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“Un hijo propio”: El engaño del engaño

Domingo 16 de Agosto del 2026

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Por Guillermo Muñoz Mieres,
periodista

México, 2026

Dirección: Maite Alberdi

Protagonistas: Ana Celeste, Armando Espitia

En Netflix

 

El nombre de Maite Alberdi no pasa desapercibido en la historia del cine chileno, porque en el camino recorrido como cineasta ha entregado obras fundamentales en el género documental, donde aborda los límites de una memoria que bordea la delgada línea entre la vida y la muerte, como en “La once” (2014), donde un grupo de amigas ya ancianas contemplan cómo se reduce la asistencia a un ritual de camaradería que llevan desde hace décadas, o “La memoria infinita” (2023), que narra la resistencia al olvido de la actriz chilena Paulina Urrutia y su esposo, el periodista Augusto Góngora, quien sufre el deterioro de su memoria por el Alzheimer.

En este camino, ha ampliado su horizonte fílmico porque no le ha hecho el quite a la ficción, donde su prueba de fuego fue “La otra mujer” (2024), un relato de época inspirado mitad y mitad en un hecho real, con protagonistas mujeres que, aun siendo secundarias en el Chile de aquel entonces, no se andaban con chicas a la hora de los quiubos.

Estos límites ahora se extienden fuera de su país natal porque la historia que cuenta ocurrió en México, pero pudo haber ocurrido en Chile, y también en la opción de elegir un género -documental o ficción-, al optar por ambas, aun cuando la historia hubiera funcionado por sí sola en cada una de ellas.

Y en “Un hijo propio”, lo ficticio se confunde con lo real y la verdad del proceso de casting que se revela al inicio de la película es, en realidad y con la complicidad de la directora Maite Alberdi, el plan original para un engaño llamado ficción y que narra el que llevará adelante Alejandra -“Ale”- a su marido y familiares por fingir un embarazo que debiera concluir con el parto del embarazo real de Mayra, una joven que, según la versión de Ale, no desea ser madre y que, sin mediar un documento, como dice la cantante chilena Cecilia, ambas han hecho un compromiso.

Y la voz en off de Alejandra, afirmando que “siempre quiso ser madre”, tiene un aire testimonial y confesional que bien podría ser la frase precisa para lo que se va a contar, o también un tributo consciente -y hasta inconsciente- al cineasta Martin Scorsese y al “siempre quise ser gangster” con que inicia su obra emblemática “Los buenos muchachos” (1990), y que ha sido tributada -o simplemente copiada- en quizás ya más de un centenar de películas para dar cuenta de una aspiración vocacional que terminará bastante más mal de lo que se pensaba.

El material juega a su vez con el engaño, sea por aquella cámara doméstica que filma la previa de un baby shower o la tensa escena donde Ale debe pasar la prueba con un ginecólogo que o está muy sordo o también es un fraude.

Maite Alberdi utiliza los códigos del melodrama con una paleta de colores vivos y claros, dominados por el rosado, que no bajan su protagonismo ni siquiera cuando entra a los terrenos del thriller, ya sea en la fuga desde el hospital con la bebé o la intervención policial, tan violenta como la decisión de Maite Alberdi de hacer un corte al relato, dejar en un segundo plano la ficción para entrar, sin previo aviso, al documental.

Y aunque esta decisión puede justificarse en el entramado de revelar la supuesta verdad de la mentira construida por Alejandra, los testimonios también pueden ser no tan honestos como parecen, quizás inducidos por la presencia de la cámara o porque a nadie le gustaría quedar como la mala de la película.

Y aquí queda la duda de si esto fue calculado por Maite Alberdi como una reflexión sobre la esencia engañosa del cine o simplemente tenía claro que en pedir no hay engaño.

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