Terminator 2, El Juicio Final. Reestreno 35 años después: Y volvió…
Por Guillermo Muñoz Mieres,
periodista
EE.UU., 1991
Director: James Cameron
Protagonistas: Arnold Schwarzenegger, Linda Hamilton, Edward Furlong
En salas de cine de Punta Arenas
En memoria de Ricardo Damm
El pasado 29 de agosto se cumplieron exactamente 29 años del Día del Juicio Final, la fecha anunciada por el cine en que las máquinas tomarían conciencia de sí mismas para iniciar el exterminio de la raza humana. Y serán 35 años del estreno de “Terminator 2: El juicio final” (1991), continuación de la película de 1984 que, como dato regional, tuvo su estreno oficial una semana antes que lo hiciera el Cine Palace de Punta Arenas, en un modesto gimnasio del Liceo Politécnico de Puerto Natales, con adolescentes espectadores que pagaron 50 pesos por ver una película hasta entonces desconocida, en formato video y desde una pantalla de 29 pulgadas de un televisor Sony Trinitron de la época, montado sobre una mesa escolar.
El resto es historia y “Terminator” se convertiría en un personaje clásico del cine de acción y ciencia ficción, consagraría a Arnold Schwarzenegger como ícono popular y una frase que, como las apariciones circunstanciales del maestro del suspenso, Alfred Hitchcock, o del creador del universo de superhéroes Marvel, Stan Lee, ha cruzado generaciones en todas las películas posteriores de la saga: I’ll be back (Volveré).
Aunque más tarde de lo que pronosticaba, pero no por eso menos inquietante, “Terminator 2: El juicio final” se reestrena cuando la Inteligencia Artificial ya es un concepto conocido y traducido a una sigla que viene a cambiar las cosas, la amenaza nuclear no ha desaparecido y quizás lo más global y cercano al futuro anunciado por la película resultó ser una pandemia.
Y con una versión mejorada en 4K vuelve a relatar los hechos que transcurren 10 años después de que Sarah Connor sea el blanco a exterminar por un robot sicario venido del futuro que busca evitar que conciba al futuro líder de la resistencia humana. Ahora ella está en un psiquiátrico de alta seguridad y su hijo, John, es un adolescente rebelde, algo ladrón y con padres adoptivos que ignora. Y hasta allí llegan dos visitantes del futuro, con minutos de diferencia, ambos con objetivos claros, pero uno de ellos buscando hacerla corta para evitarse problemas: eliminar a John Connor.
Entonces la película despliega un relato de acción mezclado con ciencia ficción, donde una memorable secuencia inicial combina tragedia con pesadilla apocalíptica nuclear para instalarse en un frente de combate entre las máquinas y los humanos, con la voz en off de Sarah Connor a modo de prólogo, que relata tal si fuera un poema épico como “La Odisea” o “La Ilíada” de Homero.
De allí el relato avanza de forma imparable en pocos días, con un tono azulado que atraviesa una persecución que abarca desde un centro comercial, autopistas clausuradas, los pasillos de un centro psiquiátrico, las carreteras fronterizas con México, los laboratorios de un gigante corporativo y termina en un galpón gigante de fundición, escenario que el cine ha convertido en metáfora de un infierno urbano donde la lucha eterna entre el bien y el mal libra una de sus últimas batallas, sea la pelea entre Obi-Wan Kenobi y el futuro Darth Vader en “La venganza de los Sith” (2005), la maquinaria industrial en la tierra maldita de Mordor en “El señor de los anillos” (2001) o de Lord Shen, el malvado pavo real de “Kung Fu Panda 2” (2013), que, en el intento de evitar su destino, al final lo termina provocando.
Un montaje preciso maneja cada secuencia con escenas de acción y efectos especiales donde es imposible no percatarse de su influencia en películas como “The Matrix” (1999) o el cine de Christopher Nolan, especialmente “Batman: El caballero de la noche” (2008), con sus persecuciones policiales en medio del caos provocado por el Guasón. Pero, sobre todo, y en algo característico del, a estas alturas, leyenda, director James Cameron, está su capacidad para desplegar, bajo la adrenalina de la acción, un relato con cierta carga existencial y filosófica donde, aunque en un modo “light” —pero no por eso menos efectivo—, se vislumbran temas como el de la maternidad, reflejado en la relación de Sarah Connor con John; del hombre con las máquinas en una revolución industrial imparable; o del tiempo presente enfrentado al dilema de un destino que quizás nunca estuvo tan escrito.
Ver “Terminator 2: El juicio final” desde la pantalla de una sala de cine y 35 años después de su estreno en el Cine Palace de Punta Arenas permite apreciar cómo se mantiene en los tiempos actuales; cuánto de sus efectos especiales —revolucionarios en su momento— quizás han sido superados por la tecnología digital; cómo ha evolucionado el espectáculo del cine; y cuánto hemos cambiado los espectadores que hicimos larga cola para verla desde una butaca o interrumpimos compromisos para disfrutarla desde el reposo hogareño cuando llegó al videoclub.
Cualquiera haya sido la circunstancia en que fue vista, hacerlo hoy, en el tiempo de la IA y desde la pantalla de una sala de cine, no solo es un ejercicio de nostalgia, también permite comprobar la magia del cine para hacernos creer que una mentira llamada ficción, en una de esas, podría llegar a ser posible.




