Necrológicas

Psicología del coleccionista: mucho más que acumular, atesorar

Por Eduardo Pino Viernes 10 de Julio del 2026

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La aparición del álbum del Mundial (tanto el oficial como otros) cada cuatro años es algo esperado ansiosamente por niños y jóvenes, aunque en la actualidad el fenómeno ha presentado características que llaman la atención y lo diferencian de otras citas mundialistas.

Parece que el monopolio destinado a que los más chicos de la casa sean los consumidores de los cromos, obviamente con el gentil auspicio de sus padres, ya es no tal, pues cada vez vemos más adultos entusiasmados en sus propias colecciones, incluso acudiendo masivamente a este nuevo fenómeno social-comercial denominado “cambiatones”. A pesar que nuestro país quedó tempranamente eliminado de la, probablemente, más fácil clasificatoria de la historia debido a la gran cantidad de cupos, hemos sido testigos de la moda “Panini” con filas de personas esperando adquirir codiciados sobres cuyo stock se ha debido reponer varias veces. El elevado precio de las figuritas no ha sido impedimento para que, incluso, desde el otro lado de la cordillera se lleven cajas del preciado material para repartir (revender) en el actual país campeón.

Redes sociales se inundan con motivados coleccionistas que intercambian, venden o compran sus repetidas, con la esperanza de encontrar las faltantes más codiciadas, especialmente si corresponden a ídolos mediáticos. Mención aparte merece el incidente de hace unas semanas en Estación Central, donde un hombre que ofrecía cajas con láminas fue asaltado tras concertar un encuentro por medio de redes sociales. Los supuestos compradores le dispararon en reiteradas ocasiones para que entregara el botín, pero aún así, el arriesgado vendedor logró abrir el maletero de los asaltantes y recuperar la mercancía antes que los delincuentes emprendieran la huida. Lo más dramático y surrealista de la escena es que a pesar de clamar a gritos que no le disparan pues corría riesgo su hijo menor de edad, no dudó en defender los cromos, lo que fue criticado por las redes respecto a sus prioridades. Esas cajas se evaluaron en más de dos millones de pesos, pero el trauma de ese niño y el susto de la familia no tiene valor. En otro caso, ayer se incautó desde el maletero de un auto de alta gama un cargamento de 500.000 láminas y 300 álbumes del Mundial, presuntamente falsificados, cuyo valor se estima en 93 millones de pesos. Se ratifica una premisa universal: donde hay demanda, habrá delito.

En varios análisis se ha mostrado que, si alguien tuviese la casi inexistente probabilidad de completar el álbum sólo comprando sobres, el piso del gasto sería $180.000 aproximadamente. Estimaciones más realistas hablan de unos $450.000, aunque sin asegurar nada. Esta versión considera 980 láminas, por lo que el negocio resulta más lucrativo que las 670 de la versión anterior en Qatar. Aunque los voceros de Panini (editorial que desde 1970 posee el monopolio oficial de la Fifa en este tipo de colecciones, aunque sólo hasta el próximo Mundial del 2030) dicen que todas las láminas se imprimen en iguales cantidades, los atribulados forofos parecieran buscar con ahínco escasos Messis o Cristianos, para encontrar desconocidos representantes africanos, asiáticos o caribeños. De todas maneras, resulta indudable haber encontrado una potente fórmula que estimula este consumo: integrar lo personal y social en una práctica que acarrea réditos económicos. Entre los aspectos personales se encuentra la expectación cada vez que se descubre lo que traerá ese sobre, siendo la sorpresa como experiencia psicológica y las descargas de dopamina a nivel neurológico lo que lleva a una acción que busca la recompensa. El que los adultos consuman una práctica que en el pasado se atribuía a cuando eran niños se relaciona con variables de tipo nostálgicas ya que, en un deporte tan masivo como el fútbol, los Mundiales marcan hitos en etapas de la vida de mucha gente, siendo referentes que llevan a recuerdos que con el paso del tiempo son cada vez más atesorados. A nivel social la necesidad de formar parte de algo que está en las conversaciones masivas generalmente atrae a quienes no forman parte de este nicho permanente de aficionados. El marketing es algo muy bien diseñado pues, aunque alguien no desee involucrarse estará permanentemente expuesto a noticias, informaciones, publicidad e interacción de personas cercanas que viralizarán no sólo los resultados, si no las dinámicas que rodean este gran espectáculo. Aunque muchas modas poseen hábitats específicos, el fútbol pareciera estar abierto a todos y todas, sin importar raza, cultura o nivel socioeconómico, por lo que alentar a una selección e incluso vestir su camiseta, aunque sea de otro país, pareciera ser un ritual aclanador e identitario que integra comunitariamente. En este contexto es que los álbumes de un Mundial se convierten en un pasaporte actual para ingresar y pertenecer a un fenómeno colectivo, para en el futuro transformarse en objetos de culto que provocarán nostalgia, incluso intergeneracional.

Lo que para algunos es buscar, conseguir y almacenar, en la psicología del coleccionista se transforma simbólicamente en cazar, conquistar y atesorar. No importa el objeto, lo relevante es su significado personal; el valor monetario pasa a segundo plano, lo destacable es que se tuvo la capacidad de conseguirlo; no se considera cuanto se ha acumulado, si no las evocaciones de cuando se obtuvo. Desde simbolismos psicoanalíticos de fijaciones retentivas, hasta sistemas de condicionamientos, cuidando no caer en obsesiones e incluso trastornos acumuladores de mayor gravedad; lo cierto es que todos tenemos algo de coleccionistas o, por lo menos, la potencialidad de entrar en dinámicas que superan la lógica de lo pragmáticamente conveniente, en un fenómeno complejo e interesante de analizar, pero a la vez tan simple como sonreír cada vez que se pega una lámina.

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