Necrológicas

Entre la fascinación y la maldición

Por Abraham Santibáñez Sábado 24 de Junio del 2023

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En la mañana del jueves 22 de junio, sin acuerdo previo, las campanas fúnebres de todo el mundo empezaron a doblar por los cinco ocupantes del “Titán”, el minisubmarino que ofrecía un tour excepcional a los restos del Titanic.

Cuatro días antes, tras abandonar el puerto de St. Johns, en Terranova, Canadá, los cuatro pasajeros y el piloto disponían de oxígeno para 96 horas, quizás algo más, hasta la madrugada del jueves. Los ruidos detectados por un avión canadiense en la profundidad del Atlántico alentaron fugazmente el día anterior la esperanza de encontrarlos con vida.

Desde el domingo 19, cuando se perdió todo contacto con la pequeña nave tras una hora y 45 minutos, las posibilidades de rescatarlos con vida eran mínimas. Los dos billonarios, el hijo de uno de ellos y los otros viajeros que pagaron en conjunto casi 800 millones de pesos chilenos, sabían el riesgo que corrían: todos habían firmado un documento liberando de responsabilidad a la empresa OceanGate, organizadora del viaje. 

“Tienes que estar un poco loco para hacer este tipo de cosas”, había sentenciado Arthur Loibl, un hombre de negocios y aventurero jubilado de 61 años de Alemania. Loibl le dijo a la agencia the Associated Press que había tenido la primera idea de ver los restos del Titanic durante un viaje al Polo Sur en 2016. En ese momento, una empresa rusa ofrecía inmersiones por medio millón de dólares.

 Podría haber agregado: “o mucho dinero”. Los cuatro viajeros del Titán pagaron, en conjunto dos millones de dólares. Hace poco más de un siglo, cada uno habría pagado mucho menos, algo así como unos cien mil dólares actuales en primera clase en una suite de lujo del Titanic. 

El Titanic se hundió en el Atlántico hace 111 años tras “raspar” un iceberg en medio del Atlántico Norte. Más tarde, pese al heroísmo demostrado por muchos de ellos, se supo que su capitán y la empresa White Star desoyeron serias advertencias y siguieron a toda velocidad en medio de la amenaza de los hielos flotantes. El telegrafista de la nave había cerrado las transmisiones, agotado tras haber despachado decenas de mensajes de saludo de los orgullosos pasajeros. Se perdieron así preciosos instantes en que pudo comunicar la alarma a los barcos más cercanos.

La semana pasada, los ocupantes del Titán se perdieron en las mismas aguas pese a diversas advertencias. Los viajes ya realizados por 28 personas habían generado eventuales trizaduras en la mirilla del sumergible. Por lo menos otras dos advertencias anteriores fueron desestimadas por la empresa OceanGate. Una voz autorizada explicó que la nave nunca habría sido utilizada en una expedición científica seria.

Gracias a OceanGate, en 2022, 28 personas pudieron ver de cerca los restos del Titanic. La semana pasada, los “turistas” y el piloto del Titán no lograron cumplir el mismo objetivo. Apenas una hora y 45 minutos después de iniciar la expedición, el domingo 18 de junio, se perdió el contacto con la pequeña nave.

“Los dirigentes de la industria de vehículos sumergibles, precisó The New York Times, habían instado en 2018  a la empresa a que se sometiera a un proceso de certificación más riguroso”.

La poco tranquilizadora respuesta fue que, siendo una nave extremadamente innovadora, no era fácil conseguir tales certificados.

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