A treinta años de la publicación del libro, “Ajedrez, ajedrecistas y la vida”, de Raúl Alvarado Díaz
En los últimos meses se han realizado en Magallanes varios importantes torneos internacionales de ajedrez, que nos hicieron recordar épocas pasadas, cuando el llamado juego ciencia era difundido regularmente en los medios periodísticos locales. La presencia en los últimos días de noviembre de 2025 del gran maestro letón Alexei Shirov, subcampeón mundial en 2000, parece confirmar esa percepción.
Qué diferencia con la época en que nuestro padre nos enseñó a mover las piezas, cuando en nuestro entorno se hablaba invariablemente sólo de dos jugadores: el estadounidense Robert Fischer y del cubano José Raúl Capablanca. Este último, campeón mundial entre 1921 y 1927, aún causaba admiración entre los mayores. En cuanto al genio norteamericano, todo el mundo que entendía algo de ajedrez, comentaba sus excentricidades dentro y fuera del tablero. Resultaba curioso que nadie se refiriera sobre el campeón mundial de ese momento, el ruso Anatoly Karpov quien había tenido un duelo épico con un jugador veinte años mayor, Viktor Korchnoi, al que todos los medios llamaban, el apátrida soviético.
La literatura sobre el mundo de los trabajos escaseaba en la casa. Lo único que disponíamos eran los dos tomos o manuales de ajedrez de Juvenal Canobra publicados por la desaparecida editorial Quimantú y la serie de columnas escritas por el maestro René Letelier que llegaban cada lunes desde Santiago en el suplemento deportivo del diario La Tercera de la Hora y que sagradamente, con la ayuda de papá, juntábamos en un cuaderno de notas.
Algún tiempo después alcanzamos a jugar los campeonatos que organizaba La Prensa Austral, programados en las vacaciones de invierno para que los escolares, divididos en categorías, de acuerdo con sus respectivas edades, compitieran en el tablero durante una semana. Fue en esa época -principios de los años 80- en que conocimos a las jóvenes promesas del ajedrez regional, varios de ellos formados en la escuela que dirigía Baldovino Gómez Alba, entre éstos, Giovanna Arbunic, Andrea Torres, Héctor Barra, Cristian Bordoli, Arturo Díaz, Rodrigo Díaz, Luis Dobson, Hugo Frey, Jorge Fuentealba y Víctor Soto.
A veces se efectuaban torneos cerrados, sobre todo cuando el club Español se ubicaba en la Casa España, el edificio que está ubicado frente a la Plaza de Armas Benjamín Muñoz Gamero. Allí pudimos observar a los jugadores más avezados como Raúl Alvarado, Sergio Alvarez, Francisco Dobson, Francisco Donoso, Jorge Flores, Aldo Mattioni, Ricardo Mattioni y Luis Poblete. En ocasiones, se organizaban torneos interclubes donde era común escuchar conversaciones o leer en la prensa acerca de los duelos entre Dima, Enap, Español, Parenazón y Umag. En esa época, estudiábamos en el Liceo de Hombres Luis Alberto Barrera y compartíamos en los recreos con Luis Dobson o Víctor Soto, quienes parecían estar siempre viviendo en ‘otro mundo’. Casi todo el tiempo se referían a las partidas que habían sostenido, por tal o cual campeonato en horario nocturno con otros jugadores; del tipo de apertura que utilizaron; del sistema defensivo al que tuvieron que enfrentarse; de la combinación que ejecutaron, o del final que debieron afrontar. Parecía como si las luchas intelectuales que se extendían a veces hasta la madrugada, continuaban rondando en la mente de ellos durante el día siguiente.
En aquél entonces, iniciábamos nuestras primeras armas en el ejercicio literario e histórico y el mundo del ajedrez nos parecía fascinante, con las biografías de los grandes jugadores de todos los tiempos, los torneos internacionales más famosos y la serie de libros y revistas especializadas sobre el tema que hablaba, de un gran acervo bibliográfico que se incrementaba diariamente.
El enigmático Raúl Alvarado
La preocupación por la actualidad del ajedrez nos acompañó durante nuestra estadía de doce años en Santiago y ha permanecido inalterable desde que retornamos a Magallanes. En ocasiones, cuando veníamos a ver a nuestros progenitores en vacaciones de verano, nos encontrábamos en la calle con Raúl Alvarado Díaz, un viejo amigo de mi padre que nos colocaba al día de las noticias ajedrecísticas regionales. A mí me llamaba sobremanera la atención que habitualmente iba acompañado de una serie de periódicos y de publicaciones, entre ellas la Revista Impactos que editaba la imprenta Atelí.
Alvarado era un gran contador de historias. Vivía en pleno centro de la ciudad, en calle Yugoslavia entre Chiloé y Armando Sanhueza, en una antigua casa de ladrillos de un piso donde hoy se ubica una moderna construcción del Colegio Cruz del Sur. Para noviembre de 1978 estando radicado en Buenos Aires, le tocó presenciar un acontecimiento extraordinario. Por primera vez, la selección de la Unión Soviética conformada por varios ex campeones mundiales, incluidos Tigran Petrosian y Boris Spassky, era derrotada en una olimpiada mundial de ajedrez por el combativo elenco de Hungría. A la Revista Impactos ingresó como colaborador habitual después de compartir una composición inédita del poeta Rolando Cárdenas, llamado “Cigarros de la tarde”, escrito en una servilleta en un bar cerca de la Estación Central en Santiago.
En el mensuario, Alvarado escribía artículos haciendo hincapié en las anécdotas del juego ciencia y de sus principales exponentes. Por espacio de dos años, se propuso entretener y mostrar al mismo tiempo, la gran atracción ejercida por el ajedrez a través de los siglos, en grandes figuras de la historia universal. De esta manera, Alvarado buscaba llamar la atención de los lectores, advirtiendo de que el milenario juego, no sólo se practicaba por diversión o por mero pasatiempo.
No fue fácil para el autor tomar la decisión de escribir un libro. A comienzos de la década del 90, Raúl Alvarado no pasaba por un buen momento personal ni familiar. Las conversaciones con el editor de Impactos, el periodista Carlos Vega Delgado, lo convencieron de que los artículos podían transformarse en un excelente libro de consulta, una especie de manual para principiantes, que conjugara los aspectos didácticos del juego con elementos históricos y literarios. A fin de cuentas, el ajedrez es un poco juego, deporte, ciencia y arte, que ha sido practicado por reyes, guerreros, magos, sacerdotes, filósofos, artistas, científicos, pero, por sobre todo, por gente común y corriente, la cual, generalmente, vemos a menudo en la calle, sin sospechar siquiera, que en el tumulto podría haber algún aficionado, un especialista consumado o incluso, un campeón en el tablero de las sesenta y cuatro casillas. Como dijo el gran Capablanca en uno de sus textos, ‘el ajedrez sirve, como pocas cosas en este mundo, para distraer y olvidar momentáneamente las preocupaciones de la vida diaria’.
Alegoría a la felicidad
En marzo de 1995 la editorial Atelí anunciaba la aparición del libro “Ajedrez, ajedrecistas y la vida” de Raúl Alvarado Díaz. La obra de ciento cuarenta y un páginas, llevaba una curiosa ilustración de portada que parecía sacada de las revistas frívolas de los años 60. Una hermosa joven desnuda, en medio de un tablero, rodeada de piezas de ajedrez. Fue una idea de Vega Delgado que contrastaba con la personalidad de hombre serio y el carácter retraído de Alvarado.
La broma sin embargo, tenía su razón de ser. Detrás de cada buen jugador, descansa el alma de quien intenta lograr la felicidad por medio de una bonita combinación o a través de un instructivo final de peones y Caissa, la diosa o musa del ajedrez, creada según algunos por Marco Girolamo Vida en el siglo XVI, según otros, por el poeta William Jones, en 1763, es la figura que salvaguarda este laberinto de dificultades.
En lo esencial, el libro de Alvarado está dividido en tres partes, el primero, que contiene ocho artículos, “El ajedrez: un enigma”, “El fascinante mundo del ajedrez”, “Ajedrez y Matemáticas”, “Sistemas de notación”, “Los maestros también se enrocan”, “Ajedrez a distancia”, “Saber ganar y saber perder” y “La memoria de los maestros”, es un intento por acercarnos al misterio que encierra un juego donde dos bandos de dieciséis piezas blancas y negras, se enfrascan en un juego que se asemeja a una batalla entre dos ejércitos de fuerzas equivalentes.
Es evidente que Alvarado siente especial atracción por el enigma del juego, cuando efectúa algunas analogías y señala, por ejemplo, que los 32 cuadros de color blanco y los 32 cuadros de color negro encuentran una manifestación evidente de los pares opuestos de la filosofía hermética; es decir, la luz y las tinieblas, el día y la noche; la lucha entre el bien y el mal. Tales opuestos constituyen el Yin y el Yan de los orientales, la fuerza pasiva y la fuerza activa. Por otro lado, el número 32 que representa el total de piezas, si lo sumamos cabalísticamente, obtenemos 5, que en los arcanos mayores del tarot egipcio simboliza a la gran ley, o justicia divina.
Otro de los tópicos que circunda el libro de Alvarado, tiene que ver con el cuestionamiento de que si el ajedrez es un juego finito o infinito. Para empezar, existen 20 opciones posibles para el primer movimiento de ambos jugadores, lo que representa 400 posiciones diferentes. Las posibilidades van creciendo geométricamente a medida en que aumenta el número de jugadas. Grandes matemáticos como Albert Einstein y Robert Oppenheimer, fueron también, respetables jugadores de ajedrez, que escribieron importantes artículos en revistas científicas sobre lo inagotable de este juego. Un poco antes, la gaceta alemana “Deutsche Schazeitung” estableció en 1885 que el número de posiciones diferentes de las piezas del ajedrez sería de un gigantesco número de 52 cifras, es decir, 32 cifras más que las del número de kilómetros del universo.
La segunda parte del texto escarba en las principales características de ajedrecistas famosos y de reconocidos personajes históricos como Alfonso X de España, Carlos XII de Suecia, Iván el terrible de Rusia; Jean Jacques Rousseau, Napoleón Bonaparte, León Tolstoi, Stephan Zweig, Joseph Stalin y Albert Einstein. Junto con la reproducción de algunas partidas de indudable interés didáctico, acompañadas de diagramas que muestran posiciones críticas, el autor incorpora interesantes notas para comprender la notación algebraica y descriptiva de las partidas, lo que ha permitido la conservación del patrimonio ajedrecístico; como asimismo, el bosquejo de un glosario de términos técnicos y la propuesta de entretenidos problemas, cuyas soluciones se encuentran en un apartado al final del libro.
De manera especial, destaca el capítulo denominado, “Un músico ajedrecista y un peón desalmado”, en alusión al compositor y concertista francés Francois Danican, (1726-1795) a quien el rey Luis XIII de Francia bautizó como Philidor, nombre que lo transformaría en una leyenda del mundo de los trebejos. Considerado como el mejor jugador del planeta por espacio de medio siglo, produjo al mismo tiempo numerosas obras musicales y escénicas, destacando como compositor de ópera cómica y de piezas líricas en un acto con títulos como, “Sancho Panza en su isla”, “Ernelinda princesa de Noruega” y “La Nueva escuela de las mujeres” comedia con pequeñas canciones, suerte de homenaje a la pieza teatral del mismo nombre escrita y dirigida un siglo antes, por Jean Baptiste Poquelin (Moliere).
En 1749 publicó un valioso tratado que alcanzó a veintidós reimpresiones en vida del autor, “Análisis del juego de ajedrez”, en que asignaba gran importancia a la ubicación y distribución de las piezas más pequeñas en el tablero; “Los peones son el alma del ajedrez”, frase que se convirtió en una especie de axioma o principio general para la comprensión del juego, aunque Raúl Alvarado replica en su libro con algunos ejemplos sacados de partidas magistrales, de cómo los peones coronando en la octava casilla pueden modificar completamente el destino de un encuentro, lo que hacía exclamar al jugador de origen ruso, Aron Nimzovich: “El peón pasado es un criminal al que debe vigilarse”.
Producción regional
La tercera parte de la obra es un apéndice dedicado a resaltar las capacidades de algunos jugadores magallánicos, que sobresalieron en las décadas del 70 y del 80 dominando el calendario de torneos regionales.
Alvarado comparte algunas semblanzas tituladas, “Francisco Donoso, el rostro impenetrable”, “Patricio Cornejo, un romántico luchador”, “Luis Poblete dicta cátedra en el tablero”, “Dobson, el suplementero que fue noticia”, “Ricardo Mattioni, ajedrecista de largometraje”, y una sabrosa anécdota de una competencia por equipos entre el Banco del Estado y la Universidad de Magallanes.
Francisco Donoso, es descrito como un jugador que evitaba las aperturas tradicionales, especialista en cambio, en sistemas hipermodernos, producto del estudio de los libros, “Gambito de Dama” de Gideon Stahlberg y de los cuatro tomos del “Tratado general de ajedrez” de Roberto Grau. El jugador puntarenense era conocido por sus nervios de acero y por ser un asiduo practicante de la difícil modalidad del ajedrez a ciegas.
En cuanto a Patricio Cornejo, el autor se preguntaba cómo un físico culturista, campeón regional de Tae Kwon Do, levantador de pesas, compositor y cantante, bailarín durante un año en el ballet del ‘Festival de la Una’, en Santiago, campeón regional de cinturones negros para profesores de artes marciales, pudo ser además, seleccionado regional como candidato nacional al campeonato nacional de ajedrez en 1988.
Alvarado realiza un retrato muy exacto de Luis Poblete. Nacido en Osorno, desde muy joven se codeó con grandes jugadores como los maestros soviéticos Efim Geller y Vasily Smyslov, cuando jugaron el torneo ‘Confraternidad de los pueblos’ en 1965. Ingeniero comercial de la Universidad de Chile en Valparaíso, en 1973 se radicó en Punta Arenas, donde obtuvo varios títulos de campeón regional y un tercer lugar en una semifinal nacional. Poblete es conocido por su juego agresivo. Académico de la Universidad de Magallanes, a comienzos de los años 80 estuvo en España en donde además de hacer un post grado en administración de empresas, compitió con éxito en varios abiertos internacionales de ajedrez.
Luis Dobson González pertenecía a una familia de ajedrecistas. Su abuelo David fue un excelente jugador al igual que su padre Francisco Dobson Ritter y sus tíos, René, Luis y David. Suplementero en su niñez, derrotó a varios jugadores adultos. Campeón regional en 1974 y 1978 fue semifinalista en el campeonato nacional realizado en Punta Arenas en 1979, donde enfrentó a grandes tableros como al cinco veces monarca chileno, Carlos Silva, Guillermo Scholz, Carlos Zamora y Leonardo Quijada, entre otros.
Ricardo Mattioni Palma en cambio, se caracterizaba por su memoria prodigiosa y su inmenso amor por el arte cinematográfico. El ajedrez era para él, sólo una entretención, detestaba las partidas largas, prefiriendo el juego rápido. En el relato que Alvarado hace de Mattioni, aprendemos que el club de ajedrez Magallanes nació en el local Rendez Vous, a un costado del cine Palace en calle Bories. Después de diversos traslados, al Club Social Magallanes en 21 de mayo, luego, a los altos de la Primera Compañía de Bomberos y al Club Yugoslavo, fueron reubicados en la Casa de la Cultura en el palacio Montes, con el nombre de Club Capablanca. Gestiones efectuadas por el propio Mattioni, permitieron su instalación en el Centro Español.




