El desafío de sostener la obra del Hogar de Cristo en Magallanes
La reciente cuenta pública territorial del Hogar de Cristo en Magallanes, realizada en el marco del Día de la Solidaridad, representa mucho más que una entrega de cifras, en cuanto es, en palabras de su jefatura regional, un “acto de transparencia profunda”.
En un escenario social complejo, este ejercicio de rendición de cuentas reafirma el propósito de una institución que busca la superación de la pobreza y la mejora de las condiciones de vida de los más vulnerables mediante servicios de protección e inclusión.
Con casi cuarenta años de presencia en la región -camino a su aniversario el próximo 4 de abril-, el Hogar de Cristo ha consolidado una red que hoy atiende a más de 430 personas a través de cinco unidades de servicio.
Sin embargo, la magnitud de esta tarea pone de relieve una realidad ineludible: la institución actúa como un pilar que subsidia el rol social y de cuidados que el Estado no alcanza a cubrir en su totalidad. Actualmente, el 54,1% del presupuesto regional proviene de convenios estatales, lo que deja una brecha del 45,3% que debe ser cubierta con recursos propios.
Esta dependencia de la autogestión hace que la incorporación de nuevos socios y aportes sea una urgencia crítica. Mantener la calidad de la atención no es económico, siendo que el costo promedio mensual por persona en una hospedería asciende a $625.000. Estos recursos son vitales no solo para operar, sino para contratar personal profesional y técnico especializado, capaz de enfrentar desafíos específicos como el envejecimiento de la población en situación de calle, cuyo promedio de edad en las hospederías alcanza ya los 65 años.
Hoy, la región cuenta con 1.200 socios activos. Si bien es una base sólida, resulta insuficiente para los planes de crecimiento que incluyen fortalecer la presencia en Puerto Natales y ampliar la cobertura territorial.
La obra del Hogar de Cristo es un esfuerzo colectivo. Como bien señala su dirección, la fundación no trabaja sola, sino en relación con otros.
Para que esta misión de dignidad continúe y se profesionalice aún más, es imperativo que la comunidad magallánica responda al llamado. Fortalecer el número de socios no es solo un acto de generosidad, sino una inversión en la justicia social de un territorio que exige cuidados especializados y una presencia institucional cada vez más robusta.




