Candidatos: retórica, falacia y mentira
La retórica según el diccionario de la Real Academia Española, es el arte de hablar para persuadir, conmover o deleitar; conocida también como la disciplina que estudia esta habilidad. Se refiere al uso eficaz del lenguaje para dar el efecto deseado al mensaje, ya sea de manera elocuente y bella, o de forma vacía y afectada, en cuyo caso se llama retórica, despectivamente.
Por su parte, la falacia es un razonamiento no válido o incorrecto, pero con apariencia de un razonamiento correcto, se trata de un argumento engañoso o erróneo, falaz, que pretende ser convincente o persuasivo. Todas las falacias son razonamientos que vulneran alguna norma lógica. Una falacia históricamente reconocida es la que afirma que una fecha lanzada esta detenida, por cuanto en el momento preciso y determinado en que ella se aprecia por el ojo humano, está en un lugar preciso y determinado, en un punto del trayecto por el cual se desplaza, así que no está en movimiento
el razonamiento parece correcto, pero a final de cuentas es falso. En definitiva, se trata de un argumento falso con apariencia de verdadero.
Finalmente, una mentira, según la Real Academia Española es “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente”. También se puede entender como una expresión contraria a la verdad.
Me parece necesario recordar a la ciudadanía la importancia y real contenido de estos conceptos por cuanto en estos días somos testigos de los dimes y diretes de los candidatos a la presidencia y veo con mucha pena que, en general, la retórica, es su manifestación más potente, que es la oratoria o arte de hablar con elocuencia, se ha ido diluyendo en las falacias y ronda peligrosamente la mentira y la mentira, no es solamente la diferencia entre lo que digo y la realidad, si no que la intensión de ocultar la verdad con el uso de falacia y apoyado en la retórica. Veamos algunos ejemplos: a) se hace una pregunta directa a un candidato y no la responde o la responde atacando a otro candidato o dando cuenta de otro hecho totalmente distinto al que se preguntó, lo cierto es que se ocultó la verdad; b) se hace una pregunta directa a un candidato y se ofende dando cuenta de su valía personal, su historia o alcurnia sin dar respuesta, nuevamente la verdad se oculta con el uso de un subterfugio o excusa artificiosa; c) se formula una pregunta y no se da respuesta justificando en otras circunstancias la omisión.
Todas las situaciones descritas precedentemente, aparentemente dan una respuesta a la pregunta, a la consulta o a la interrogante, pero no lo son.
Esta situación es preocupante pues, a pesar que deberíamos aspirar a contar con mejores candidatos y una ciudadanía más instruida para evitar el engaño por estas triquiñuelas propias de los personajes más ladinos, es evidente que el debate cada vez presenta una menor calidad y sustancia en sus contenidos.
Es verdad que ningún candidato puede dar cuenta de los detalles más precisos de su programa y, por lo demás, es muy poco probable que lo puedan realizar siquiera en una mínima parte, pero cosa distinta es mentir con elegancia para mantener una adhesión, lo que es lamentable.
La política debería ser una cuestión de ética, o si se quiere una actividad que se rija por el conjunto de normas morales que deben regir a todas las personas en cualquier ámbito de la vida, pero al final se ha convertido en una cuestión moral, esto es, todo lo relativo a las acciones de las personas desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien y el mal o, lo que es igual, en relación a lo que considera correcto o incorrecto. Desde esta perspectiva, se trata de una manifestación de lo que cada persona es, en relación con lo que considera correcto, por ello cada cual verá si opta por un candidato que considera correcto mentir, aunque sea con elegancia.




