Necrológicas
Cómo viven los residentes a un costado de la ruta Y-530

Agrupación Legado Punta Prat y la vida en la pampa hacia seno Otway

Domingo 6 de Septiembre del 2026

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  • A unos kilómetros de Punta Arenas, un grupo de familias construyó su propio barrio en la estepa. Sin red eléctrica, agua potable y con un malogrado camino, se abastecen a pulso con pozos, generadores y leña, mientras se organizan en comunidad para tener mejoras para su sector.

 

Lucas Ulloa Intveen

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La casa de María Luisa y Galvarino representa la historia de todo el sector. Aquí no había una calle con nombre que el municipio haya trazado, ni tampoco postes de alumbrado. Hay familias que fueron capaces de levantar un hogar con sus manos y, poco a poco, construir una comunidad junto con sus vecinos. La Agrupación Legado Punta Prat, de residentes en este aislado sector de la ruta Y-530 camino hacia el seno Otway, reúne a esas familias en torno a la vida en la pampa magallánica.

Galvarino Cárdenas es conductor en la ciudad de Punta Arenas y junto con María Luisa Guzmán montaron su casa desde cero. El living que reúne a la familia fue un sitio baldío y parte de la estepa que los rodea de canquenes, loicas, liebres y zorros. La casa también se vuelve, cada cierto tiempo, lugar de reuniones para la agrupación, donde conversan y buscan mejoras para el sector. “De a poco nos fuimos reuniendo para poder organizarnos y buscar hablar con autoridades”, comenta.

Los vecinos abren las puertas de sus casas y a sus historias de vida, separados por calles de tierra y alambrados. El recorrido dibuja la geografía del lugar mejor que cualquier mapa: huertas peleadas al viento, estanques de agua junto a las casas, paneles solares, perros que anuncian cada visita y leña apilada en los garajes. Es un barrio que pocas personas en la ciudad de Punta Arenas saben que está ahí.

Vivir en la pampa

Hay quienes llegaron por elección y otros por necesidad. Andrea Morán es profesora de biología, llegó desde Quilpué hace unos quince años a la región y eligió la pampa a conciencia. Antes había vivido en Loteo Varillas; cuando esa etapa terminó, buscó un lugar donde la calma y la naturaleza fueran parte del trato.

Sin embargo, Andrea también nombra las dificultades del aislamiento: vivir afuera cuesta y no todos pueden pagarlo. El combustible, el desgaste del auto, los viajes diarios a la ciudad son un presupuesto que ella puede sostener al ser profesional. “El costo, para una persona que tuviera el sueldo mínimo, sería complejo”, reconoce.

Unas casas más allá, la ecuación es distinta. Roxana Vargas y su marido, Víctor Guaiquín -esquilador de estancia hace diecisiete años-, llegaron a su actual hogar arrancando de arriendos en la ciudad que no paraban de subir. Fueron de los primeros en llegar, hace unos tres años, y empezaron con una mediagüita que aún conservan en el terreno, pensada al principio solo para guardar materiales. “Le dije a mi marido que nos estábamos gastando plata de gusto. Arreglamos un pedazo más de casa y nos venimos a vivir para acá nomás”, cuenta Roxana.

Roxana lo resume con una frase que recuerda a su familia. “Antiguamente la gente vivía y se bañaba igual así. Mis padres se criaron así y así también me crié yo”, relata. La pampa, para ella y su familia, fue la única puerta que quedaba abierta para tener una casa propia.

La raíz más antigua es la de Rodrigo Aguayo, pescador de bacalao nacido en Cunco, que llegó a la región en 1989 y fue de los primeros en plantar bandera en el sector, cuando aquí no había nada. Levantó primero una rancha y después la casa, siempre solo. “Todo lo he hecho yo. Es que un ayudante no hay”, dice, y en esa frase corta cabe el sector entero.

Agua, luz y calor

Lo que en la ciudad es un interruptor, acá es un sistema entero que cada familia inventa por su cuenta. No hay dos casas iguales, pero todas comparten el mismo punto de partida: la red eléctrica no llega, tampoco el agua ni el gas.

Andrea, que además de profesora, estudió física y electricidad, conectó ella misma el circuito de su casa. Su panel solar, sin embargo, da lo justo para iluminar y cargar una tablet. El refrigerador funciona apagado, más como despensa, y se acostumbró a comprar solo lo que consume, a la pasada del trabajo. “Tengo una bodega llena de lavatorios, pero ¿qué hago si no tengo luz?”, resume.

En la casa de Roxana el corazón del sistema es un generador a bencina que enciende por tramos y un banco de pilas cargadas que funciona como su seguro de vida: si el celular se apaga, no tiene conexión. Tiene internet, televisión y el calor hogareño alimentado con leños y fuego. “Es como una casa más, solo que no tengo luz, como debe ser”.

Rodrigo combina generadores y paneles, y guarda el agua en dos estanques de 2.400 litros: uno para regar, otro para la casa. Roxana hizo un pozo profundo y trata el agua con un producto que compra en la ciudad. La luz, en cambio, es el anhelo que se repite de casa en casa, casi con las mismas palabras.

El camino

Si hay un agravio que une a todos los vecinos, es el camino. De su estado depende que un niño llegue a clases, que una ambulancia entre, que la vida diaria sea posible. Para Roxana, madre de una niña en edad escolar, el barro es una amenaza concreta: cuando escarcha en la mañana y deshiela en la tarde, la ruta se vuelve un lodazal que su auto pequeño no cruza.

Lo que más le pesa no es quedar atrapada, sino lo que puedan pensar de ella. “Me da miedo que un día no pueda salir y crean que no quiero llevar a mi hija al colegio, y no es eso”, dice.

Roxana apunta, además, a una empresa que trabaja en el sector y que, con camiones pesados, estaría destruyendo la ruta.

Al peligro del barro se suma el de la velocidad. Varios vecinos describen lo mismo: vehículos que entran a correr a la ruta y autos que vienen a practicar para la carrera de la hermandad. Luis Gaete, uno de los primeros en construir, lo pone en su dimensión más grave. “Uno ve la ruta normal por encima, pero abajo está congelado. Si un vehículo pierde el control, puede llegar a ser fatal”, advierte.

Donde no llega nadie

El aislamiento deja de ser una postal apenas ocurre una emergencia. Aquí la ambulancia puede no venir, y Carabineros tampoco. “Le pasa una emergencia médica y la ambulancia no llega. Una delictiva, y Carabineros tampoco. Entonces no llega nadie”, resume Luis Gaete, que recuerda al menos una vez en que un vecino pidió una ambulancia y esta no subió al sector.

La seguridad, como todo lo demás, se resuelve en casa. Cuando Víctor se va a las estancias a esquilar, quedan Roxana y su hija, y los perros hacen de alarma. La tranquilidad que tanto valoran tiene, del otro lado, esta cara: saber que ante cualquier cosa están por su cuenta.

Regularizaciones

Sobre las casas levantadas de a poco pesa una exigencia que llega desde la ciudad: regularizarlas. Y ahí empieza otro laberinto. Luis Gaete guarda memoria de una reunión en la que una autoridad regional se comprometió a que la asesoría técnica no les costara nada. “El gobernador se comprometió a muchas cosas y no cumplió ninguna”, resume. “Nosotros tampoco pedíamos que fuera gratis: poníamos una parte, el Estado otra. Dijo que sí, y no se avanzó nada”.

La otra cara de esa gestión la aporta el presidente del Colegio de Arquitectos de Magallanes, César Alvial, quien confirma que la iniciativa existió y no era menor. El año pasado, cuenta, el alcalde propuso que el Colegio asesorara a los vecinos con apoyo de estudiantes de Inacap. “La idea era interesante. Tuvimos una reunión con el director de obras, Alex Saldivia, con el equipo de Inacap y con representantes de los vecinos”, relata. “La Dirección de Obras hizo un catastro de las viviendas e Inacap haría los levantamientos”.

El proyecto quedó armado sobre el papel. Lo que faltó fue la reunión siguiente. “Quedamos a la espera de nuevas reuniones, pero nunca nos volvieron a llamar. A Inacap le pasó lo mismo”, dice Alvial. “Le escribí al alcalde para proponerle un Servicio de Asistencia Técnica mediante un convenio, pero aparentemente no le interesó”.

El “nosotros” que
sostiene el lugar

Frente a todo eso, la respuesta de los vecinos ha sido juntarse. La agrupación, de unos tres años, es el instrumento con el que enfrentan lo que ninguno podría solo: rifas para financiarse, la idea de traer electrificación al sector, gestiones ante autoridades, mejoras de caminos. Andrea, recién integrada, llegó con desconfianza y se encontró con otra cosa. “Pensé que iba a ser como en todos lados, que están en conflicto, y no. Encontré gente con ganas de construir”, dice. “La única forma de prosperar es con otros”.

Recuerdan también vecinos que en años electorales autoridades se acercaron y se reunieron con ellos, candidaturas a gobernadores, alcaldías y concejales. “Le queremos cobrar la palabra al hombre”, dice Roxana por la autoridad que prometió y no volvió, “pero no nos da audiencia. Por eso queremos que esto salga a la luz, que se vea que acá vive gente”. Para ellos, la visibilidad es una herramienta política tanto como el generador o el pozo: otra cosa que tuvieron que fabricarse solos.

Mientras la respuesta del Estado llega o no llega, la vida sigue su curso terco. Rodrigo Aguayo da vuelta la tierra de su huerta como le enseñó su padre, guiándose por el calendario de la luna. “¿Que si le busco la cuenta a la luna? Sí, como los antiguos. Con mi papá siempre sembraban así”, cuenta. En su terreno crecen ajos, papas, cebollas, habas y arvejas, y un parrón que trajo desde Puerto Natales.

Cuando recién llegaba al sector, hace más de tres décadas, una vecina anciana le dio el único consejo que ha necesitado desde entonces —una frase que podría ser el lema de todo Punta Prat. “Le pregunté qué se daba acá”, recuerda Rodrigo. “Y me dijo: para el flojo no se le da nada; para el que siembra, se le da todo”.

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