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El ánimo de un país

Por Diego Benavente Jueves 24 de Septiembre del 2026

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Hay momentos en que una sociedad cambia de estado de ánimo sin que exista necesariamente un solo acontecimiento que explique esa transformación. Chile parece encontrarse hoy precisamente en uno de esos momentos. Después de años de crisis, polarización, promesas incumplidas y frustraciones acumuladas, el pesimismo se ha instalado como una fuerza política. Y, como advierte Max Colodro, el estado de ánimo se ha convertido en un verdadero campo de batalla.

De un lado, el gobierno y el oficialismo intentan transformar ese pesimismo en esperanza y optimismo. Del otro, la oposición busca convertirlo en malestar activo, capaz de transformarse nuevamente en fuerza electoral y movilizadora. La pregunta es qué ocurrirá cuando una sociedad cansada de la confrontación deje de creer en unos y otros.

Una de las claves para entender este momento está en la experiencia de la izquierda que llegó al gobierno con la promesa de representar una nueva generación y una nueva forma de hacer política. Luis Thiermann lo describe de manera gráfica: “la izquierda pasó de copar los movimientos sociales, a vaciarlos para copar el gobierno”. El problema fue que, al trasladar a buena parte de sus cuadros desde las organizaciones sociales al aparato estatal, terminó debilitando precisamente el mundo que durante años había sido su principal fuente de legitimidad.

Josefina Araos apunta a otra dimensión del mismo problema: el Frente Amplio tuvo que enfrentarse al “difícil ejercicio de interpretación de una sociedad de la cual estaban mucho más lejos de lo que pensaban y que por eso fracasaron en representarla”. Quizás allí estuvo uno de los errores fundamentales. Confundieron el Chile que querían transformar con el Chile que realmente existía.

Y ese Chile demostró ser bastante más moderado, pragmático y complejo. Como plantea Eugenio Tironi, después de este ciclo quedó una institucionalidad democrática relegitimada y una aceptación, resignada o entusiasta, del capitalismo como forma de organización económica. La sociedad no siguió necesariamente el camino que algunos sectores políticos imaginaron.

Por eso resulta especialmente preocupante que el miedo y el pesimismo se hayan convertido en herramientas políticas. Tironi sostiene que ambos debilitan las defensas, erosionan la confianza y apagan la disposición a emprender algo en común. Y advierte algo todavía más incómodo: ese miedo no surgió espontáneamente. Durante años, políticos, líderes de opinión y medios han enfatizado fallas y déficits, sembrando sospechas incluso frente a los logros.

Chile necesita recuperar la capacidad de reconocer sus problemas sin convertirlos en una condena permanente. Criticar es indispensable; construir también.

No existe una “bala de plata”. Pero sí puede existir un punto de partida: despolarizar. La política consiguió trasladar su propia polarización a la sociedad, convirtiéndola en un acelerador del pesimismo. Cada diferencia pasó a ser una identidad; cada discusión, una batalla moral; cada adversario, una amenaza.

Despolarizar no significa pensar todos igual. Significa recuperar la capacidad de convivir con quienes piensan distinto y, sobre todo, dejar de utilizar deliberadamente asuntos identitarios para construir adhesiones fáciles sobre la base de la división.

El gran desafío político de los próximos años no será solamente ganar elecciones. Será algo bastante más difícil: volver a convencer a los chilenos de que vale la pena construir un futuro común.

Porque un país que pierde la esperanza puede seguir funcionando. Pero difícilmente puede progresar.

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