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El cuerpo humano como valor y problema

Por Marcos Buvinic Domingo 12 de Julio del 2026

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En medio del silencio social sobre el aumento de los suicidios en nuestra región, quisiera invitarlos a reflexionar sobre nuestra corporalidad. A nadie se le ocurriría cuestionar la importancia del cuerpo humano, pues sin cuerpo no hay persona: somos cuerpo y tenemos cuerpo. El cuerpo es nuestro modo de existir desde el nacimiento hasta la muerte. La corporalidad es la razón por la que, desde la antigüedad, el ser humano es definido con el sustantivo “animal”, aplicándosele diversos adjetivos: “animal racional”, “animal sintiente”, “animal simbólico”, “animal religioso”, “animal político”, etc. Así, en palabras del filósofo español Xavier Zubiri, el ser humano es un animal que trasciende su propia animalidad.

El cuerpo humano, siendo el mismo, no siempre ha significado lo mismo. El sentido y la valoración del cuerpo han sido diversos a lo largo de la historia, y podemos ir desde Platón y su idea del cuerpo como “cárcel del alma” hasta la pegajosa canción “Dale alegría a tu cuerpo, Macarena”. Pareciera que hoy la cuestión no se centra tanto en el valor del cuerpo, sino en qué cuerpo deseamos.

Uno de los “dioses” de la cultura actual es la estética corporal; para muchos, la apariencia es un valor superior y, así, nuestra cultura invita más a cultivar lo exterior que la interioridad. Pero, a pesar del culto a la apariencia, nuestra cultura no es insensible a lo que decía Saint-Exupéry en El Principito: “No se ve bien sino con el corazón, pues lo esencial es invisible a los ojos”.

Para muchas personas es una necesidad primordial mostrar dinamismo, belleza, estado atlético, juventud, ser atractivo y sexy, rico y a la moda. Quienes gozan de lo que se considera “buena presencia” tienen mayores posibilidades laborales y de aceptación social. Para muchos, el valor de la belleza corporal se impone con tal fuerza sobre otros valores que dificulta o impide el desarrollo armónico de la persona; así, algunos hablan de una “tiranía de la belleza”. Por su parte, la vejez —antes sinónimo de experiencia, autoridad y sabiduría— ha perdido su valor y se vuelve casi una desgracia.

En este universo mental, que considera el cuerpo como un súper valor, la vestimenta es un asunto fundamental. El modo de vestir es una forma de relación humana, de diferenciación individual y de distinción social, y todos los estilos y materiales pueden ser legitimados por la moda: desaliñado y deshilachado, usado y gastado, las imágenes en las camisetas, la combinación estridente de colores o la negación de ellos con la ropa negra, etc. Todo eso es parte de la vestimenta juvenil y de algunos no tan jóvenes, pero que quieren parecerlo con el “look mendigo”.

También, cuando el cuerpo no se ajusta a los modelos vigentes, los avances de la ciencia se ponen a su servicio. Entonces, se trata de corregir la obra de la naturaleza, de vencer las huellas del paso de los años, de sustituir el cuerpo recibido por un cuerpo construido, y la cirugía ofrece resultados rápidos: láser, trasplantes de órganos, implantes y prótesis de todo tipo, injertos, etc., ofreciendo un cuerpo a gusto del consumidor. Por su parte, la publicidad y las redes sociales contribuyen a presentar a la persona según esta lógica y estética hedonista y narcisista, en la que la apariencia vale más que el ser.

En la formación humana todos los valores son importantes, pero no todos valen lo mismo; unos son imprescindibles y urgentes y otros son necesarios o convenientes. Cuando hay que renunciar a un valor para realizar otros, nunca podemos sacrificar el valor superior, pues ello nos impide alcanzar el valor más alto. Entonces, el desarrollo corporal ha de realizarse de modo ordenado y armónico, atendiendo a todas las dimensiones del ser humano. Así, como propuso Max Scheler, es posible construir una escala jerárquica desde los valores biológicos o corporales hasta los más altos valores espirituales, cuyos peldaños intermedios son los valores intelectuales, morales y estéticos.

El problema es que la sobrevaloración estética del cuerpo puede conducir al colapso personal, cuyo nivel patológico son la anorexia y la bulimia, que coinciden en el rechazo e insatisfacción del propio cuerpo. Así, la imagen social y culturalmente tan valorada del cuerpo hace necesario mortificarlo para que, estéticamente, sea lo que socialmente debe ser, llegando a la anomalía, carente de racionalidad, de destruir el cuerpo biológico a costa de construir un cuerpo estético.

Sin duda, es un asunto complejo que daría para mucho más. En él se pone de manifiesto que el cuidado del cuerpo, iluminado desde valores racionales y espirituales, es una exigencia del desarrollo humano, pero el déficit personal y cultural de valores espirituales hace que el cuidado del cuerpo se vuelva un asunto de simple exterioridad estética e, incluso, en fuente de frustraciones.

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