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Debate Presidencial Anatel: ¿La convivencia que se nos viene?

Por Eduardo Pino Viernes 12 de Diciembre del 2025

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Al igual que muchos compatriotas, dejé de seguir los debates presidenciales debido a que mis decisiones electorales se guían por la observación de las acciones de los políticos, más que por sus discursos. La razón y la lógica, y porque no citar a los años de experiencia también, le van alertando a quienes no han jurado incondicionalidad hacia alguna ideología acerca de la frontera que se establecería entre el cambio necesario según la contingencia y dinámicos escenarios que complejizan la toma de decisiones, de los camaleónicos virajes que sólo apuntan a conveniencias circunstanciales cuyo objetivo es claramente la obtención o mantención de poder. Aunque debe advertirse que quién crea estar totalmente exento de sesgos en que la emocionalidad asoma, tendría que estar alerta en su iniciativa de “lanzar la primera piedra”. 

Pero debo confesar que este martes no sólo vi el extenso programa televisivo ya que, al igual que un partido de futbol importante, seguí con atención el pre y post debate, además de cotejar la opinión de varios comentaristas el día después. Esta inusual motivación se debió, en parte, a la necesidad de informarme para la elaboración de esta columna, pero también debido a la curiosidad provocada en el debate anterior organizado por la Archi, donde las manecillas de reloj se movieron más de lo esperado. Y es que más allá de la agresiva arremetida de la candidata oficialista en esa ocasión, como lo comentamos en la última columna respecto a la influencia de su exasesor Quiroga, llamó la atención el bajo desempeño del candidato opositor al evadir y relativizar varias de sus respuestas. 

Ese era uno de los condimentos que auguraban un mayor rating para lo sucedido a principios de semana, pero lo realmente importante era satisfacer las expectativas acerca de un encuentro donde se expusieran con la mayor claridad y definición posible las propuestas y estrategias de cada uno, con respuestas precisas, coherentes y factibles. 

Hubo varias metáforas acerca de lo observado, pero una de las que más se ocupó en los análisis fue: “pelea en el barro”, analogía con la que estoy plenamente de acuerdo. Se pasó de una pelea de box en que uno de los contendientes se la juega con todo empleando lo que esté a su alcance, ante su retador que, como va ganando por puntos, se conforma con que pase el tiempo para ir terminando sin pérdidas; a una especie de “todo vale” donde el énfasis estaba en destacar los defectos del contrario en vez de resaltar los propios atributos. Lo que comenzó de manera cívica los primeros minutos, se fue convirtiendo en un agotador intercambio de evasiones a las preguntas, ataques cruzados, caricaturización de la posición opuesta, molestas interrupciones, provocaciones condescendientes solapadas y un fuerte énfasis en lo catastrófico que sería la posible victoria de quien se encontraba al frente. Hubo un momento en que, incluso, una de las periodistas llamó a la calma y al respeto en la interacción, debido a que los potenciales futuros mandatarios representaban un modelo para las nuevas generaciones que los observaban. 

Como resulta obvio, los comandos y simpatizantes de cada bando se autoproclamaron “ganadores”, adjudicando a su candidato(a) la legitimidad y dominio de su desempeño. Pero lo que objetivamente observamos fue, como lo denominaron algunos medios, el debate más violento desde la vuelta a la democracia. Pero más allá de las interrupciones y la casi nula escucha por algunos momentos, se constató la dificultad de fondo: las campañas de primarias y primera vuelta no resultan coincidentes con las de segunda vuelta. En la primera se le habla al votante de una manera más extrema, atrayendo a esos que desean medidas drásticas que enfrenten a los opositores ya que éstos poseen un pensamiento y estrategias “ultras” que deben ser neutralizadas. Pero en la segunda vuelta el tono debe volverse más moderado para atraer al propio redil a aquellos desencantados, incrédulos o simplemente apáticos. Es aquí donde los candidatos se vuelven especialmente “flexibles”, al punto que por momentos las propuestas de las partes parecían haberse adoptado del bando contrario. 

Una vez más aparecen atractivos “ofertones” que difícilmente podrán ser cumplidos, ya que el juicio de realidad objetivo, ese que no se quiere aceptar desde lo emocional y los propios intereses, vuelve a quedar en un plano secundario debido a su inconveniencia electoral. Si a esto le sumamos que la mayoría de los actores políticos, de cuyas decisiones dependemos para nuestro desarrollo, están más centrados en perseguir el poder denostando al contrario en vez de fortalecer el diálogo, respetar al opositor y fomentar la integración de las ideas; no resulta muy difícil proyectar la complejidad de las dinámicas políticas, sociales y económicas que nos esperan. Es que a pesar que esta película la hemos visto anteriormente, la falta de cooperación de nuestra clase política está estirando un elástico cada vez más peligroso, cuyo costo del desgaste es asumida por una ciudadanía que debe exigir el respeto y cuidado de su democracia.   

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