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– Angela del Carmen Núñez Hernández

– Francisco Pizarro Hernández.

Personalidad de Bernardo O’Higgins y su importancia en Magallanes

Lunes 7 de Septiembre del 2026
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Parte IV y final

 

La alegría por la elección del general Prieto como Presidente de la República tuvo su origen mucho antes de los días de la conformación de la Academia Militar. El joven oficial penquista había estado en el bando patriota desde las primeras escaramuzas lideradas por O’Higgins en San Carlos y en Talcahuano. Por el contrario, Freire, quien fue uno de sus hombres más cercanos, terminó por distanciarse del exdirector supremo. O’Higgins no olvidaba que, a fines de 1822, estando a cargo de la provincia de Concepción, la primera en sublevarse contra su gobierno, en lugar de disuadir a los rebeldes, terminó involucrado en el movimiento insurreccional. Nombrado jefe militar por el cabildo de la provincia, marchó con tropas al norte ocupando Talca, incluso, escribió una carta al almirante Cochrane para que se plegara al movimiento, lo que el marino escocés rechazó de plano, por la amistad y el respeto que sentía por O’Higgins.

En el gobierno de Prieto, el primero de los llamados decenios conservadores, mantuvo una constante preocupación por los sucesos de la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana entre 1836-1839. O’Higgins se negó a participar del plan preparado en el exterior, por el general boliviano Andrés de Santa Cruz apoyado por Ramón Freire, que consistía en atacar por vía marítima con una expedición compuesta por la fragata Monteagudo y el bergantín Orbegoso y provocar así la caída del gobierno. La administración de Prieto realizó distintas consideraciones con el exdirector supremo. El 20 de abril de 1839 falleció Isabel, la madre de O’Higgins y Manuel Bulnes, el héroe de Yungay, acompañó al prócer en su duelo. Dos meses más tarde, el 25 de junio, por indicación del Ejecutivo, el Senado le restituyó el título de capitán general, grado conferido por el Congreso Nacional, el 29 de agosto de 1820, luego del zarpe de la escuadra libertadora al Perú.

Ocupación del estrecho
de Magallanes

Aficionado a la lectura de libros de viajes, por medio de lo que publicaban algunos medios escritos peruanos, lo que le compartían sus amigos desde Chile o la correspondencia que sostenía con altos oficiales de la armada británica, el libertador se mantenía al tanto, de las expediciones científicas que Francia y Gran Bretaña efectuaban en distintos mares del mundo. Especialmente, causaron su admiración, las exploraciones del Beagle con los apuntes del capitán Fitz Roy y del naturalista Darwin, de gran impacto mundial en el desarrollo posterior de la ciencia y el relato del almirante Du Petit Thouars, quien se refería a la posibilidad de que, en tiempo no muy lejano, los gigantescos territorios de la Patagonia y Tierra del Fuego fueran ocupados por las potencias europeas.

O’Higgins sentía una creciente preocupación por el futuro de la Patagonia y pensaba que era un deber del gobierno chileno proyectar la soberanía nacional hacia esos desconocidos parajes. Sus convicciones se ratificaron cuando en diciembre de 1840 se produjo la inauguración del servicio de transporte marítimo de la Pacific Steam Navigation Company o Compañía Inglesa de Vapores, fundada por el estadounidense William Wheelwright, con los vapores a ruedas “Chile” y “Perú”, empleando la ruta del estrecho de Magallanes, en lugar del cabo de Hornos.

Este viaje causó una gran repercusión en el ámbito de la navegación comercial por cuanto, además de demostrar la factibilidad de usar aquel paso bioceánico, sentó un precedente tecnológico: en lo sucesivo la mayoría de las naciones del mundo utilizarían el vapor para mover sus naves. O’Higgins, quien había presentado un novedoso proyecto de servicio de remolcadores al capitán inglés John Smith para surcar el Estrecho en 1836, y que, desde enero de 1841 vivía en Lima, sintió la urgencia de que el gobierno encabezado ahora por Manuel Bulnes resolviera en breve plazo tomar posesión para Chile, del estrecho de Magallanes y sus tierras adyacentes.

A fines de 1841 estaba listo para regresar a Santiago como se deduce de la carta enviada al jefe del gobierno chileno: “Le ruego, mi querido general, que al arribo a mi tierra natal no se me trate ni considere como un ostentoso huésped. Yo espero y no dudo que condescienda con el favor que le pido, sin otra distracción, y la mayor de todas, que el cordial abrazo que espero darle en su mismo palacio el día de mi llegada a la capital”.

El periodista e historiador Benjamín Vicuña Mackenna asegura que O’Higgins pensaba embarcarse con destino a Valparaíso el 27 de diciembre, pero, horas antes de zarpar tuvo un violento ataque cardíaco, que le impidió tomar el vapor a Chile. En los meses siguientes, vivió en el puerto de El Callao, donde escribió el 4 de agosto de 1842, una carta al ministro de relaciones exteriores Ramón Luis Irarrázabal, en que le sugirió, la colonización del estrecho de Magallanes por pobladores los más más adaptables al clima, como eran los del archipiélago de Chiloé. El establecimiento de buques a vapor para remolcar barcos mercantes por medio del Estrecho, y que podrían ser de gran servicio en defender la nación contra ataques y hostilidades extranjeras, además, de la construcción de un vapor que pudiera ser de primera utilidad tanto para celar el contrabando de la costa, como para sondear y reconocer los canales del archipiélago que se comunican con el Estrecho.

El ministro Irarrázabal respondió el 23 de agosto, con otra misiva en que garantizaba a O’Higgins que el gobierno se haría cargo de su proyecto. Estaba feliz con la contestación desde Santiago y se preparaba para volver a Chile, cuando sufrió otro ataque, aviso de la muerte que le sobrevendría poco después. Consciente de que vivía sus días finales, redactó su testamento político, conformado por doce puntos esenciales y siete medidas de carácter moral. No deja de sorprender, que, en el primer punto de su declaración, fijara como primera prioridad la colonización del estrecho de Magallanes y el establecimiento de buques a vapor de remolcar en ese punto y el funcionamiento permanente de lanchas a vapor en los ríos de Chile.

El 24 de octubre de 1842 pidió que le vistieran con el hábito franciscano. A las once de la mañana, luego de pronunciar la palabra ‘Magallanes’ dejaba de existir. Sus restos descansaron en Lima veintiséis años hasta que una ley promulgada por el Presidente de la República José Joaquín Pérez Mascayano, en agosto de 1868, permitió la repatriación de su féretro, en una comitiva liderada por el vicealmirante Manuel Blanco Encalada. Finalmente, luego de recibir honores de Estado en Valparaíso y en la capital, fue sepultado en el cementerio general de Santiago, el 13 de enero de 1869.

En busca de la Terra Australis Ignota

Siete meses después de su muerte, la pequeña goleta Ancud preparada enteramente en Chiloé emprendía viaje al austro. Al mando del capitán Juan Williams, veintitrés personas incluidas dos mujeres, izaban, por primera vez, el pabellón patrio en la punta Santa Ana, el 21 de septiembre de 1843.

La misma heroica tripulación construyó con maderas regionales, el que fuera por mucho tiempo, el primer y único enclave habitado por ciudadanos chilenos al sur del archipiélago chilote: el 30 de octubre de 1843 flameaba la bandera nacional en Fuerte Bulnes a orillas del estrecho de Magallanes.

El ideario de O’Higgins se perpetuaba en el sur austral, pero apuntaba a más. Su proyecto antártico había surgido posiblemente en su estadía en Londres, donde se interiorizó de los tratados suscritos por Gran Bretaña y del reconocimiento acerca de las posesiones españolas en los mares del sur, vigente luego del acuerdo firmado entre ambos imperios el 28 de octubre de 1790. Con respecto, a los territorios no ocupados por España o por Gran Bretaña, ubicados en el hemisferio austral, se permitían ciertas licencias en pesca, comercio y navegación. Es lo que observa Oscar Pinochet de la Barra en su libro “La Antártica Chilena”:

“Ni los ingleses podrán adquirir derechos en las regiones no ocupadas, sean estas americanas, islas adyacentes a América o estén situadas en cualquier lugar bañado por el mar del sur, ni los españoles mejorar con establecimientos su derecho de prioridad en ellas, derecho reconocido por Inglaterra en tratados anteriores”.

Es significativo señalar también, que, a fines del siglo XVIII la Antártica era un inmenso territorio desconocido. En 1738 la Compañía Francesa de las Indias Orientales envió a Lozier Bouvet para descubrir las tierras australes. El navegante galo halló un peñón que llamó Cabo Circuncisión. Más tarde, en 1771 el gobierno francés comisionó a Marion-Dufresne para visitar el continente austral, pero, sólo consiguió descubrir una isla, que le pareció formar parte de un gran país austral. Un aventurero de apellido Kerguelen, informó al rey Luis XV de haber encontrado unas tierras que formaban parte de la mesa central del continente antártico.

Inglaterra envió al famoso marino James Cook para ubicar la Terra Australis Ignota. En su segundo viaje, realizado entre 1772 y 1775 cruzó el Círculo Polar, desembarcó en la isla Georgia del Sur y descubrió el archipiélago Sándwich del Sur. Al mismo tiempo en que se producían los primeros viajes exploratorios, aumentaba la literatura antártica con obras de divulgación y publicación de mapas debidos a Alexander Dalrymple, J. Callender, Charles de Brosses.

De modo que cuando comenzó en 1810 el proceso emancipatorio de las antiguas colonias españolas en Hispanoamérica, todavía se dudaba de la existencia del continente antártico. Precisamente, en el tiempo en que O’Higgins ejercía como director supremo, ocurrieron los viajes del ruso Tadeo von Bellinghausen, los británicos, William Smith, quien descubrió las islas Shetland del Sur y Edward Bransfield y los estadounidenses James Sheffield y John Davis, que verificaron la presencia de la Antártica.

Por otra parte, cuando O’Higgins le escribió al capitán Coghland de la marina británica en agosto de 1831, fundamentando los supuestos derechos de Chile en la Antártica, partía de la base del ‘Uti Possidetis’ de 1810 que establecía la regla ‘de que los límites de las nuevas repúblicas debían ser las fronteras de las provincias españolas a las que habían sucedido’. A este fundamento se agregaba un hecho colateral, pero no menos importante. El 2 de diciembre de 1823 el Presidente de los Estados Unidos James Monroe, publicaba su conocida declaración en que manifestaba:

“La ocasión se ha considerado propicia para definir, como un principio, en el cual están envueltos los derechos e intereses de los Estados Unidos, que los continentes de América, por la libre e independiente condición que han asumido y mantienen, no pueden ser considerados en adelante, como sujetos a futura colonización por ninguna potencia europea”.

Oscar Pinochet de la Barra hace hincapié en que la doctrina Monroe tiene un aspecto positivo a considerar: su objeto primordial es impedir la intromisión europea en las recién formadas repúblicas americanas, dentro de sus límites, aunque, en el caso particular de Chile comprendan, en virtud de reales cédulas, la región antártica vecina a América.

Sin descontextualizar, en su análisis, el abogado y diplomático menciona la ‘Sentencia Arbitral del Consejo Federal Suizo sobre diversas cuestiones pendientes entre Colombia y Venezuela’ del 24 de marzo de 1922 que aclara la situación en que quedaron los antiguos territorios bajo jurisdicción española, pero que estaban desocupados: “Estamos seguros de que existían muchas regiones que no habían sido ocupadas por los españoles y muchas estaban inexploradas o habitadas por nativos incivilizados, pero estos territorios se consideraban como pertenecientes de derecho, a las repúblicas que habían sucedido a las provincias españolas, a las cuales estas tierras estaban unidas por antiguas Reales Cédulas de la Madre Patria Española”.

Esta es una de las razones que justifican, por cierto, el pensamiento del exdirector supremo sobre la Antártica y que comprende la decisión expresada a Coghland cuando señalaba:

“Tampoco hay en toda la Unión una sola posición que pueda llamarse la llave del Atlántico o del Pacífico, mientras que Chile posee evidentemente la llave del Atlántico desde el grado 30° de latitud sur hasta el Polo Antártico y la de todo el gran Pacífico”.

Ni siquiera el tratado con Argentina del 23 de julio de 1881 altera el ideario del exdirector supremo, porque se refiere a problemas de límites en el continente americano, en la Patagonia y parte de Tierra del Fuego, acuerdo que incluso, estipula que ‘pertenecerán a Chile todas las islas al sur del canal de Beagle hasta el cabo de Hornos’.

Rescate del pensamiento
de O’Higgins

En el último tiempo se nota en autoridades de gobierno, militares, el sector privado y en unidades educativas una preocupación por el tema antártico. Convengamos que no es algo nuevo. Junto con los hitos históricos que acercan a nuestra región con el continente helado, creación de la Sociedad Ballenera de Magallanes en 1906 y sus operaciones comerciales en la Antártica durante una década; rescate efectuado por el piloto Pardo y la tripulación de la Yelcho del explorador británico Ernest Shackleton y los veintidós náufragos del Endurance, en isla Elefante, el 30 de agosto de 1916; el decreto 1.747 firmado por el Presidente Aguirre Cerda el 6 de noviembre de 1940 que fija los límites del Territorio Chileno Antártico entre los meridianos 53° O y 90° O; las primeras bases antárticas levantadas por la Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea de Chile en 1947, 1948 y 1951; la fundación del complejo habitacional de Villa Las Estrellas el 9 de abril de 1984.

Artistas, escritores y profesores han proyectado en Magallanes el pensamiento de O’Higgins desde hace más de un siglo. Lo hizo Gabriela Mistral cuando daba clases a hombres y mujeres en la Sociedad de Instrucción Popular y les hablaba de la relación entre el habitante austral y la Antártica; lo hizo Pablo Neruda cuando estampó su alegoría por el libertador en el exilio y lo rememoraba en “El canto general”: “Eres, O’Higgins reloj invariable/ con una sola hora en tu cándida/ esfera: /la hora de Chile, el único minuto/ que permanece en el horario rojo/ de la dignidad combatiente”.

La visión de O’Higgins es la construcción del Estado chileno hacia el sur austral reflejado en los escritos publicados por el general Ramón Cañas Montalva en el diario El Magallanes en los años 30s. Está en las enseñanzas de los antiguos preceptores normalistas cuando enseñaban a querer a la Patria, como anunció Marino Muñoz Lagos el 20 de mayo de 1962 ante 110 chilenos radicados en la Patagonia Argentina que visitaban Punta Arenas:

“Yo creí que el mar era azul y verde, pero, tiene todos los colores del arcoíris. Lo comprobé en la Antártica Chilena, porque allí el mar tiene matices inexplorados. Celeste, violeta, rosado, amarillo, rojo: en fin, un abanico luminoso, que hiere las pupilas y donde el pie de Chile tiene la forma de la más tremenda y heroica soledad. La soledad infinita de mares y blancores. La Antártica Chilena, ¿cómo no asociarla a este otro árbol frondoso de la patria, que es nuestro padre y nuestro hijo a la vez, que es nuestro amigo y nuestro hermano, este reloj invariable que se llama Bernardo O’Higgins, y a cuya vecindad decimos estas deshilvanadas frases? Bernardo O’Higgins es en sí pueblo: médula viva de Chile, sangre palpitante de esta nervadura colosal que es el terrón nuestro de tan disímiles como rectas claridades”.

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