Ingrid Hebel: la historia de una agrónoma antártica
- Jefa de la carrera de Agronomía de la Universidad de Magallanes, ha ido a la Antártica más de veinte veces. Entró a la carrera universitaria por moda y terminó exactamente donde quería estar.
María Pastora Sandoval
Ingrid Adela Hebel Carreño entró a estudiar agronomía por moda. En los años ochenta, esa era la carrera del momento, y ella tenía que decidirse entre varias opciones: psicología, medicina… La tendencia inclinó la balanza. Pasó los primeros tres años sin entender bien qué hacía ahí. Cuando tuvo que buscar tesis, nada le gustaba: no quería trabajar en lo que se espera que haga un egresado de su carrera. Entonces vio un aviso en el pasillo: tesis en la Antártica. “Oh, eso quiero hacer”, pensó. Y así, lo que eligió casi al azar la llevó exactamente donde tenía que llegar. Hoy habla de sus investigaciones con una pasión que puede hipnotizar al menos curioso de los oyentes: puede hacer que quien nunca ha pensado en un vegetal quede fascinado escuchando sobre distintas clases de plantas. Adapta el lenguaje según quien la escuche: técnico elevado para los científicos, simple y directo para quien viene de otras áreas. Y no tiene que vestirse formal para este trabajo, que es otra cosa que le encanta. “Nunca me equivoqué de carrera”, confiesa.
Ingrid es sui generis. De niña, cuando llovía, en vez de refugiarse tomaba un paraguas y salía a disfrutar la lluvia. De joven andaba en moto, con chaqueta de cuero y bototos, algo inusual. Hoy, con 56 años, hace lo mismo en bicicleta: sale los días en que nadie lo haría. Es de crianza y personalidad muy germanas -tiene ciudadanía alemana y vivió varios años en ese país- lo que significa que dice las cosas sin adornos, directa, sin el filtro de suavización que el código chileno suele exigir. Eso le ha traído más de un traspié: lo que para ella es simplemente honestidad, a veces se interpreta como brusquedad. Ha tenido que aprender a calibrar, a poner algo de envoltorio sin perder el fondo. “A veces la gente lo malinterpreta”, reconoce.
Detrás del aviso de tesis estaba la doctora Teresa Torres, paleobotánica y una de las pioneras de las mujeres en el Territorio Chileno Antártico. En los años 80 se peleaba con los generales de la Fuerza Aérea para poder ir. Dos mujeres pontentes se encontraron en el camino. Su profesora le dijo a Ingrid que fuera al Instituto Antártico Chileno (en esa época estaba en Santiago) a hablar con un tal Ricardo Jaña, porque él tenía un proyecto al que se podía unir. Ella fue al Inach en moto, se sacó el casco, sacudió el pelo como si protagonizara un comercial de champú. Ese día Ricardo miraba por la ventana cuando ella llegó. Así conoció al que ahora es su marido. Después de la tesis, ella hizo un magíster en genética en la Universidad de Chile. Estaba rindiendo el examen de grado cuando al día siguiente partían a Alemania: su cónyuge había ganado la beca Presidente de la República. Ella consiguió un contrato como ayudante de investigación y además hizo su doctorado. Y luego, volvieron al sur del mundo.
Hoy Ingrid es jefa de la carrera de Agronomía de la Universidad de Magallanes. Está casada y tiene tres hijos: Renata, Gabriel y Pablo.
Más de veinte veces
en la Antártica
En más de veinte campañas antárticas, Ingrid ha visto hipotermia de cerca varias veces. Una fue suya. Estaban en la isla James Ross. cuando el tiempo empeoró de forma dramática: no podían cocinar ni derretir nieve para tomar agua porque la carpa cocina se había volado, vivían de galletas y comida seca. El antiguo rompehielos Almirante Viel fue a buscarlos pero no podía sacarlos por las condiciones: tuvieron que esperar una ventana de mejor meteorología, que finalmente llegó y duró tres horas. Una de las investigadoras abordó con 31,8 grados de temperatura corporal. “Yo me sentí podrida porque dije, esta chica casi se me muere”, recuerda. Ella misma tampoco estaba bien, incluso con la premura de llevarse todo lo posible del campamento registraba 35 grados luego de toda esa agitación, con la que debió haber entrado un poco en calor. Algo la mantuvo en pie durante ese duro episodio: “Yo aquí no me voy a morir porque tengo que ir a ver a Pablito”, pensó, su hijo que en ese momento tenía seis años. “Cuando uno se enfoca en una razón, funciona”, dice. Era siempre la que salía a calentar agua para los demás, la que animaba al grupo, la que los hacia caminar a ritmo marcial cuando flaqueaban.
No fue la única vez. En otra campaña, una investigadora brasileña comenzó a decir que tenía frío y que se sentía mal en plena caminata. Ingrid la reconoció de inmediato: “No, otra hipotermia”. Le dijo que no pararan, que caminaran hasta el punto donde pudiera llamar, marcando el paso con su estilo marcial. La llevó contando pasos hasta que pudieron pedir ayuda. Su colega llegó al buque con hipotermia confirmada. En 2010 le ocurrió de nuevo con otro integrante del equipo. Con los años desarrolló una capacidad de detectar los signos antes de que empeoren.
Pero hay más historias: Estaban en isla James Ross cuando el helicóptero que las dejó no se posó: los lanzó hacia abajo sin aterrizar y se fue. Una hora después volvería. Llamó por radio para avisar que había más de 100 kilómetros por hora de viento en la cumbre. Cuando el helicóptero llegó, tuvieron que correr sobre roca volcánica para alcanzarlo. Su estudiante iba con parka roja y anteojos oscuros, en principio un look muy glamoroso, luego desarmado con el viento y el apuro. El piloto les dijo que habían subido “todas divas” y preguntó con curiosidad cómo Ingrid sabía que el viento superaba los 100 kilómetros, ella respondió: “Porque me botaba”, con la seguridad de quien saca a relucir su sapiencia de altas latitudes.
Definitivamente, Ingrid Hebel advierte que no es una agrónoma convencional. Aunque como jefa de la carrera de Agronomía, enfatiza que las autoridades regionales debieran conocer la labor del Departamento de Ciencias Agropecuarias y Acuícolas de la Umag, que trabaja con foco en soberanía alimentaria, que el Gobierno Regional los reconozca como especialistas en el área. “El abastecimiento que tenemos hoy en términos de hortalizas es bajo, en términos de fruta es todo importado, en términos de cereales, también”, dice. La región necesita fortalecer la producción local, y la universidad puede aportar con investigación coherente con ese propósito. “También es una opción de desarrollo para los jóvenes”, agrega. El llamado es que se aproveche ese conocimiento instalado en casa.
La carrera que eligió casi por azar, la tesis que nadie más quería hacer, el aviso en el pasillo que cambió todo la llevó donde descubrió que siempre quiso estar: a la intemperie, bajo la lluvia, en terreno, con zapatos cómodos y en familia.




