70…o sé tonto
Se trata de un libro autobiográfico, cuajado de vivencias indelebles, remembranzas marcatorias y un tributo a quienes incidieron en la carrera de Alejandro González Legrand, por lejos, el comediante número uno de habla hispana.
En las 180 páginas abundan las fotografías, todas ellas con un epígrafe o un pensamiento breve…un alcance, una frase oportuna, reflexiva o plena de contenido. Me recordaron las greguerías de Ramón Gómez de la Serna.
Trajinando las páginas de este texto, se me pasa por la mente que Legrand hubiese sido un buen poeta. Su prosa es deletérea, dejando siempre algo a la imaginación. Acaso -sin proponérselo- Legrand alberga cierta circunstancia concomitante con la sentencia de Vicente Huidobro, al remarcar que “el adjetivo, cuando no da vida, mata”.
En sus adjetivos hay energía. Lejos del escarceo retórico, de la semántica saturante, los axiomas que acompañan cada foto están puestos con la certeza del filósofo que es. Sí, porque nadie me hará cambiar de opinión cuando aseguro que en cada buen humorista hay un filósofo. Obvio, me refiero al HUMORISTA con letras mayúsculas, no al gracioso nuevo con chistes viejos, ni al animador de francachelas o al guasón de la imaginación castrada.
Coco Legrand está en el santoral de la identidad chilena, esa aún en barbecho, aunque con ganas de asentarse con mayor propiedad…y alejarse de la idiosincrasia amorfa y aguachenta, aquella que conoce tan bien, que la ha retratado de manera tan certera como oportuna.
Su mirada escrutadora tiene la virtud de atravesarlo todo, rezumando ironía, sin llegar a esa inusual virulencia a que recurren los comediantes con déficit de talento y superávit de epítetos escatológicos.
El humor hecho sobre la base de talento, muerde cáusticamente y no descansa.
Por lo mismo, no se extingue con la rapidez del rayo, sino que marca surco y camino. Es el humor de Legrand.
Pero no se crea que el libro es de contenido solemne. También hay espacio para la chanza rocambolesca, la anécdota adventicia que da respiro a un texto de ritmo trepidante. Ahí están las anécdotas con Javier Miranda, Gonzalo Beltrán y tantas otras.
Por cierto, en el libro hay recuerdos para quienes fueron mentores de su exitosa carrera, y un sentido homenaje a Amado Paredes, creador de la Escuela Técnico Pesquera en la Isla de Quinchao (Chiloé) construida para que los niños aprendan a “sembrar el mar”. Hoy, Legrand ha recogido el legado de su padre/filántropo para permitir que esos chicos conozcan lugares para ellos aún ignotos, lo que deja meridianamente claro que al comediante le sobra eso que Unamuno llamaba “hombritud”, simbiosis mágica de hombría y emotividad.
En síntesis, un libro autobiográfico que el autor regalará a universidades y centros de formación ciudadana.
Buceando las páginas del libro de Legrand, se me vino a la mente una frase de Balzac: “On ne modifie pas la réalité depuis le bord de la mer. Siu on veut la modifier, il faut se mouillier” (no se modifica la realidad desde la orilla. Si quieres modificarla, haz de mojarte).
Gracias Alejandro, por haberme regalado tu libro.
Y mil gracias por la bella dedicatoria.




