Cuando lo posible se impone o se aplica el realismo
El aumento de la longevidad de los mayores ha impactado en diversos espacios de nuestra sociedad. No hay ámbito en que no haya tenido una mirada desde la gerontología al trabajo que se desarrolla. Es el verdadero impacto que tiene el que nuestra población mayor sea cada vez más y demanden más servicios. Esto también tiene impacto en el trabajo clínico que se realiza con ellos, y no sólo desde la especialidad por esencia que los atiende y se ocupa de ellos como lo es la geriatría.
En pocos años el trabajo geriátrico ha ido permeando la labor de otras especialidades, por el impacto que tiene la población mayor en cada área. Los mayores son una población especial, con expresión de sus enfermedades de una manera particular, que además de los conocimientos propios de la especialidad requieren una mirada distinta y particular como individuo mayor. Es así como han nacido enfoques como el de la ortogeriatría, para aquella visión del trabajo conjunto en traumatología y geriatría; para los problemas osteoarticulares de los mayores, tanto los agudos como los crónicos. Este es uno de los aspectos más avanzados en el desarrollo del trabajo conjunto. Pero la mayor longevidad de los mayores ha permitido la expresión de otras enfermedades que los afectan y que pueden relacionarse al envejecimiento poblacional como el de las enfermedades cardiovasculares y las oncológicas.
Es así como los mayores de 60 años concentran casi los 2/3 de la población que padece de enfermedades oncológicas, felizmente el desarrollo científico ha provisto nuevos esquemas y nuevos tratamientos para los distintos tipos de cáncer, cambiando en forma muy importante el carácter ominoso y trágico de esta enfermedad. Por ello, el ser una persona mayor no es una contraindicación para recibir un tratamiento oncológico.
La evaluación geriátrica es aquí trascendental, ya que el criterio edad, tan usado anteriormente para definir a quienes sí y a quienes no tratar ya no es suficiente, dado la gran heterogenicidad de las personas a la misma edad. Hoy lo central es la evaluación que permita definir la funcionalidad que esa persona tiene, como indicador del impacto del envejecimiento en ese organismo. Y eso solamente lo puede realizar un geriatra a través de una evaluación múltiple e interdisciplinar que permita dimensionar el cómo se encuentra esa persona mayor. Pero también es importante poder evaluar y dimensionar el impacto de drogas antineoplásicas en ese organismo y si será posible que puedan recibirlas.
En el caso de personas con deterioro también es importante poder evaluar su sobrevida y si al tratar la enfermedad oncológica esta sobrevida se mantiene o disminuye. O sea, poder evaluar si es pertinente someter a una persona mayor a un tratamiento oncológico, si tiene sentido hacerlo y apoyarlo. Obviamente en esto siempre pesa la voluntad y la expresión de las libertades individuales, que le asiste a toda persona mayor -en su autonomía- tomar libremente. Decisión que dependerá de sus creencias y principios. Es una facultad que nunca debemos perder de vista quienes tenemos o apoyamos a mayores. Que ellos tengan la posibilidad de elegir, con la información necesaria y completa, y con esta evaluación geriátrica, del tratamiento que puede recibir. Eso sigue siendo central y lo más importante de desarrollar.
Muchos cánceres tienen un mejor pronóstico que hace algunos años y los tratamientos son menos agresivos para sus organismos que hace algunas décadas; experiencia que marca en el acervo cultural de nuestra población muchos de los mitos que rodean esta enfermedad. Para un gran número de ellos, con un adecuado diagnóstico se pueden desarrollar tratamientos con buenas posibilidades de curación. Y este es otro punto central, la posibilidad de tratarse, como pueden hacerlo quienes tienen menor edad, para acceder a los procedimientos diagnósticos de la enfermedad, es decir, que nuevamente la edad no sea una limitante para hacer un procedimiento de este tipo.
Es central la funcionalidad. Ya que podemos encontrarnos con alguien de menos de 60 años con una funcionalidad muy disminuida asociada a deterioros que se han estructurado precozmente en sus vidas. Por ello, limitar por edad el hacer tal o cual procedimiento no es lo más adecuado y técnicamente hoy avalado. La evaluación central sigue siendo la que desarrolla el especialista geriatra, que entregará las herramientas para que el oncólogo clínico tome las mejores decisiones en el contexto de la enfermedad que afecta a esa persona mayor.
Hoy vemos cómo el desarrollo de nuevos y mejores tratamientos tiene un impacto importante en la calidad y sobrevida de las personas mayores afectadas por cáncer. Ya no es tan ominoso como hace unos años y es por ello que es central que ambas especialidades unan sus esfuerzos para ofrecer lo mejor, para cada caso particular. En el cáncer en las personas mayores, no se puede generalizar y aplicar recetas modelo, si no que significa individualizar y caracterizar a cada mayor para tomar las mejores decisiones.
Aún así, si no es posible curar y tratar por cáncer a la persona mayor están los cuidados paliativos oncológicos para acompañar en un proceso y trabajo donde la familia y el entorno social siguen siendo importantes y trascendentales y marcan la diferencia en esta etapa de la vida.




