Del fanatismo por la moderación a la reforma constitucional de seguridad: ¿adónde vamos?
Un expresidente declara con absoluta convicción que “el fanatismo por la moderación no lleva a ningún lado” y un presidente en ejercicio está asistido por la convicción que una reforma constitucional que consagre del deber de protección o seguridad del Estado y establece un nuevo estado de excepción constitucional que depende sólo del Ejecutivo por un lapso de tiempo muy extenso equivalente a casi un cuarto de su mandato de un presidente, sin contrapeso alguno, solucionará el problema de seguridad y violencia de nuestra sociedad que ha destacado como su principal preocupación.
Parafraseando al gran cómico mexicano Mario Moreno “Cantinflas”, lo primero que se me viene a la mente es la frase “ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”. (película ¡Ahí esta el detalle! 1940).
Sin perjuicio de mis profundas convicciones ideológicas que transitan desde mi juventud por el socialismo, sin el apellido de democrático porque me parece que en sí mismo el socialismo es democrático, pues de lo contrario deviene en otra cuestión que nada tiene que ver con él, no es posible sostener hoy, con una teoría política y mucho menos con un ejemplo de gobierno real, que un gobierno de extremos, en oposición a la moderación, lleve a un resultado bueno, bondadoso o beneficioso para la ciudadanía; en efecto, todo gobierno que se ejerce desde un extremo necesita consolidar su mirada excluyente del otro con medidas de presión y de autoridad que van afectando directamente los derechos de las personas y que encierran al gobernante en una burbuja que lo separa de la realidad social
si hasta el principal país comunista del mundo China, tuvo que aprender y mejorar el sistema capitalista para desarrollarse como potencia y mantiene altos niveles de autoritarismo que cuestionan su compromiso con los derechos humanos y , Estados Unidos, desde la otra perspectiva ha desatado un autoritarismo tan brutal que trata a los países como sirvientes y no ha detenido sus intervenciones y guerras en otros países que, tienen como único elemento en común la riqueza del petróleo. Pareciera que los extremos o el desenfreno, como opuesto a moderación, tampoco conducen a un mayor bienestar o a una mejor democracia.
Por otro lado, es fundamental establecer públicamente los temas trascendentes para un gobernante, pero no todos los temas deben ser objeto de reformas constitucionales, ni mucho menos, deben ser los de la pauta de noticias de todos los días.
En efecto, la seguridad y los estados de excepción ya tienen un correlato y una presencia constitucional importante y el dar un valor mayor o expreso innecesario, más que lograr un efecto útil, preparara a quienes han hecho de la violencia y del delito una forma de vida, para escalar a nuevas, mejores y más brutales formas de desarrollar sus tareas. Vociferar que a los delincuentes se le acabó el recreo, no los inhibe de actuar, los invita a mejorar sus procedimientos, a incrementar su violencia y a generar nuevos y más creativas formas de hacer mal. Hay políticas de estado que no se pueden anticipar, por diversas razones, pero la más importante es que la legalidad, las leyes y las constituciones, van, y siempre van a ir, mucho más lentas que las acciones de delincuentes y alteradores de la paz social (mejor no hablar del crimen organizado) y por ello, en los países en que se ha disminuido la delincuencia y la violencia han existido dos constantes: riguroso secreto de las acciones contra la delincuencia con una fuerte y real planificación en inteligencia y fuerte intervención cultural para restablecer el valor de la vida como cuestión principal de la sociedad.
Así las cosas, parece que no tenemos claro para donde vamos, ni tampoco como lograrlo.




