Necrológicas

Recogiendo cañuela

Por Diego Benavente Viernes 26 de Septiembre del 2025

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Por años, la política chilena ha sido un vaivén entre discursos democráticos y prácticas que, en la sombra o a plena luz, traicionan ese ideal. Hoy, mientras algunos intentan limpiar su historial y otros camuflan su oportunismo, es necesario recoger cañuela y hacer un balance honesto de las responsabilidades compartidas.

De la Federación al gobierno, el paso fue tierno, lleno de esperanza, pero falto de reflexión. La izquierda, en su momento, jugó con fuego al intentar capitalizar el estallido social para derribar al gobierno de Sebastián Piñera. Y aunque no fue un golpe en términos clásicos, sí hubo un uso instrumental de la violencia y la crisis para forzar una salida anticipada del poder. Esto no es menor. En democracia, un gobierno que no ha incurrido en faltas constitucionales graves debe ser respetado. Pero sectores de la izquierda -desde la más dura hasta la más condescendiente- vieron una oportunidad y casi logran su objetivo.

La derecha, por su parte, no se queda atrás en esta historia. Aunque no gestó el golpe de Estado de 1973, se subió al carro con entusiasmo cuando el momento llegó. Hoy, bajo el mandato de Gabriel Boric, han optado por una estrategia distinta: dejar que el gobierno se desgaste solo. En vez de sabotear abiertamente, han preferido una pasividad calculada, casi como si quisieran que el presidente llegue a término para “netear” las cuentas históricas. Como un Banco Central democrático, buscan balancear los libros: un golpe por un estallido, un derrocamiento por un desgaste.

Pero entre estos juegos de poder, ha sido el pueblo el que ha dado la cara. Dos veces ha dicho que no a proyectos constitucionales nacidos de procesos viciados por la urgencia y la polarización. Y hoy, vemos figuras como la contralora Dorothy Pérez que, sin aspavientos, están haciendo la pega que muchos políticos han evadido. Pérez ha puesto las peras a cuatro a todos aquellos que han abusado del poder en distintos niveles: nacional, gubernamental y municipal. Su trabajo es el reflejo de que sí hay instituciones y personas comprometidas con la limpieza del Estado.

La democracia no se defiende sólo con discursos, sino también con prácticas. La legitimidad se construye respetando las reglas del juego, incluso cuando el árbitro no nos favorece. El oportunismo político, venga de donde venga, termina debilitando el sistema que todos dicen defender.

Es momento de dejar de empujar el péndulo hacia los extremos y comenzar, de verdad, a reconstruir una política que muchas veces se parece más a una pelea de barrio que a una conversación entre adultos que se supone deben cuidar el país. Entre golpes, estallidos y gritos por todos lados, la democracia termina muchas veces como el pariente olvidado de la familia: se le nombra harto, pero se le respeta poco. La democracia no se cuida sola. No basta con hablar bonito en la tele o subir frases inspiradoras o memes ingeniosos a redes sociales, buscando encabezar el ranking de las visualizaciones. Hay que jugar limpio, respetar las reglas, independiente de quien está en el poder y entender que no se puede estar a favor de la democracia sólo cuando nos conviene.

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