Recordando al escritor chileno Carlos Droguett
La novela se impuso entre doscientas cincuenta obras en un concurso internacional y obtuvo el premio de la Editorial Seix Barral de Barcelona en España, que la publicó en septiembre de 1960. El jurado fundamentó su elección señalando:
“Eloy es una prieta narración, en la que, durante la larga noche de espera que precede a su muerte, el protagonista, acorralado primero por sus enemigos en una solitaria choza, y herido repetidamente después, revive su historia trenzada de primitivismo, ternura y brutalidad”.
Aunque “Eloy” fue recibido con frialdad por la crítica literaria chilena, se sucedieron las reediciones en Argentina y en Cuba; y luego, las traducciones al francés, italiano, alemán, polaco, checo, danés, holandés y portugués; incluso, la página literaria del diario “La Nación” de Buenos Aires llegó a considerar la novela como una de las tres mejores de la década del sesenta.
Con “Eloy” se verifica una característica esencial de la narrativa de Droguett: la preocupación del autor por desentrañar hechos de sangre, por medio del estudio de personajes marginales y de grandes tragedias colectivas recreados desde la ficción, con gran verosimilitud histórica. Por el tiempo en que preparaba su tesis para conseguir el título de abogado, que inicialmente se iba a llamar “Ideas sociales en Chile durante la Colonia”, tuvo acceso a la lectura de cartas, documentos y resoluciones escritas y/o firmadas por connotados teólogos, que revelaban aspectos desconocidos de la última posesión del imperio español en el mundo. Destacan, en este sentido, la revisión del célebre tratado “Gobierno eclesiástico pacífico, y unión de los dos cuchillos, pontificio y regio” (1656) del obispo agustino “Gaspar de Villarroel (1587-1665); y los textos, “Los orígenes de la iglesia chilena” (1873) e “Historia de Chile sin gobernador” (1912) del dominico Crescente Errázuriz Valdivieso (1839-1931).
Cristianismo primitivo
La lectura de esos libros, convencieron a Droguett de recuperar las figuras de algunos capitanes españoles caídos en desgracia, pero, además, se incubó en él, la idea de que la historia de Chile ha sido deformada de manera permanente por intereses políticos, económicos y religiosos. En esta interpretación, ubicaba también, su opinión con los críticos literarios que ensalzaban y sobredimensionaban a ciertos escritores por amiguismo o bien, por intereses personales. Algunas de estas apreciaciones están contenidas en la introducción de “Los asesinados del Seguro Obrero” e indican la obsesión del escritor por aquellos temas que la historia en su opinión, evita contar:
“No es esto todo, no es toda la sangre. San Gregorio, Lago Buenos Aires, La Coruña, Ranquil, las federaciones obreras, las huelgas de Iquique, de Valparaíso, son manchas enormes de sangre, mapas de sangre en nuestra geografía que no se estudia, en nuestra historia que no se escribe, la única historia que, después, va quedando no ha habido manos para preocuparse de ellas, ha habido para estarlas borrando, arrodilladas las manos, pero no ha habido con tinta de libro para restaurarle su rojo. Sólo el discurso político en el día electoral las coge cada año, para colgarlas cada año. Como digo continúa la sangre en nuestra historia”.
Antonio Avaria, un estudioso reconocido de la obra de Droguett solía comparar algunos capítulos de las principales novelas del autor con ciertos pasajes bíblicos, en donde el protagonista ocasional, reflejaba en algunas escenas el comportamiento previo de Cristo antes de la crucifixión. El propio Droguett señalaba al respecto, en su libro de crónicas “Escrito en el aire” de 1972, que “Si hay un tema único en todo lo que he escrito, es la figura de Cristo, pero no el Cristo hechura y factura de los sastres y los doctores de la ley”. Esta idea, como veremos, es recurrente cuando los personajes principales invocan en momentos de gran tensión, al ‘hijo de Dios’.
En una clínica supo Droguett sobre la historia de un obrero que se encomendaba y prometía a San Judas Tadeo que dejaría el alcohol si conseguía que su mujer, quien lo había engañado, volviera con él. El autor volcó la anécdota en la aclamada novela “El compadre” (1967) repleta de alusiones y alegorías bíblicas, donde cada capítulo va acompañado de la cita de uno de los cuatro evangelistas. En una escena, muestra a un compungido Ramón Neira, -carpintero que vive la mayor parte del día trabajando en los andamios, en los maderos en forma de Cruz, y que el tiempo restante, lo complementa bebiendo vino-, cuando recuerda a Cristo:
“Debiera hacerse crucificar cada cien años para que el mundo sepa que todo eso era verdadero y no piense en Él como en un artista que murió martirizado en el tercer acto, pero que después bajó a la calle por la puerta del foro y desde entonces está sentado a la diestra de su empresario”.
En sus novelas históricas, por ejemplo, Carlos Droguett reivindica la figura del anti héroe. En “100 gotas de sangre y 200 de sudor” publicada por editorial Zigzag en 1961, recrea la compleja relación entre españoles e indígenas y recupera la figura olvidada del adelantado Pedro Sancho de la Hoz, quien se ve envuelto en una sórdida red de ‘conjuras y entredichos’, fraguada según Droguett por el mismo gobernador del territorio, el capitán Pedro de Valdivia. Acusado y calumniado, fue condenado a muerte y decapitado por orden de Francisco Villagra en 1547, cuando el gobernador titular se hallaba en Perú consiguiendo refuerzos para continuar el avance de los españoles al sur.
Sancho de la Hoz es un nombre que importa a los magallánicos, toda vez que el 24 de enero de 1539 fue creada por el rey Carlos I la gobernación de la Terra Australis, encomendando a este militar español la exploración de los territorios ubicados al sur del estrecho de Magallanes, en momentos en que todavía existía la creencia de que la Tierra del Fuego estaba unida con la Antártica. De hecho, se reconoce como efeméride regional, al 29 de septiembre de 1554 fecha en que se produjo la incorporación de la Patagonia a la jurisdicción de la Provincia de la Nueva Extremadura o Chile.
“Supay el cristiano” es en cierto modo, la continuación de la obra anterior. Editada también por Zigzag en 1966, la novela rescata el episodio conocido como ‘destrucción de Santiago’, a cargo de los indígenas comandados por Michimalonco, el 11 de septiembre de 1541. Por sus páginas, resurgen los nombres de Pedro Valdivia, Alonso de Monroy, Inés de Suárez y de Supay, el indígena protagonista de la historia, que muere ajusticiado sin saber por qué se le condena.
Mientras que, en “El hombre que trasladaba las ciudades”, publicado en España en 1973, rememoraba la aventura de Juan Núñez de Prado, militar español que debió huir en varias oportunidades con todos sus soldados, equipamientos y municiones, para evitar que las nuevas poblaciones que el rey le había mandado a fundar, cayeran en manos de Pedro de Valdivia y sus secuaces. Esta extensa novela, fue reeditada en 2017 por el sello “La Pollera ediciones”.
El estilo
A menudo encontramos lectores de las obras de Droguett que se quejan de las frases largas, a veces interminables, la falta de puntuación y los comentarios que van apareciendo intercalados con ideas sueltas, que sólo al final de un párrafo muy extenso, parece que concordara con el encabezado inicial.
Alfonso Calderón, Premio Nacional de Literatura de 1998 recordaba en un artículo sobre el autor que uno de los aspectos más sobresalientes de su producción era la fidelidad a sí mismo lo que se reflejaba desde la publicación del cuento “La pared” en 1933. En este sentido, el lector advierte de entrada, que los personajes se hallan siempre en una dimensión de su mundo interior. Desde esta perspectiva, Droguett evita una modalidad retórica prefiriendo el contacto afiebrado de las criaturas con el mundo exterior.
Para justificar su punto de vista, Calderón cita una entrevista con el autor de “Sesenta muertos en la escalera”, quien le confesó que la versión definitiva de “Eloy” la realizó en una semana, y “Patas de perro” en un mes, durante unas vacaciones. Solía decir que las palabras parecían interponerse entre sus personajes y él, suprimiendo torrencialmente puntos, comas, explicaciones obvias, descripciones inútiles, acercándolas en bloque a su terror. Que era como un ciego debatiéndose entre las alambradas de púa del idioma, entre manos, ojos, pies, bocas, pautas, preceptos, camisas que quieren incorporarlo o hundirlo, pugnando por salir, o más bien, por acercarlo a sus personajes. “Mi ideal sería llegar a escribir como respiro, con la extrema sencillez que lo hace esa estupenda improvisadora que es la vida”.
En 1967 Zigzag publicó la primera selección de narraciones breves del Premio Nacional de 1970 con el título de “Los mejores cuentos de Carlos Droguett” que reunía los relatos, “Infancia” (1935), “Europa no existe” (1935), “Un muerto en el atardecer” (1952), “Los asesinados del Seguro Obrero” (1940), “Lejos” (1940), “Magallanes” (1955), “La noche del jueves” (1962), y “El medio pollo” (1962).
Al año siguiente, la editorial Sudamericana publicó en Argentina la novela “El hombre que había olvidado”, la que pese a ganar un primer lugar en un certamen organizado por la empresa Nadal de España, no pasó la censura del gobierno hispano de entonces.
Un poco antes, Droguett había publicado en 1965 “Patas de perro”, especie de obra autobiográfica, considerada por el autor como su libro predilecto, como reveló en una de sus últimas entrevistas brindadas desde su residencia en Europa a la Revista Punto Final en octubre de 1995, en la cual, señalaba que, en un principio, la novela recibió críticas hasta del gerente de la empresa editora, que aseguraba el fracaso del libro, porque la gente se iba a reír de la obra en la puerta de entrada de la imprenta. Cuando parecía que la novela estaba destinada al fracaso, apareció el comentario de Manuel Rojas (Hijo de ladrón) quien dijo que “Patas de perro” era la mejor novela publicada en Chile hasta ese momento. Fue el espaldarazo que necesitaba Droguett para tener el reconocimiento de los lectores chilenos. Con humildad reconoció que sentía una profunda admiración por Rojas, a quien consideraba como el más grande novelista chileno del siglo XX, pero que sólo ubicaba de lejos y lo envidiaba como el más apasionado de sus lectores. Casi de manera recíproca, en la revista Eva, Manuel Rojas advertía la dificultad que entrañaba la novela: “Hay que trabajar tanto como el autor para comprenderla”.
En “Patas de perro” se recogen muchos elementos de la infancia del escritor, sus amigos, los años en el Colegio San Agustín, y el recuerdo del padre Alfonso Escudero, con quien tuvo una relación difícil al principio, pero que con el correr del tiempo, se convirtió en su confidente más cercano, impulsando su posterior trabajo literario.
Ultimos años en Chile
En 1970 recibió dos importantes noticias. En el salón de honor de la Universidad de Chile le fue conferido el Premio Nacional de Literatura. Desde España, llegaba la noticia de que su novela “Todas esas muertes” lograba un primer premio en un concurso internacional auspiciado por la editorial Alfaguara.
Carlos Droguett llevó a la ficción las últimas horas del famoso asesino francés Emilio Dubois, quien perpetró una serie de crímenes en Santiago y Valparaíso contra personas de buena situación económica, pero que tenían delitos por estafas. Por esa razón, la figura de Dubois cautivó el sentimiento popular que vieron en él, a un nuevo Robin Hood.
Joaquín Edwards Bello escribió varias crónicas sobre aquel personaje asegurando que su gran anhelo era ejecutar el crimen perfecto, lo que se convirtió en su mayor frustración, cuando fue capturado. En prisión, lo sorprendió el terremoto de Valparaíso de 1906 y aunque contaba con el apoyo de otros presos, desistió escapar. Condenado a muerte por sus crímenes, fue fusilado el 26 de marzo de 1907.
Si bien, se conocen varias obras artísticas, audiovisuales y literarias que han mostrado distintos aspectos de la vida de Dubois, se identifica a la novela de Droguett como la que más se acerca, por la intensidad del relato y la combinación de elementos históricos, a generar un perfil psicológico de la compleja personalidad de este mítico asesino.
En 1971 se conocieron dos nuevos libros. En septiembre, apareció el volumen de cuentos “El cementerio de los elefantes”, texto que incluye los relatos, “La pared” (1933), “El desesperado” (1933), “La noche” (1933), “Isabel” (1934), “Forma de la crucifixión” (1935), “Se construye la cruz” (1936), “Vida de Pablo cuando era chico” (1936), y “¿Por qué se enfría la sopa?” (1932). En octubre, la Pontificia Universidad Católica de Chile y editorial Pomaire presentaron, “Después del diluvio”, que es un experimento literario, una novela breve dramatizada en donde se cuenta la historia de Noé, su mujer, y el hijo Cam, quienes interpelan a Dios, para solicitarle luz ante el dolor y la muerte.
Durante el periodo 1970-1973 fue subdirector del Instituto Chileno Cubano de Cultura, además de escribir reportajes para la revista de la orden jesuita, Mensaje. Este medio, publicó en su N°255 en diciembre de 1974, el último trabajo atribuido a Carlos Droguett en Chile, denominado, “Francisco Coloane, o la séptima parte visible”, donde el autor de “El último grumete de la Baquedano” reconoce que su inicio en la literatura se debió a la columna semanal que redactaba para El Magallanes a principios de los años treinta.
A comienzos de 1975 partió al exilio. Desde esa fecha, o quizá antes, su obra fue olvidada. Muchos escritores jóvenes ignoraron durante décadas, la existencia de un autor que escribía empleando técnicas propias de autores anglosajones y norteamericanos, en tiempos en que el debate literario se circunscribía entre las generaciones del 38 y del 50, que buscaban superar el criollismo y adoptar nuevas técnicas literarias.
Establecido con su mujer Isabel en Suiza, cuando supo que sus hijos Carlos y Marcelo eran liberados de las prisiones chilenas, decidió radicarse para siempre en ese país. En 1980 publicó el libro de ensayos, “Materiales de construcción”. En Francia, la Universidad de Poitiers por intermedio del académico Alain Sicard, organizó un seminario sobre su obra en 1981, cuyas conclusiones fueron editadas dos años más tarde.
Droguett continuó escribiendo sin cesar. En 1986 se conoció una obra satírica, burlesca, contra críticos y escritores: “El enano Cocorí”, trabajo publicado mucho después en Chile por La Pollera ediciones en 2020. Este sello editó también, en 2009 el texto denominado, “Sobre la ausencia”. En nuestro país, la editorial Universitaria reimprimió “Eloy” en 1994, lo que provocó una gran alegría a su creador, al constatar que su libro volvía a ser incluido en los programas de literatura de la enseñanza media chilena.
La editorial Lom ha realizado la impresión de varios de sus trabajos redactados en el extranjero. En marzo y abril de 2001 se publicaron las novelas, “La señorita Lara” y “Matar a los viejos”; en tanto, en 2024 salieron a la luz en dos volúmenes, la serie de relatos breves escritos por Droguett entre 1978 y 1980, con el título de: “Cuentos desde el exilio. Textos inéditos”.
El 14 de julio de 1996 Carlos Droguett cayó por una escalera en el Museo de Meiringen. A una exitosa operación inicial, le sobrevino una embolia pulmonar que terminó con su vida, a las siete de la mañana del 30 de julio de 1996. El 6 de agosto se efectuaron sus funerales en Berna.




