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En 1985 comenzó a trabajar en el ex Hospital Regional

De la cocina del hospital al volante del Samu: los 41 años de José Vidal en el Servicio de Salud

Domingo 2 de Agosto del 2026

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Lucas Ulloa Intveen
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Cuando José Vidal entró a trabajar al Hospital Regional de Magallanes corría 1985, gobernaba la dictadura militar y el Samu todavía no existía. El traslado de pacientes lo hacía “un conductor y, generalmente, un camillero”, sin formación médica. Se iba al domicilio, se levantaba al enfermo y se volvía al hospital, sin radio y sin saber, muchas veces, en qué estado llegaría el paciente. Cuatro décadas después, esta semana, Vidal hizo su último marcaje como conductor del Servicio de Atención Médica de Urgencia (Samu), cerrando una carrera de 41 años en el sistema público de salud de la región.

Su recorrido dentro del hospital fue largo y sinuoso. Entró como reemplazo en el área de Psiquiatría, en el antiguo recinto de Miraflores, cuidando a personas internadas. Pasó luego por Pediatría y después por la Central de Alimentación, donde permaneció cerca de dos décadas: primero como cocinero, aprendiendo el oficio de un maestro, José Asensio, que le enseñaba “en palabras”, y más tarde en bodega.

Recién a mediados de la década de 2000, tras un problema de dotación en el área de Movilización y porque ya tenía licencia de conducir —manejaba un colectivo fuera de sus turnos para complementar ingresos—, le ofrecieron pasar a manejar vehículos del servicio. Estuvo dos años en Movilización, trasladando pacientes a controles y diálisis, hasta que en 2006 asumió como conductor del Samu. Ahí se quedó casi 20 años.

“Uno llega ahí
sin saber nada”

Vidal es claro en algo: la conducción de emergencia no se enseña en un aula. “El prehospitalario, si uno lo mira, no está en ninguna malla curricular”, explica. A los conductores los forman los propios compañeros, sobre la marcha. Y aprendió que manejar una ambulancia no significa poder saltarse las reglas del tránsito. “Tú puedes ir a la mayor emergencia, pero eso no te permite saltarte las reglas del tránsito, porque hay más vehículos circulando en la ciudad”, señala, y recuerda los casos, vistos en otras regiones, de móviles accidentados en ruta. “Uno lleva a sus compañeros y ellos confían en uno”.

Con los años entendió que la velocidad no siempre es lo determinante. “Uno puede irse un poco más rápido cuando sale el primer llamado de la base al domicilio, porque no hay ninguna intervención todavía. Pero, una vez que vas de vuelta al hospital, el personal ya va trabajando”, relata. Frenadas y acelerones bruscos, agrega, ponen en riesgo el trabajo del equipo que va atrás atendiendo al paciente.

En la base, dice, cada quien conoce sus funciones: un conductor —aunque sea paramédico de formación— no interviene clínicamente, y un reanimador no le exige al conductor apurar la marcha. “En un accidente no van a llamar ni al enfermero ni al paramédico; el conductor es el que va a estar ahí, es el que va a responder”, afirma.

Una decisión
tomada con lucidez

A sus 66 años, Vidal enmarca su retiro como una etapa que “tiene que ir cambiando”. No lo dice con resignación, sino con una honestidad poco común sobre las exigencias físicas del oficio. “No es lo mismo que una persona de 66 años esté manejando un vehículo de emergencia”, reflexiona, y recuerda que una reanimación o el traslado de un paciente en tabla “es cansador” y “requiere una fuerza que uno, con los años, va perdiendo”.

A esa consideración se suma su propia salud. En 2012 le diagnosticaron un cáncer gástrico, que lo obligó a un largo tratamiento en Santiago y a la extirpación del estómago. Su peso bajó de 86 a 57 kilos. “Eso también te pasa la cuenta, te cansas más, tienes menos fuerza”, cuenta. Para él, la conclusión fue clara: “Siempre me sentí integrado hasta hoy en ser una ayuda. No sería bueno llegar a ser un estorbo. Cada uno tiene que saber hasta dónde va a llegar”.

Lo que se ve desde adentro

En 41 años recorrió casi toda la región gracias al Samu —Puerto Williams, Porvenir y Puerto Natales—, participando incluso en aeroevacuaciones en avionetas y, una vez, en un rescate en helicóptero de una persona accidentada en el río San Juan. Pero lo que más lo marcó no fueron los paisajes, sino lo que se ve al entrar a las casas. “Uno anda por la calle y ve la fachada, pero no sabe qué pasa adentro. Uno ve mucha miseria, mucho abandono de adultos mayores, mucha pobreza”, dice.

Un episodio reciente lo golpeó especialmente. En marzo, en su último turno antes de tomar vacaciones, trasladó a una embarazada a término y a su pareja, un joven “bien contento por su niñita”. Días después reconoció ese rostro en el diario: era el joven que murió en el incendio de una vivienda en el sector de parcelas. “La señora salió esa mañana de alta con la bebé, y en la noche se quemó la casa. Eso te va marcando psicológicamente”, relata. De ahí extrae una convicción: “Uno, como humano, se vuelve muy soberbio; piensa que la muerte llega cuando uno es viejo. Pero no hay ningún contrato que diga eso”.

Vidal reserva sus últimas palabras para sus compañeros y, en particular, para quienes sostuvieron el sistema durante la pandemia. Recuerda los primeros turnos de 2020, el miedo a contagiar a su familia y a los pacientes que llegaban caminando y fallecían días después. “No es que sean héroes, pero respondieron en un momento en que tuvieron que estar”, dice. “La gente del sistema de salud respondió”.

Padre de cuatro hijos —ninguno siguió el camino de la salud, quizás, sospecha, por los turnos que marcaron su infancia—, José Vidal se retira con una frase que resume su manera de entender el oficio: “Lo peor que le puede pasar a una persona es quedar con la sensación de que pudo hacer algo más y no lo hizo”.

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