Necrológicas

Las señales de la Antártica

Por Edgardo Vega Artigues Martes 27 de Octubre del 2026

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Imaginemos por un momento que la verdad camina por las calles de nuestras ciudades y nos muestra evidencias que contradicen nuestras certezas.

¿Nos detendríamos a escucharla o seguiríamos de largo, aferrados a relatos más cómodos? A mi juicio, una sociedad que deja de sorprenderse ante los datos y renuncia a cuestionar sus creencias se vuelve peligrosamente indiferente a la realidad. No imagino una distopía peor.

La ciencia suele ser contraintuitiva. Pocas personas imaginarían, por ejemplo, que lo que ocurre en la Antártica puede influir en la circulación atmosférica asociada a la aridez del desierto de Atacama, en la productividad de nuestros mares y en fenómenos capaces de provocar inundaciones en Chile.

Alrededor del continente blanco circula un cinturón de vientos cuya posición varía mediante el Modo Anular del Sur (SAM). Este fenómeno puede interactuar con El Niño y, bajo determinadas condiciones, favorecer precipitaciones extraordinarias en nuestro país. La Antártica, por tanto, no es una realidad remota: forma parte del sistema que condiciona nuestra vida cotidiana.

Los aluviones que afectaron a Atacama en marzo de 2015 deberían haber reforzado esa comprensión. Días antes se registraron temperaturas excepcionalmente altas en la península Antártica, y estudios posteriores identificaron anomalías atmosféricas que conectaban ambas regiones. No se trata de afirmar causalidades simples, sino de comprender que el clima funciona como un sistema interdependiente y que necesitamos observarlo con continuidad y rigor.

En junio de este año, una estación antártica registró 15,4 °C, cerca de 20 grados sobre lo habitual. El dato debió interpelarnos: ¿qué significa una anomalía de esa magnitud y qué señales puede anticipar? Sin observación sostenida, investigación y comunicación científica, la cifra corre el riesgo de convertirse apenas en una curiosidad informativa.

Hoy discutimos, con razón, la falta de radares meteorológicos. Son necesarios, pero no bastan. Chile también requiere series continuas de datos antárticos, mejores modelos climáticos, cooperación científica y sistemas de alerta temprana capaces de traducir el conocimiento en protección para las comunidades.

Sin embargo, ningún instrumento será suficiente si carecemos de una cultura científica que valore la evidencia, fomente el pensamiento crítico y ayude a distinguir los hechos de las interpretaciones. Invertir en infraestructura sin fortalecer esa cultura sería disponer de mejores ojos, pero negarnos a mirar.

El verdadero riesgo no es que la verdad nos incomode. Es que pase frente a nuestros ojos y ya no seamos capaces de reconocerla. Por eso, acercar la Antártica a la ciudadanía no es sólo una tarea de divulgación: es una responsabilidad pública.

Invertir en ciencia antártica no es un lujo ni un asunto reservado a especialistas. Es aprender a escuchar lo que el planeta nos dice antes de que sus advertencias se conviertan en tragedias. Chile debe asumir que comprender la Antártica es también comprenderse y protegerse a sí mismo.

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