Necrológicas
  • – Roque Solabarrieta Alvarado
  • – Jorge Ojeda Oyarzún
  • – Tita Colodro Hadjes

Insostenible 2

Por Alejandra Mancilla Domingo 28 de Julio del 2024

Compartir esta noticia
74
Visitas

En la columna anterior planteé mi escepticismo hacia las energías “limpias”. En ésta planteo mi escepticismo hacia el “reciclaje”. Parecerá de locos. ¿Quién podría oponerse a reciclar, cuando la alternativa es crear montañas de basura? Casi parecería que es por el puro gusto de llevar la contra, pero no. Para explicar por qué, de nuevo debo apelar a mi vida en Noruega y a cómo se hacen las cosas en este país con fama de verde.

Como país rico y con habitantes con capacidad de consumo, la basura per cápita aquí también alcanza récords. Los visitantes se admiran de cómo en Oslo cada casa tiene cinco containers para dividir plástico, desechos orgánicos, papel, vidrio y el resto. Lo que no cabe en los containers, por tamaño o por peligroso, debemos ir a dejarlo a las estaciones de reciclaje, tremendos bodegones a los que accedemos con un app especial y a donde se puede botar neumáticos, pilas viejas, pintura, muebles, computadores, materiales de construcción, juguetes viejos, paraguas, cartones y todo y más que lo imaginable. En plan de limpieza de mi bodega, fui a la estación ayer por primera vez con un poco de todo. Pensaba, ingenuamente, que las cosas reutilizables se irían a reutilizar, pero pronto me di cuenta de que “reciclaje” era un eufemismo para “botar basura al por mayor”. Vasos y otras cosas de cocina en buen estado (pero que di porque no tenía espacio) fueron a parar a un container tan grande que todo se rompió al tocar fondo, dejándolas inutilizables. Las barbies y otros juguetes en los que mi hija ya no estaba interesada fueron a parar al container de cosas incinerables, y un par de muebles para los que no había espacio en la casa también terminaron arruinados, al tirarlos desde las alturas al container de objetos voluminosos. Antes de cada lanzamiento, temblé, pedí perdón a la Madre Tierra y, en un sentimiento rayano a lo supersticioso, pedí también que no se nos castigara por tanto derroche.

No me cabe duda de que la municipalidad aquí hace todo lo que puede para separar la basura y aprovechar lo más posible. Pero es tanto que no da abasto. La mano de obra es cara y clasificar lo que llega requeriría un ejército. Así, al final, la mayoría de lo que llega a la estación de reciclaje se transforma en basura igual, sólo que por un camino más largo. Como las cosas (hechas en China) cuestan tan baratas, económicamente hace más sentido desecharlas que tener a alguien con sueldo noruego evaluándolas una por una para darles nueva vida.

Una posible solución, en la misma lógica de mercado, es hacer el reciclaje/botar basura tan caro que haya que pensárselo muy bien antes de hacerlo. Por supuesto, el riesgo es que surjan vertederos ilegales y que la campiña noruega se transforme en un gran basural. Una mejor solución, pero de más largo plazo, es cambiar de actitud. Quizás se me notarán los años en el comentario que sigue, pero recuerdo que cuando era niña cada cosa que me regalaban o que me llegaba era especial y tenía un lugar en mi vida. Algunas todavía las conservo. Arrastran recuerdos y les tengo cariño. Que sean viejas no les quita valor, sino que se lo agrega. Aquí, hoy, hemos perdido ese ethos. Hemos olvidado que las cosas son artificios humanos, pero creadas con materiales naturales. Al botar las cosas, estamos botando recursos que se nos van haciendo cada vez más escasos. Ni modo que algunos ya miren a la Antártica y al espacio exterior como futuras fuentes para la explotación. Distribuir mejor es lo que falta, no producir más. Y querer lo que ya se tiene, en lugar de botarlo y comprarlo nuevo. Por mi parte, no planifico nuevas visitas a la estación de reciclaje en el futuro mediano (a menos que sea para rescatar lo que otros desechan).

Pin It on Pinterest

Pin It on Pinterest