Una película escondida dentro del libro
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El ingeniero forestal radicado en Punta Arenas convirtió una idea concebida originalmente para el cine en un thriller policial que recorre Chile y cruza crimen, genética y ambiente.
Hace exactamente un año, Sergio Alejandro Ponzot Ponzot no sabía que iba a escribir un libro.
Ni siquiera estaba entre sus planes.
Ingeniero forestal, nacido en Ovalle en 1977, criado desde su preadolescencia en Temuco y radicado en Punta Arenas desde 2009, tenía una historia dando vueltas en la cabeza, pero el destino que imaginaba para ella no estaba en una librería. Estaba en una pantalla.
Le gusta el cine. Mucho más que la literatura, reconoce sin demasiados complejos. Ciencia ficción, terror, acción, comedia, cine arte. Después de terminar alguna de esas películas cuyo desenlace había adivinado demasiado pronto, comenzó a rondarle una idea sencilla. ¿Por qué no intentar contar él mismo una historia?
El problema era que hacer una película parecía bastante más difícil que escribirla.
Así nació Fenotipo de un asesino.
“Yo no soy muy buen lector. Mi conexión pasa por el cine”, reconoce.
La confesión podría resultar extraña viniendo de alguien que acaba de publicar su primera novela. Sin embargo, explica bastante bien lo que vino después.
Una novela para quienes
no suelen leer novelas
Ponzot quería que ocurrieran cosas.
No estaba interesado en escribir diez páginas para que un personaje cruzara una habitación ni en detener la acción para describir minuciosamente cada espacio. Su modelo narrativo estaba mucho más cerca del montaje cinematográfico que de la novela contemplativa.
Por eso Fenotipo de un asesino tiene alrededor de 150 páginas y avanza rápido. Podría haber tenido 250, reconoce. Bastaba desarrollar más a los personajes, ampliar las descripciones o detenerse en los escenarios. Prefirió no hacerlo.
Su apuesta fue otra. “Yo quería una historia breve, accesible, llena de movimientos y giros, capaz de atraer incluso a quienes mantienen cierta distancia con los libros”, precisa.
Más que una obra “para no lectores”, como él mismo la define inicialmente, se trata de un intento deliberado por acercarse a quienes perdieron el hábito, disponen de poco tiempo o necesitan que una trama los atrape rápidamente para permanecer en ella.
El autor conoce bien a ese público porque, en cierta forma, escribe desde ese mismo lugar. “Quería hacer algo rápido, que llegue a la gente que no le gusta leer”, apunta y agrega: “Algunos conocidos terminaron las 150 páginas en un día”.
Ese parece ser uno de los elogios que más disfruta.
Un concepto que sobrevivió desde la universidad
Aunque el impulso narrativo provino del cine, el título llegó desde un lugar bastante diferente.
De sus años como estudiante de Ingeniería Forestal conservaba una palabra que nunca olvidó: fenotipo. La había aprendido estudiando mejoramiento genético forestal.
Recuerda el ejemplo del llamado “individuo plus”, un ejemplar genéticamente excepcional, recto, vigoroso y con características ideales. Pero existía una dificultad. Todo ese potencial podía cambiar radicalmente dependiendo del lugar donde creciera. Plantado en un suelo pobre, con escasos nutrientes y condiciones adversas, aquel árbol privilegiado podía desarrollarse peor que otro aparentemente menos favorecido que hubiese encontrado un mejor ambiente.
Años después trasladó esa imagen desde los árboles hacia las personas.
De allí surgió la pregunta que sostiene su relato.
¿Cuánto de una persona proviene de su herencia y cuánto del lugar donde le tocó crecer?
En Fenotipo de un asesino la interrogante se vuelve más oscura.
¿Puede heredarse la violencia?
¿Puede existir una predisposición hacia el crimen?
Y, si existiera, ¿un ambiente distinto podría impedir que llegara a manifestarse?
El relato no pretende entregar una demostración científica. Juega precisamente con esa incertidumbre. Introduce genética, investigación policial y reproducción asistida dentro de un thriller que transcurre entre distintas décadas y ciudades de Chile.
Allí aparece probablemente su zona más provocadora.
Los crímenes separados por treinta años reproducen características sorprendentemente semejantes. El escritor reconoce que decidió mantener ese modus operandi para que la conexión funcionara narrativamente. No intenta demostrar que una manera específica de matar pueda viajar en los genes. Necesitaba que el lector reconociera el eco de un crimen en otro y comenzara a preguntarse cómo aquello podía ser posible.
La ficción, en ese punto, se permite avanzar por donde la ciencia obliga a detenerse.
El mal y las circunstancias
Pero Fenotipo de un asesino abre otra discusión.
Si una persona puede cargar con determinada predisposición y nunca desarrollarla, entonces la pregunta deja de ser exclusivamente genética. Aparecen la familia, el entorno, los afectos, las oportunidades, los valores y, finalmente, la libertad.
La trama enfrenta a descendientes que comparten una herencia biológica, pero cuyos caminos no necesariamente coinciden. Algunos crecen rodeados de vínculos sólidos y construyen vidas completamente alejadas del crimen.
El determinismo comienza entonces a resquebrajarse.
La pregunta ya no es solamente si el mal puede heredarse. También importa cuánto pueden hacer el entorno y el propio individuo con aquello que recibió.
En ese punto surge otra dimensión moral, encarnada en el detective Antonio Valdez.
El investigador debe enfrentar una decisión que excede cualquier peritaje genético. En determinado momento, justicia, amistad, dolor y venganza comienzan a confundirse. El escritor evita dictar sentencia sobre su personaje y deja la incomodidad en manos de quien lee. “Yo no te puedo decir si eso está bien o está mal”, aclara.
A su juicio, los valores intervienen en aquello que cada persona considera correcto cuando llega el momento de decidir.
Quizás allí, más que en los genes, se encuentre una de las preguntas más interesantes de la obra.
Escribir sin pedir permiso
El primer manuscrito estuvo listo aproximadamente en un mes.
Ponzot decidió avanzar prácticamente solo. No consultó a psicólogos para construir el perfil del asesino ni recurrió a detectives, médicos o genetistas, aunque reconoce tener profesionales de esas áreas entre sus conocidos. Temía que convertir el proyecto en una investigación demasiado extensa terminara paralizándolo.
Conocía esa sensación. Desde hace un tiempo impulsa una startup tecnológica que, tras dos intentos, continúa desarrollando. Este semestre la iniciativa fue seleccionada para su evaluación en un curso de la Escuela de Ingeniería de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ponzot confía en que este tercer impulso permita finalmente concretarla.
Con la novela decidió no esperar.
Se puso en la cabeza de detectives y asesinos, construyó incluso los informes forenses y recurrió a experiencias personales para dar verosimilitud a algunas pistas.
Cuando los saltos temporales comenzaron a complicar la estructura, abrió una planilla Excel. Allí ordenó personajes, acontecimientos y fechas para impedir que las distintas décadas terminaran contradiciéndose.
La escritura se convirtió entonces en algo que nunca había imaginado. Una experiencia profundamente entretenida.
Después vino otro aprendizaje. Edición, maquetación, diseño e impresión bajo demanda.
Eligió la autoedición porque no quería dejar el manuscrito esperando durante años una eventual respuesta editorial. Quería que aquella idea que había vivido tanto tiempo en su imaginación finalmente existiera.
Y existe.
Una película escondida
dentro del libro
El proyecto original nunca desapareció.
Entre las páginas de Fenotipo de un asesino permanece la película que imaginó antes de convertirse en escritor.
Quienes han leído la novela, cuenta, suelen advertirle su carácter visual. No es extraño. La acción atraviesa buena parte de Chile. Punta Arenas constituye su territorio fundamental, pero también aparecen Puerto Natales, Torres del Paine, Santiago, La Serena, Temuco e Iquique.
Ese desplazamiento no es accidental.
Si algún día la obra llega al cine, quiere que esos lugares permanezcan allí.
Quiere que se filme en Chile.
Y quiere que muestre Chile.
Todavía no hay un director ni una producción esperando detrás de la puerta. Es un deseo, una posibilidad. Mientras tanto, el relato comienza a buscar lectores fuera del país y ya se trabaja en su traducción al inglés.
Su creador, sin embargo, continúa pensando en imágenes.
Quizás porque Fenotipo de un asesino nació al revés.
No fue una novela que después de ser escrita comenzó a imaginarse como película.
Fue una película que, al no poder filmarse, decidió convertirse primero en libro.
Y en ese tránsito terminó encontrando algo que posiblemente no estaba en el proyecto inicial. Una pregunta que permanece después de cerrar la última página.
Si nuestros genes constituyen una parte de aquello que somos y el ambiente escribe otra, ¿dónde comienza nuestra responsabilidad sobre la persona en que finalmente nos convertimos?
Fenotipo de un asesino no entrega una respuesta definitiva.
Deja la duda del lado del lector.
Después de todo, ésa también puede ser una buena manera de conseguir que alguien que no acostumbra a leer llegue hasta la última página.




