Martirios estudiantiles y Joan Manuel Serrat
Hace unos meses recordábamos en estas mismas páginas uno de nuestros martirios estudiantiles: la Constante de Avogadro, “seis como cero dos por diez elevado a veintitrés”, concepto difícil de entender asociado a la Química. Es una de las siete constantes en las cuales se basa el Sistema Internacional de Medidas. También señalábamos que estos martirios los podíamos encontrar en cualquier asignatura o ramo en cualquier tramo de nuestro derrotero estudiantil.
Marzo siempre fue marzo, aun en nuestra niñez y juventud un mes infame, agrio, poco grato. Lo único bueno de marzo era el olor a nuevo de los útiles escolares (que los daban por cuenta del Estado). Como olvidar esos marzos de vuelta de vacaciones en la Escuela Superior de Hombres Nº7, desde más menos tercero hasta octavo básico en los años sesenta con nuestra Profesora diciendo: “A ver niños, hoy en el primer día de clases van a hacer una composición, van a escribir en una hoja lo que hicieron en sus vacaciones, deben contarlo (no se trata de que hagan una lista) y tienen toda la mañana”. Y no faltaba (nunca falta) el que preguntaba por el título que debía llevar la mentada “composición”: “Mis-va-ca-cio-nes”, respondía secamente la Maestra empinándose sobre sus zapatos “Morland’s”. Seguía: “Y repito: tienen que escribir en una hoja de su cuaderno (de esos cuadernos chicos, Colón, Torre o los Belgrano de Industria Argentina) lo que hicieron en sus-va-ca-cio-nes, con buena letra y sin faltas de ortografía, por favor y sin ninguna mancha en la hoja. ¿Se entiende ahora?”, “Sí, Maestra”.
Y ahí empezaba -al menos, para mi- el primer calvario escolar del año. Se me “tapaba el carburador” y no daba “ni patrás, ni paelante”, se me “pegaban los platinos” y no había vuelta: frente al cuaderno sentado en el pupitre: “… Y no se me ocurre nada…y no se me ocurre nada…”. Debo confesar estimadas lectoras, estimados lectores -estamos en confianza y ustedes son discretas/os- que muchas veces (casi todas) entregué esa bendita hoja en blanco con una dosis moderada de angustia, pensando en las consecuencias (que las veía venir): libreta de comunicaciones y citación a la apoderada (mi Mamá). La situación era preocupante y “delicada” para la Maestra que le decía a mi Mamá que “cómo era posible que siendo hijo de profesores no fuera capaz de hacer una “simple composición” y más encima con un Papá escritor”, o sea, yo era prácticamente “un caso”.
En ese tiempo no había orientadores, psicopedagogos, protocolos, metodologías empáticas, escucha activa, estrategias de “contención”, mesas de trabajo o instancias de participación para el “abordaje” de estas materias, sencillamente nos aplicaban el “procedimiento” respectivo, ya sea por parte de la escuela o por cuenta de la casa. Para los de los sesenta no existía la “otredad”, ni siquiera existía esa palabra, en fin, el lenguaje es dinámico hemos escuchado por ahí, pero el dinamismo llegó después.
Luego de purgar las sanciones respectivas, el asunto tampoco era como para entrar en crisis, ni mermar la autoestima (palabra que tampoco se usaba, pero estaba la idea). Ahora, con la perspectiva del tiempo pienso en todo lo que podría haber consignado en esas famosas “composiciones” y que en ese momento no se me ocurrió. Pero, como “no hay mal que por bien no venga”, esas cosas quedaron guardadas en la memoria y podemos compartirlas de tanto en tanto en esta crónica dominical, que es como escribir una “composición” por semana.
El tiempo también nos atenuó la intranquilidad (si es que alguna vez de verdad la hubo) porque hechos como los relatados también les pasaban a los “grandes” y si les pasaba a ellos -guardando las muy debidas proporciones- como no nos iban a suceder a nosotros, simples alumnos de escuela “con número” aquí en la Patagonia. Por ejemplo, a principios de la década de 1980 se escuchaba en las radios “No hago otra cosa que pensar en ti” del catalán Joan Manuel Serrat, una canción que da cuenta precisamente de su imposibilidad para hacer canciones.
Veamos entonces lo que nos cuenta (o canta) el catalán: “Buscaba una canción y me perdí/ en un montón de palabras gastadas/ No hago otra cosa que pensar en ti/ y no se me ocurre nada…”.
Pero no se vayan que aquí viene lo mejor, como decían en una película: “No hago otra cosa que pensar en ti/ Y nada me gusta más que hacer canciones/ Pero hoy las musas han pasa’o de mí/ Andarán de vacaciones…”.
“Ahí está” dije, “esa cuestión me gustó”, por fin encontraba la puerta de salida con la ayuda de Serrat y concluí que yo no había sido “un caso” (al menos en lo que hemos venido conversando). El problema era otro: las musas andaban de vacaciones…y yo también, pero…no andábamos juntos.




