“La chica zurda”: al mundo mirando con la mano izquierda
Por Guillermo Muñoz Mieres,
periodista
Taiwán, 2025
Directora: Tsou Shih Ching
Protagonistas: Nina Ye, Janel Tsai, Shih Yuan Ma
Disponible en Netflix
I-Jing observa el mundo desde su mirada de niña, y no es poco lo que ve. Observa a su madre, Shun Fe, y a su hermana mayor, I-Ann, regresar a la capital de Taiwán, Taipéi, con escaso entusiasmo, casi como si se tratara de una derrota. No logra comprender la desazón que se dibuja en sus rostros, si en ese lugar se encuentra su familia ancestral: sus tías, su abuela y su abuelo, un hombre de viejas tradiciones que, al darse cuenta de que ella es zurda, la insta con severidad a usar la mano derecha, pues hacerlo con la izquierda es hacerlo con “la mano del diablo”.
La desazón se entiende durante el trayecto. Shun Fe regresa porque ha sido abandonada —incluso en lo económico— por su marido; debe costear el arriendo de un puesto en la feria, mientras su hija mayor se ve obligada a abandonar la universidad. Este retorno no tiene la bienaventuranza del relato bíblico del hijo pródigo, recibido con los brazos abiertos tras el fracaso.
Esta película taiwanesa, coescrita por su directora junto a Sean Archer —director ganador del último Oscar por Anora(2024) y habitual colaborador de Tsou Shih Ching— atrapa desde el protagonismo de I-Jing y desde la manera en que la cámara interpreta su mirada. El lente sigue sus movimientos por los pasillos de la feria donde trabaja su madre, deteniéndose a veces en su rostro, que gracias a la magia del cine transmite ternura, pero también una extraña mezcla de libertad y abandono.
La mirada infantil no es nueva en el cine. A veces aparece fragmentada y en otras ocupa la totalidad del relato, convirtiéndose en una reflexión sobre la inocencia enfrentada al mundo adulto, con sus acciones, confusiones y contradicciones. Los ejemplos abundan, y entre ellos se cuentan verdaderas obras maestras como Los 400 golpes (1959), de François Truffaut; Fanny y Alexander (1982), de Ingmar Bergman; o Cuenta conmigo (1986), del recientemente fallecido Rob Reiner.
La chica zurda no aspira a ese estatus, pero tampoco lo necesita. Se mueve con sutileza y equilibrio entre el realismo urbano —con un aire que remite al neorrealismo italiano— y el melodrama, donde los conflictos y secretos familiares avanzan en una suerte de cuenta regresiva que conduce, inevitablemente, a un estallido. Destaca, además, esa cámara que sigue a I-Jing en la feria o sobre la motocicleta, con una estética casi documental, reforzada por el dato de que parte del filme fue grabado con un iPhone.
A lo largo de sus tres actos, la película transmite con eficacia una sensación de destino trágico, reflejada en el rostro cansado de Shun Fe, la rebeldía desalentada de I-Ann y el libre albedrío de I-Jing, quien termina ingresando al mundo del hurto —con “la mano del diablo”— para intentar ayudar a su madre y escapar de los aprietos que percibe desde su particular punto de vista.
Sin embargo, este avance narrativo pierde fuerza en un desenlace que, si bien es convencional dentro del género, atenúa el drama y la tensión al optar por un cierre algo forzado y bienintencionado, pensado para no incomodar al espectador con un final más duro. Tal vez un desenlace más crudo habría hecho la película más memorable, aunque quizás no era esa la intención.
La chica zurda es un relato ameno, no por ello menos potente en su retrato del abandono y la responsabilidad materna. Su mayor atractivo radica en ese punto de vista infantil: el de una niña que observa al mundo adulto con una inocencia siempre al borde de perderse, porque alguien —demasiado adulto— creyó, y quiso hacerle creer, que ser zurda es un pecado original.




