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Rosalinda Aguilera Oyarzún: una vida de trabajo entre la nostalgia de Cofrima y la tradición del Lomito’s

Domingo 28 de Junio del 2026

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  •   Tiene casi 77 años y lleva 59 trabajando. Primero 22 años en Cofrima, donde fue jefa de cajas. Después, 37 años como administradora del Lomito’s, el local que su jefe y amigo de toda la vida abrió en Punta Arenas. Jubilada en los papeles, no para de trabajar.

Rosalinda Aguilera Oyarzún nació y se crió en Magallanes, hija de Mario Angel Aguilera Jaque y de Berta Oyarzún, dueña de casa fallecida a los 40 años de un aneurisma aórtico mientras pescaba con su marido. Fue repentino: estaba cargando los salmones que habían sacado ese día y de pronto ya no pudo más. Rosalinda tenía 14 años y estaba en Punta Arenas cuando ocurrió, volviendo de clases. Estudiaba en la capital regional pero sus padres vivían en el sector Morro Chico, a mitad de camino a Puerto Natales. Fue un 2 de noviembre, Día de los Difuntos. El día anterior, festivo, fue a ver a su familia y su madre le había dicho que no se fuera, que se quedara. Rosalinda tenía examen de dactilografía y se fue igual para ser responsable con sus compromisos, tal como hasta hoy. Esa fue la última vez que la vio. Al recordarlo, le brillan los ojos un instante. Antes de morir, su madre le dejó un consejo que ella repite siempre: estudia para que no tengas que depender de nadie. Lo cumplió. A casi 77 años, con prótesis en la columna, la cadera y el fémur, sigue llegando todos los días a las 8,45 al Lomito’s, el local que administra hace 37 años en calle José Menéndez, en pleno centro de Punta Arenas. “Mis clientes son lo máximo”, admite.

Su padre fue carabinero integrante del cuadro verde que escoltaba al Presidente en Santiago. Lo destinaron a Punta Arenas, a la Primera Comisaría, y después a Morro Chico. Fue merecedor de la medalla de oro de la institución. Rosalinda lo visitaba en los cuarteles, lo veía con sus caballos, aún siente orgullo. Cuando habla de él, se emociona. “Llevo un legado muy lindo de él. Es lo más hermoso que llevo en toda mi vida”, dice. Ese legado es el de la responsabilidad y el trabajo: su padre le enseñó que si uno trabaja, tiene que pagar sus cuentas, cumplir con sus obligaciones. También le enseñó a cantar: en la familia se cantaba, se bailaba, se celebraba. De esa raíz viene la soprano que fue y la aficionada a la música que sigue siendo. Eso mismo le transmitió a sus dos hijos, Patricia, psicóloga, y Guillermo Javier, abogado, que son también su orgullo.

22 años en Cofrima

Quiso ser profesora y estaba lista para estudiar en la Escuela Normal de Ancud, pero no la dejaron irse. La vocación pedagógica la canalizó de otra manera: cuando la Compañía Frigorífica de Magallanes, Cofrima, la contrató como jefa de cajas, comenzó a enseñar a otros a usar las máquinas registradoras. Conocía todos los artículos, sabía los procedimientos de memoria, finalmente, cumplió su sueño de dar clases en La Araucana para quienes querían aprender. Estuvo en la desaparecida cadena de supermercados 22 años y vivió toda su expansión: el local número 1 funcionaba en calle Lautaro Navarro, donde también se vendían los corderos en el patio y se formaban filas impresionantes; luego el de Avenida España, después el de la calle Chiloé entre Menéndez y Colón, y finalmente la Gran Siete en el barrio 18 de Septiembre. En cada apertura estaba ella. Era jefa de cajas, pero ayudaba en varias tareas, entre ellas a coordinar los inventarios del día 30 que terminaban en salida grupal a comer. Todos sumaban más de 100 empleados. “Eramos todos como familia, del jefe hasta el último”, recuerda, y al decirlo se le nota el cariño por esa época. La despidieron junto a los otros colaboradores antiguos cuando llegó un nuevo gerente que prefería contratar gente más joven y más barata. Ella fue la última en irse.

El Lomit’s y la O que faltaba

Don Abelardo Pérez era cliente de Cofrima y siempre le decía a Rosalinda que cuando abriera un negocio, la llevaría a trabajar con él. Lo cumplió. El 30 de agosto, hace 37 años, abrió Lomito’s. Pusieron las mesas entre los dos, colocaron el aviso en el diario pidiendo sandwichero, garzona y piletero, y cuando llegaron los primeros postulantes, don Abelardo le delegó a Rosalinda las entrevistas. Esa misma noche, su jefe le hizo firmar un poder amplio para que pudiera manejar chequera, cuentas y todo lo que fuera necesario. Ella al principio se resistió. “Eso yo no se lo daría ni a un familiar”, le dijo. El insistió. Al final firmó. Y lo honró siempre.

Hay otro detalle del local que Rosalinda cuenta, para aclarar que el negocio nunca ha cambiado de nombre: para ahorrar, las primeras letras del letrero exterior las pusieron sin la “O”. Decía Lomit’s, no Lomito’s. En esa época, cada letra costaba cara, y la O se consideró prescindible para un emprendimiento que había hecho muchas inversiones para comenzar a funcionar.

Su marido, Luis Guillermo Soto Ulloa, fue quien construyó el local con sus propias manos: la fachada, el bar, absolutamente todo. Era contratista en pintura y carpintería, y trabajaba de noche para que el local estuviera listo. También era bueno para el dibujo, para hacer retratos, para las artes manuales. Sus nietas heredaron ese talento. Un 11 de agosto sufrió un accidente grave, una caída desde una casa en Maipú, y quedó postrado durante casi siete años. La familia lo cuidó en casa, con enfermera. “Lo cuidamos mejor que en el hospital”, dice Rosalinda, con la misma convicción con la que hace todo. Falleció hace once años.

Cuando alguien le pregunta si no quiso poner su propio negocio, la respuesta es siempre la misma: un rotundo “no”. Tuvo muchas ofertas a lo largo de los años, pero no quiso ser desleal a sus dos jefes. “Nunca lo quise hacer para no faltarle a mis dos jefes que tuve”, dice. Hoy don Abelardo ya no está, y Rosalinda sigue en el local para ayudar a quien quedó a cargo: su sobrina Claudia Pinilla Pérez.

La soprano

Hay una dimensión de Rosalinda que el trabajo no agota. Le gusta la música con una intensidad que asombra: cuando suena algo, pide que nadie hable. “Me concentro en la música. No encuentro ninguna canción que sea fea”, dice. Bolero, cumbia, nueva ola, todo le gusta. Estuvo en el coro como soprano, imitaba a Palmenia Pizarro, a Gloria Benavides, a Cecilia. Cantaba para su yerno, para sus hijos, para sus padres. Hoy todavía canta algunas canciones con su hijo. Una laringitis crónica le afectó la voz y tuvo que dejar el coro.

“El día domingo lo tenemos sagrado”, explica que toda la familia, hijos, cónyuges y nietos, se reúne sin falta cada semana, donde las melodías abundan y por lo que también recuerda que fue campeona de baile: junto a su hermano sacaba los primeros lugares en el gimnasio cubierto donde ahora está el casino, en twist y rock and roll.

Hace pocos años, sus hijos la sorprendieron: la llevaron a Buenos Aires. Le compraron los pasajes sin avisarle, porque siempre prioriza el trabajo y poco supo de vacaciones en su vida, porque en la temporada alta había que priorizar la mayor demanda. Hubo un viaje en auto que nunca pudo concretar en familia, cuando su marido vivía, y sus hijos quisieron que, al menos, pudiera disfrutar de un viaje.

Cuando mira hacia atrás, no se arrepiente de nada. “Lo que he hecho me ha gustado”, dice. Siempre le inculcó a sus hijos tres cosas: buena base, actitud mental positiva y vocación. “Todo te va a salir bien”, les decía. Por ejemplo, a Guillermo, cuando era niño y no podía lograr hacer un dibujo para el colegio, lo mandó a hacerlo solo en vez de hacérselo ella. El sacó el primer lugar. Los profesores no le creyeron y lo mandaron a una sala a reproducirlo. Lo hizo. Con esa convicción que la caracteriza y que ha transmitido a nuevas generaciones, Rosalinda está jubilada en los papeles, pero no en los hechos. Cada vez que fijó una fecha para retirarse, algo la retuvo. “¿Cómo voy a dejar a mis jefes?”, pregunta, como si la respuesta fuera obvia. Y con casi 77 años, que se enorgullece de declarar, como también sus 59 de trabajo, sigue siendo la administradora del Lomito’s incluso atendiendo distintos requerimientos mientras se desarrollaba esta entrevista.

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