Tres personajes, tres vidas, tres muertes (3ª parte).
Como señaláramos el pasado domingo, en Nueva York Carlos Faz se inscribió en los cursos de grabado en la Universidad de Columbia, los que a poco andar abandonó: “Dejé la universidad. ¡Me cargaron los ‘art students’, qué peste! Así que estoy trabajando en grabado en un taller estupendo en Downtown” (carta a su amiga Carmen Silva). El taller al que refiere Faz era el afamado Atelier 17, fundado en París en 1927; por ahí pasaron, entre otros, Pablo Picasso, Vasili Kandinsky y Alberto Giacometti. El Atelier 17 se instaló en Nueva York en 1940; allí el pintor chileno alcanzó la libertad creativa y llegó a producir una obra diaria.
Su estética mutó para retratar el ámbito cotidiano, acercándose al realismo y dando contenido ideológico a su obra, en especial con representaciones de la situación de los pueblos latinoamericanos. En una entrevista publicada póstumamente señalaba: “… siento el largo de Chile recostado y acariciado por el mar, siento la impenetrable cordillera, las alturas de Perú, Bolivia, todo, todo como ese aire seco, penetrante, que cruza la pampa salitrera; siento lo mineral salobre, la arena, las piedras. Siento ¡vivo, vivo! Toda la lucha del hombre, del pequeño hombre americano ante esta vida enorme; siento sus manos gruesas y toscas por el trabajo duro, porque su destino lo ha hecho sudor horadando la piedra, haciendo una pequeña agricultura, una modesta alfarería”.
En 1953 montó una exposición en la sede de la Unión Panamericana en Washington DC. La muestra fue un éxito de crítica y ventas, y resultó determinante para la obtención de una segunda beca de la Fundación Henry L. and Grace Doherty, cuyo destino sería Europa.
En mayo de 1953 viajó a México, con el objetivo de embarcarse en Veracruz rumbo a Barcelona en septiembre del mismo año. Entre mayo y septiembre vivió en Ciudad de México, donde se empapó de los postulados de la Escuela de Pintura Mexicana, aquella del sello inconfundible de la trilogía de los muralistas José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros (Alfaro Siqueiros llegó exiliado a Chile y vivió en Chillán; allí dejó su huella en un mural en la Escuela México, donación del gobierno del norte tras el terremoto de 1939).
Como indicamos, en septiembre de 1953 Carlos Faz se embarcó en Veracruz rumbo a Barcelona. El barco hizo escala en Nueva Orleans y el 3 de octubre Faz decidió bajar a puerto, pero, dado que no contaba con visa estadounidense vigente, saltó del barco. Lamentablemente lo hizo cuando la nave, por efecto del movimiento del mar, se apegó al muelle. Fue el instante menos oportuno: todo hombre de mar sabe que cuando el barco se apegra, de inmediato “se abre” por efecto del contacto y rebote de las defensas del casco con las del muelle. El pintor cayó al agua y murió ahogado. Lo encontraron tres días después y fue sepultado en el Lake Lawn Park Cemetery, en Nueva Orleans. En diciembre de 1954 sus restos llegaron a Chile y hoy se encuentran en el Cementerio N°1 de Valparaíso.
Se ha dicho que, a partir de su muerte a los 22 años de edad, “…estalló la conciencia de lo finito para la Generación del 50” (Museo Nacional de Bellas Artes, Carlos Faz, Retrospectiva, 2013, p. 11).
Fue un duro golpe para sus amigos y compañeros de generación, quienes lo recordaron en artículos publicados en diarios y revistas. Los poetas Alberto Rubio y Enrique Lihn le dedicaron poemas.
“Tú y yo lo conocíamos,
no tenía el deseo de morir ni la necesidad, ni el deber
de morir,
era como nosotros o mejor que nosotros:
un hombre entre los hombres, alguien que día a día hizo
lo suyo:
reflejar el mundo,
amar a la mujer, intimar con el hombre,
dar cuerda a su reloj,
transfigurar el mundo”.
(Segunda estrofa del poema “Hoy murió Carlos Faz”, de Enrique Lihn).
Continuará…




