En 2023, volvió a Magallanes junto a su esposa Carolina Martín Cordero y sus tres hijos Isidora, de 15, Arnau, de 6 y Biel, de 4 años. A su señora, que es española, la conoció en una conferencia sobre personas mayores en Bilbao. A su regreso, Punta Arenas era radicalmente distinta a la que había dejado: más moderna, más conectada, con una oferta cultural y deportiva permanente. “Magallanes es hoy una ciudad ultramoderna”, dice.
La vocación social viene de la infancia. Vivía en la Avenida Frei, en una época en que era sólo una delgada calle con una pista por cada sentido, y recuerda haber encabezado, siendo niño, una solicitud formal al encargado regional de la Juventud para que les construyeran un espacio donde jugar a la pelota. “Siempre andaba metido en estos temas, tratando de gestionar intereses para grupos particulares”, señala. En Santiago siguió en esa línea: organizaciones de jóvenes, emprendimiento, voluntariado. Llegó incluso a ser parte de los fundadores del Partido Político Chile Primero y del movimiento Atina Chile.
El abuelo de su amigo
Su llegada al mundo de los adultos mayores tiene un origen preciso. Michel vivía lejos de la universidad, casi tenía que cruzar Santiago, y muchas noches, al salir tarde de clases en horario vespertino, se quedaba en casa de un amigo, que vivía con su abuelo. El veterano tenía una personalidad muy especial y lo echaba con humor, lo retaba, le hacía entender que, para él, ya era un exceso que fuera tan frecuentemente a su casa. Pero con el tiempo, Francisco Iturriaga se enteró de que Michel participaba en política y organizaciones sociales y lo invitó a almorzar, una convocatoria incluso sospechosa para el joven, porque el abuelo nunca mostró cercanía hacia él. Resultó ser presidente de la Unión Nacional de Pensionados de Chile y tenía una idea: armar un partido político de los adultos mayores. “Fuimos dos almas que coincidieron perfectamente”, recuerda Michel. Durante casi dos años recorrieron regiones recolectando firmas, se reunieron con candidatos presidenciales de la época, entre ellos Sebastián Piñera y Marco Enríquez-Ominami. El partido no prosperó, pero de ese fracaso nació algo más duradero.
Sentados en el living de “Pancho” analizando el fracaso del partido, concluyeron que necesitaban una institución que convocara sin el rechazo que generaba la política. Crearon la Fundación del Adulto Mayor Clotario Blest, en honor al fundador de la Central Unitaria de Trabajadores (Cut), la Agrupación Nacional de Empleados Fiscales (Anef) y de la Unión Nacional de Pensionados. Con los años sumaron como presidente al diputado David Sandoval (quien luego fue senador y creó la primera comisión especial de personas mayores en la Cámara), y a figuras del mundo académico, de la geriatría y de la administración pública. El hito más significativo fue liderar el proceso para la ratificación, por parte del Estado chileno, de la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, en 2017. “Está en el acta del Senado el reconocimiento de que nuestra Fundación lideró este proceso”, dice. De ahí en adelante, Michel inició una nueva etapa, donde comenzó a gestar la Fundación Derechos Mayores, que evolucionó a la Fundación Iberoamericana de Derechos Humanos de las Personas Mayores.
El desafío del Eleam
El regreso a Punta Arenas en 2023 fue también una decisión estratégica para la Fundación: desarrollar una mirada local del envejecimiento desde una región extrema. Fue en ese contexto que les llegó la propuesta de hacerse cargo del Establecimiento de Larga Estadía para Adultos Mayores (Eleam) de la ciudad, el más antiguo del país y con una historia de conflictos con operadores anteriores. La decisión implicó cuatro meses de deliberación en el directorio. La organización no prestaba servicios directos: su ámbito era la incidencia política. “Yo sufro mucho con eso”, admite Michel. “Me cuesta relacionarme con la gente mayor porque si no logro solucionar ese problema, me afecta”. Pero la situación era grave: los residentes pesaban en promedio 42 kilos. Ante tal realidad, aceptaron.
Lo que Michel no esperaba era que el mayor desafío no serían los residentes, sino el equipo de trabajo. Cuidadores que llevaban meses sin sueldo ni cotizaciones, en incertidumbre permanente, emocionalmente afectados. “Si hay una característica que tiene el cuidador es que el trabajo lo hace con amor”, dice. “Para limpiar a una persona que no conoces tiene que haber algo más allá. Una entrega personal que no cualquiera lo hace. Y por muy poco dinero”. La prioridad fue estabilizar al grupo de trabajadores, entregarles seguridad y capacitarlos. Lo segundo fue la alimentación: suplementos, preparaciones específicas, proteínas. En el primer mes, la cocinera les dijo que hacía más de seis meses que no veían carne en el establecimiento, sólo vienesas. Hoy los residentes tienen preparaciones ricas y variadas. Los proveedores, que se negaban a vender porque el Eleam les debía a todos, también fueron reconquistados de a poco. El nuevo desafío es mejorar la infraestructura del recinto.
Hay un residente que Michel nombra con especial afecto: Víctor. Cuando llegó al Eleam tenía problemas de movilidad y apenas podía hablar y lo convirtió informalmente en su acompañante de inspecciones. A los cuatro meses, gracias al trabajo del equipo de kinesiología, el residente comenzó a moverse solo de su silla de ruedas a un sillón. Un día, lo encontró en el sillón y le preguntó cómo estaba. “Señor, qué gusto de verlo”, le respondió, con una voz que Michel no le había escuchado antes. “Me fui para atrás”, recuerda. Víctor falleció el año pasado. “Para mí eso es todo”, dice Michel. “Cambiarle la vida a las personas. Hacérsela un poquito mejor”.
Michel Toledo divide su vida en tres: la familia, el trabajo que le da sustento, y la Fundación, que es lo que le da sentido. “Mi vida no está completa si no estoy entregando un servicio a la sociedad”, sostiene. Podría vivir tranquilo, ganando bien, sin “meterse en problemas”. Pero cuando le dijeron que el Eleam de Punta Arenas era “el cacho más grande” de todos esos establecimientos de este tipo de Chile, sintió más motivación, y no menos: “Los problemas de la vejez no son de las personas mayores”, declara. “Son un problema de todos. Y mientras no entendamos eso va a ser difícil desarrollar políticas concretas”.




